A través de mí

Tamaño de fuente: - +

2| Problemas

6 de enero de 2015.

Gruñí y casi arrastré los pies hasta la cocina.

Me encantaría decirles que mi despertar era algo digno de ser mostrado en un comercial de...¿colchones, tal vez? Pero no, eso no me pasaba. La gran mayoría de las veces me ocurría algo que me hacía levantar con un insoportable malhumor; además, no me agradaba madrugar.

Tampoco podía decir que me veía como toda una diosa griega ―como las películas muestran― al despertar. Era lo más parecido a una muerta en vida, en especial cuando me quedaba estudiando gran parte de la noche, como me pasó ese día.

El estómago me rugió al olfatear el delicioso aroma del café y de las tostadas, que venía de la cocina e inundaba toda mi casa.

Al ingresar, vi a mamá haciendo una lista de algo; Christopher depositaba tostadas en la mesa de madera y papá llenaba las tazas con café, a excepción de mamá que prefirió un té.

—¿Alguien se desveló leyendo anoche, fenómeno? —se mofó mi hermano, apenas levantando la mirada hacia mí.

Yo no era la única en verme fatal. Debajo de sus ojos grises, tenía unas ojeras de un morado pálido.

No lo fulminé con la mirada ni lo golpeé porque a duras penas pude efectuar movimiento alguno sin que se me cerrasen los párpados.

—Tenía que estudiar —respondí con la voz pastosa, mientras me ubicaba en mi lugar habitual.

El desayuno no merecía ser narrado con lujo de detalles. Mis padres simplemente les prestaron atención a las noticias de la televisión, mi hermano se concentró en comer casi todo lo que había en la mesa y yo busqué la forma de no verme como un zombi. Lo más interesante fue, tal vez, que me preguntaron cómo estaba yéndome en la universidad.

El malestar que venía molestándome hacía días, regresó. No teníamos grandes peleas o distanciamientos porque aprendimos, a lo largo de los años, que éramos los cuatro contra el mundo, enfrentando los obstáculos, apoyándonos, siendo la guía del otro. Sin embargo, en el último tiempo, nos enfrascamos tanto en nuestros mundos llenos de preocupaciones, que nuestra interacción empezó a ser nula.

Cuando terminamos de desayunar, papá nos besó a mamá y a mí en la coronilla, abrazó rápidamente a Christopher, y se fue a trabajar.

Casi todas las mañanas mi hermano me acompañaba hasta la universidad, ya que su trabajo quedaba bastante cerca. Ese día alegó que debía salvarme de una muerte potencial. El servicio meteorológico pronosticó lluvia y, aunque amara los días así, suponían un problema para mí y para mi torpeza natural.

Sí, porque nací acompañada de una increíble mala suerte y una admirable capacidad de darme la cara contra el piso. En serio.

Salimos de casa y una ráfaga de viento, gélida, nos recibió, en cuanto pusimos un pie en el exterior. Chris me acomodó el pañuelo, al tiempo que caminábamos en busca de un taxi, como hacíamos desde mediados de noviembre del año pasado. Las calles eran un mar de personas que corrían apresuradas y de autos que luchaban contra algunos montículos de nieve.

Elevé la mirada al cielo. Sí, los meteorólogos estaban en lo cierto: llovería. Las nubes comenzaban a oscurecerse y a cubrir el cielo de un tono gris oscuro.

Al menos mi mala suerte decidió apiadarse de mí por un breve par de minutos, lo que nos bastó para conseguir un taxi y subirnos antes de que un trueno resonara con fuerza, dando paso a las primeras gotas de lluvia.

El trayecto a la universidad tampoco fue la gran cosa. Disfruté viendo cómo las gotas caían por la ventanilla del coche; era lo único interesante que podía hacer, dado que mi hermano se dedicó a teclear algo en su celular, durante la primera mitad del camino.

Últimamente casi no cruzábamos palabras, no porque tuviéramos una mala relación, sino que se tomaba demasiado en serio lo de ser el segundo hombre de la casa y una de las personas que nos proveía del dinero necesario para llevar adelante a nuestra familia. Y sí, como había hablado con mis amigas, él estaba poniendo todo de sí para conseguir un mejor trabajo.

Me descubrió mirándolo más de la cuenta, así que apagó la pantalla del móvil y me encaró. Encogí los hombros y traté de brindarle una sonrisa de labios cerrados.

—Soy la menos indicada para hablar, pero dale un descanso a tu cabeza, hermanito —le sugerí.

Me devolvió la sonrisa y se miró los dedos, hasta que reunió el valor para mirarme.

—Ayer... ¿fuiste a probar suerte en un conservatorio? —me preguntó como quien no quiere la cosa.

Abrí los ojos de hito en hito y me sobresalté. Chris apenas encogió los hombros.

—Te conozco, Lizzy, simplemente eso. Me alegra saberlo, sé cuánto quieres esto.

Ensanché el gesto en mis labios, al percibir la sinceridad en su voz, y recibí el apretoncito que me dio en la mano. Sus ojos, tan grises como los míos, no se apartaron de mi cara.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar