A través de mí

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3| Límites

Si había algo que me molestaba, era el silencio durante la cena. Las mentes de mis padres nunca dejaban de planificar, eso lo sabía muy bien; intentaban encontrar todas las posibles soluciones para los problemas que se les presentaban. Esa noche, no dejaron de hacerlo.

Participé frecuentemente en los temas de conversación que sacaron mis abuelos durante toda la cena, para mantener mi cabeza distraída. Mi hermano se encargó de molestar a mis amigas la mayor parte del tiempo, como siempre.

Mis progenitores estaban idos, ensimismados en todas las cosas que llevaban a cuestas. Todos lo notamos, aunque hicimos lo posible por pasarlo por alto y que la visita de mis abuelos, al igual que la cena, fuera algo agradable y ameno.

Alrededor de las diez, mis abuelos partieron a su hogar.

Mis amigas se ofrecieron a ayudar a mi madre a lavar los platos; se enfrascaron en una conversación que no duró muchos minutos. Mamá les preguntó cómo les estaba yendo a las dos, en general. Emma le contó que la universidad marchaba bien, que había aprendido a organizar sus tiempos; Abby le habló sobre un breve viaje de dos días que había hecho con su familia, el fin de semana anterior.

Yo hice alguna que otra intervención desde mi lugar en la mesa, cuando las tres me miraban como si quisieran que hiciera algún comentario al respecto.

Cuando terminaron con su tarea, me despedí de mi madre, de mi padre y de mi hermano —los dos últimos sentados en la sala—, y les hice un ademán con la cabeza a las chicas para ir a mi habitación.

Mis pies cansados e hinchados por usar las férulas todo el día, se sintieron aliviados en cuanto me saqué las zapatillas, y los músculos agarrotados de mi cuerpo se aflojaron al acostarme.

No había sido una semana sencilla. Fueron días de puro estudio y de ensayos, de horas sentada frente al piano, practicando varias piezas musicales para presentar en el conservatorio. Eso, sin contar mis estresantes chequeos médicos, propios de la Espina Bífida —cuestiones urinarias y visitas a mi neurólogo de cabecera, por ejemplo—, y otros que no tenían mucho que ver, como análisis de sangre para verificar mil cosas en mi organismo. Todo ello había repercutido en el cansancio físico y mental que sentía, así que decidí tomarme por fin un descanso y despejar la cabeza.

Además, el hecho de que no estuviera durmiendo las horas necesarias no ayudaba para nada, y lo sabía, pero mi yo perfeccionista lo dejaba de lado y me recordaba que debía enfocarme en los estudios universitarios y en prepararme para ser admitida en el conservatorio.

El agotamiento disminuyó en grandes cantidades al ver películas con mis amigas, hasta las dos de la madrugada. Abby las criticó sin parar, por eso Emma la golpeó cada vez que hablaba demasiado y no la dejaba escuchar. A pesar de su incesante parloteo, cada una de las críticas de la pecosa era acertada; tenía muy buen ojo para el cine, tenía que admitirlo.

Sabía de sobra cuánto se me imposibilitaría dormir esa noche. De pronto mi cabeza se convirtió en un desastre de pensamientos absorbentes, que iban desde recuerdos de los últimos años en rehabilitación —poco productivos, he de aclarar, pues fueron arruinando mi salud—, la conversación de mi hermano durante la mañana, hasta el incidente en el centro terapéutico.

Cerré fuerte los ojos y luché para echarlos fuera, sobre todo los que me generaban impotencia.

Rendida, abrí los párpados. Me senté para buscar un libro o algo que me distrajera, pero volví a sentarme de sopetón cuando vi mi laptop en los pies de la cama.

El viejo monstruo del miedo, aquel que me envolvía con sus garras hacía más de un año, apareció otra vez, aunque...aunque sentí que en esta ocasión tenía —y quería— luchar contra él.

«Prometiste tener una vida nueva y alcanzar todas tus metas. Tú no eres de las personas que no cumplen esas promesas», la voz de Abby resonó en mi cabeza de tal manera que me desprendí del agarre del miedo, porque quería ser fuerte. Porque quería y necesitaba escribir para olvidar, para comenzar a sanar las heridas que aún quedaban en mi alma. Porque lo necesitaba para comenzar esa nueva vida de la que tanto hablaban mis amigas.

Fueron tantas las razones que me hicieron dejar eso que tanto amaba de lado, pero...pero ahora tenía la necesidad de desprenderme de los viejos demonios que me atormentaban y que no me querían dejar avanzar; que no querían dejarme salir del túnel oscuro en el que me había insertado en el pasado.

Mis dedos temblaron cuando la hoja vacía de un nuevo documento de Word apareció delante de mis ojos, y el corazón se me encogió dentro del pecho cuando viejos recuerdos reaparecieron en mi cabeza para detenerme, para recordarme los motivos que me habían hecho dejar de escribir.

Apreté los labios, y aunque esa herida seguía escociendo dentro de mí, no desistí. No quería volver a ser la misma chuca.

Luché contras las palabras hirientes que, como una espada afilada, penetraron en mi alma y provocaron esas heridas que terminaron por hacerme caer en el pasado, y que estaban tan grabadas en mi mente. Batallé contra las que me dije a mí misma y contra las inseguridades que me habían apresado tanto. Luché para ser libre.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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