A través de mí

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4| Esperanza

16 de enero de 2015.

Miré por la ventanilla del taxi mientras me frotaba una de las sienes, en vano. Los dolores de cabeza no me habían abandonado en los últimos días.

La situación continuaba un tanto tensa en casa, aunque obtuvimos un pequeño destello de esperanza que, de algún modo, nos hizo ver las cosas desde otra perspectiva. Y es que la visita con mi fisiatra, la doctora Baker, renovó nuestro anhelo de encontrarme un lugar mejor donde hacer rehabilitación.

Tres días antes, llegué a casa como un día cualquiera, y observé lo nerviosa que estaba mamá, en tanto guardaba unos papeles en su cartera. Incluso al hablar estaba inquieta, sobre todo porque esperaba que mi hermano pudiera acompañarnos ya que papá no podría.

Observé cómo se quedaba quieta en su lugar, mirando alrededor, como si estuviera rebatiéndose los sesos con algo que tal vez se podría haber «olvidado» de hacer.

―¿Estás bien, ma? ―inquirí preocupada.

―Sí, de maravilla ―farfulló.

Hice una mueca cuando le preguntó al perro si ya le había dado de comer.

―Mamá, deberías relajarte ―opiné.

Iba a acotarme algo, pero lo pensó mejor y me pidió que alimentara a Noah, mientras terminaba de hacer lo que le faltaba.

Lo único interesante después de eso fue nuestra llegada al centro de rehabilitación. Contuve la respiración y cerré los ojos, con el recuerdo del arrebato de Abby fresco en mi mente. El malestar se acrecentó en la boca de mi estómago; no había vuelto al lugar desde entonces.

Deduje, por la tensión en los hombros de mi madre, que no era la única atormentada por la ansiedad y los nervios, en tanto nos atrevíamos a entrar. No quise ser paranoica, pero creí percibir el recuerdo de ese día en el rostro de las personas que estuvieron presentes, cuando volvieron a vernos.

Tragué en seco. Decidí dejar de pensar en ello, y seguí a mi madre hasta la recepción.

∞∞∞

Apenas logré concentrarme en los apuntes de la universidad que había llevado mientras esperaba a la doctora Baker, pese a mis esfuerzos por adelantar contenidos del temario.

Mamá levantó la mirada de una revista de cotilleo del año pasado, al mismo tiempo que yo, cuando percibimos a la fisiatra, una mujer bajita de cabello castaño claro, saliendo de su consultorio. Ingresamos y la familiar decoración nos recibió. Las paredes eran claras, había una larga camilla blanca en una esquina y un amplio escritorio de pino en el centro, con una placa dorada con el nombre de la fisioterapeuta y el número de su matrícula, y varios sobres marrones y grandes apilados a un costado. Algunas colchonetas estaban regadas por el suelo y algunos juguetes que, supuse, utilizaba para evaluar de alguna forma a sus pequeños pacientes.

La mujer se sentó en su silla también clara, y nos invitó a hacer lo mismo con el profesionalismo que la caracterizaba.

Sostuve los bastones a mi lado. Ella buscó entre los sobres marrones, hasta encontrar el mío, y hojeó mi historia clínica.

―Bien ―se aclaró la garganta por fin. Apartó la vista de las hojas y cruzó las manos sobre la mesa―. Llegó a mis oídos lo que sucedió hace unos días.

Hundí los hombros, tensa, en cuanto el acontecimiento se repitió en mi memoria. La doctora ni se inmutó; es más, me preguntó, curiosa, quiénes eran las chicas que estaban conmigo ese día.

―Bueno, fue muy valiente la actitud de una de ellas ―comentó, luego de obtener una respuesta de mi parte. De pronto, se puso muy seria―. Estoy al tanto de que tu kinesióloga no cambió tu rutina de ejercicios, a pesar de mi petición.

No agregó nada más por algunos segundos que me parecieron eternos. En su lugar, me escrutó fijamente, aunque se notaba concentrada en sus pensamientos.

―Tienes dos opciones..., una en realidad.

―¿Cuál? ―pregunté interesada.

Reemplazó la leve sombra de contrariedad en sus facciones por convicción, al instante.

―Irte ―sentí un casi imperceptible temblor en su voz―. Es lo mejor que puedes hacer.

La doctora Baker siempre nos pareció a mi familia y a mí que era una persona honesta, fiel a su trabajo y a sus principios. No lograba entender por qué seguía trabajando en un lugar como ese.

―Sigo aquí porque, quiera o no, la paga es buena ―señaló como si hubiera leído mis pensamientos―. Elizabeth, sabes que te tengo un profundo cariño. Siempre has luchado por salir adelante, a pesar de las circunstancias. Es por eso por lo que, luego de pensarlo mucho, recordé que conozco un centro de rehabilitación bueno para ti. La fisioterapeuta es una colega mía de hace años, que ama su trabajo. El único inconveniente es que queda lejos ―concluyó, haciendo una mueca.

Encontré esperanza y convicción en los ojos de mi madre, cuando establecimos contacto visual. De alguna u otra manera, teníamos que tomar la opción que nos estaban ofreciendo.

―Queda a criterio de tus padres y de ti. ―La doctora comenzó a escribir en un papel. Me lo pasó; leí el nombre de la institución recomendada, abajo estaba el número de teléfono y la dirección―. Conozco a algunos profesionales de ahí, son muy buenos. Puedo hablar con la doctora Adams para que elija a la mejor kinesióloga del lugar para ti. De verdad espero que puedas ir. ―Me sonrió. Mamá y yo le dimos un agradecimiento más que sincero.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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