A través de mí

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5| Alexitimia

*Alexitimia: incapacidad para identificar y expresar emociones.

19 de enero de 2015.

Alcé la mirada, a través de la ventanilla. Las calles atestadas de gente empezaron a desaparecer, a medida que el auto se adentraba en el enorme estacionamiento.

Tomé una respiración profunda para calmar mis nervios, mientras me bajaba. Mi interior se había convertido en una maraña de sensaciones diferentes, no sabía distinguirlas a todas.

Fijé la atención en el edificio casi por inercia, y quedé sorprendida por la imagen delante de mis ojos. El lugar tenía varios metros de altura y unos tantos de ancho. Divisé la gran cantidad de personas que iban y venían por los pasillos, mediante los amplios ventanales. Se veía muy transitado.

Miré de soslayo a mi madre, buscaba una carpeta de su cartera con las manos temblorosas. Cuando se cercioró de que no faltaba ningún papel importante, me señaló la entrada con la barbilla.

Entramos y escruté a mi alrededor, sintiendo cómo la expectativa me recorría de pies a cabeza. Esperaba que ese lugar me sacara adelante; de verdad quería creer en las palabras de la doctora Baker.

Deseaba avanzar, que mi salud mejorara. Era uno de mis mayores anhelos, y esperaba que en ese centro de rehabilitación me ayudaran a lograrlo.

Aprecié cómo los niños ocupaban todas las sillas, junto a sus padres, a diferencia del centro de rehabilitación anterior que había perdido pacientes con el tiempo. Las paredes eran de un color verde hoja muy llamativo; las baldosas del suelo, de un inmaculado y reluciente tono beige.

Mamá se acercó hasta la recepción, sin dejar de observar la decoración, de la manera más disimulada posible. Una mujer como de cincuenta años, esbozó una ligera sonrisa al vernos. Aprecié atrás de ella una puerta abierta que revelaba una oficina, de donde provenía un exquisito olor a café recién hecho, y una gran cantidad de empleados administrativos detrás de sus escritorios, atentos a sus tareas. Unos tantos se encargaban de atender los teléfonos que no dejaban de sonar.

La mujer nos saludó y me preguntó mi nombre. Tecleó en su computadora en cuanto le respondí.

—Tienes una entrevista de admisión, ¿verdad? —preguntó, concentrada en la pantalla. Mamá y yo respondimos de manera afirmativa—. Aguarden un momento, por favor. La coordinadora estará con ustedes en unos minutos.

Nos despedimos de la secretaria y anduvimos en silencio. En algún momento sentí cómo mi mamá me echaba una rápida mirada, mientras yo continuaba apreciando la decoración. No obstante, experimenté una nueva oleada de emociones al darme cuenta de la esperanza en sus ojos. Tanto ella como yo, esperábamos que todo funcionara bien y lograra la mejoría que necesitaba. Fueron demasiados años de sentir que las cosas se oscurecían a mi alrededor y que no conseguía ver una pequeña luz de esperanza al final del camino.

La conversación que mantuve con mi familia, luego de mi última visita con la fisiatra del centro anterior, rondó por mi cabeza. Siempre velaban por mi bienestar, a pesar de las circunstancias; no sabía cómo retribuirles lo que hacían por mí.

Mi hermano sacó a relucir lo que papá se había perdido en la consulta con la doctora Baker. Luego de eso nos quedamos en silencio, y no me pasó desapercibida la manera en la que mis padres intercambiaban una mirada, después vieron a Christopher. No mencionaron mucho al respecto, pero hablaron de la posibilidad de que pudiese entrar ahí. Dijeron también que harían hasta lo inalcanzable para brindármelo.

Por fin, después de unos días, mi hermano nos sorprendió contándonos que le surgieron nuevas propuestas de trabajo, que nada tenían que ver con la agencia donde trabajaba, aunque seguían relacionándose con la fotografía. Eso cubriría una buena parte de los gastos que mi seguro médico nunca se preocupó por pagar.

Sillas azules —como las de mi antiguo centro de rehabilitación—, pasillos amplios y extensos, por los cuales deambulaban algunas kinesiólogas con sus pacientes, se cernían ante mí a medida que daba los pasos para buscar un asiento libre; el dolor en mi cadera y en la parte baja de mi espalda no me permitía estar mucho tiempo parada.

Unos metros más allá, observé un cartel en una de las paredes, en el que se dejaba en claro que el centro se especializaba en kinesiología, fisioterapia, fonoaudiología, ayuda escolar, entre otras cosas.

Giré la cabeza sobre mi hombro y encontré a mamá apreciando una reluciente vitrina, repleta de dibujos hechos por los niños que asistían allí.

Me senté y contesté el mensaje de Abby, me preguntaba si ya había sido atendida. Reí cuando la conversación tomó un giro diferente; le di a entender que era todo un caso perdido porque, en lugar de estar ejerciendo sus funciones en la cafetería, se mensajeaba conmigo.

Estaba por recordarle que debía ser responsable, pues todavía se encontraba en período de prueba, cuando la puerta que teníamos en frente se abrió. De ella salió una mujer vestida con una chaqueta y una falda corta a juego de color negro, tacones altos y el cabello recogido. Detecté un completo profesionalismo en su mirada en cuanto nos encontró.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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