A través de mí

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6| Sigue tus sueños

20 de enero de 2015.

―No lo creo. ―Abby negó con la cabeza repetidas veces, para probar su punto.

Hice una mueca entre frustrada, preocupada y dolorida porque los dolores en la espalda y en la cadera no me habían abandonado y los pensamientos tortuosos tampoco.

―Yo tampoco ―insistió Emma―. Jamás tuviste ni la mitad de las cosas que conlleva la Espina Bífida, Lizzy.

En eso tenía que darle la razón. Fui bendecida con una buena salud, dentro de todo. Por supuesto que tenía problemas relacionados con el Mielomeningocele, los cuales muchas veces se complicaron, pero mis pronósticos ―el noventa por ciento de las veces, pues hasta los cinco años me daban pocas expectativas de vida― eran buenos. En más de una ocasión los médicos se sorprendieron por ello.

De todas formas, las palabras de la doctora Adams no dejaban de carcomer mi mente desde el día anterior. Aunque intentaba tranquilizarme y no pensar en ese tipo de cosas porque, en el fondo, no creía que el caso fuera tan extremo como para sufrir una comprensión de la médula espinal.

―Emma está en lo cierto ―concordó Abby, recostándose mejor en los pies de mi cama―. Así que deja de buscar información que sólo alimenta tu tonta paranoia, y disfruta de las buenas noticias.

Sonreí de par en par al oír las últimas palabras. Me reí por cómo Emma me pasaba la laptop e indicaba, con el dedo índice, lo que ya habíamos leído la noche anterior.

―Esto, querida amiga mía ―Emma esbozó una sonrisa de alegría―, es todo lo que importa en este momento. ¡No puedo creerlo! Es decir, sí, porque siempre confié en ti, pero...¡vaya!

Reí de nuevo cuando comenzaron a festejar y a soltar casi las mismas palabras que exclamaron en cuanto se enteraron. El júbilo todavía no las abandonaba y, siendo honesta, a mí tampoco. La sorpresa tampoco.

Cuando regresé del centro de rehabilitación, con mil y un pensamientos angustiantes carcomiéndome, dejé que mamá preparara la cena para distraerse, y fui a mi habitación. Me senté en mi cama, tomé mis auriculares para que alguna canción aleatoria empezara a llenar mis oídos y, como no podía con la ansiedad, escribí en el formulario de búsqueda de Google, esas simples palabras. Cliqueé la primera opción y abrí el apartado correspondiente de la página.

Los nervios se instalaron en la boca de mi estómago, como días anteriores. Maldije internamente la intermitencia en mi señal de Wi-Fi, pero por fin la lista apareció delante de mí. Contuve la respiración, mientras mis ojos repasaban cada nombre.

Parpadeé interminables veces, perpleja, y me quedé tiesa por algunos segundos. Me acerqué más a la pantalla de la computadora; quizás había leído mal o la miopía había hecho de las suyas. En todo caso, no podía creerlo y era, como si de alguna manera, estuviera buscando excusas, seguía sorprendida por lo que mis ojos podían ver.

Allí estaba. Era real.

—¡Me aceptaron! —exclamé—. ¡Oh, Dios!

Agarré mi celular de la cama, con los dedos trémulos por la emoción. Marqué el número, casi sin ver la pantalla.

Por supuesto, lo primero que escuché fueron los regaños de Abby porque la dejé preocupada con el mensaje de WhatsApp, y tenía razón. Luego de la consulta con la doctora Adams, necesitaba descargarme y era la única que estaba en línea.

Oí todo lo que tenía para decirme, en silencio, sin quitarle la vista de encima al monitor delante de mí.

—Lo sé, pecosa, y lo siento —la interrumpí—, pero... ¡hey, me aceptaron!

—¿Qué? —analizó la información por un momento—. ¡Lizzy, te aceptaron! —gritó de tal manera que tuve que alejar el celular unos centímetros para no dañarme el tímpano derecho—. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo?

Solté una risita. No podía ―ni quería― contener mi felicidad.

—¡Acabo de verlo en el sitio web del conservatorio!

Escuché un par de bocinas sonando al otro lado de la línea, y algunos gritos y voces. Abby se disculpó porque recién salía de la cafetería y las calles estaban llenas de gente que se quejaba por la acumulación de nieve.

—¡Espérame! ¡Tengo que ir a verte! ¡Le avisaré a Emma! —exclamó eufórica y feliz, y cortó la llamada.

Busqué el libro que había comenzado días atrás, en mi pequeña biblioteca, y me acosté. Por lo general me los devoraba en cuestión de horas, pero los trámites para entrar al centro de rehabilitación y la universidad, me lo impidieron.

Mi corazón aún latía desbocado y esa sonrisa idiota no se iba de mis labios. ¡No podía creerlo! ¡Entré!

Abrí el libro y me dispuse a leer, aunque no pude dejar de pensar en lo que había visto en la pantalla. Terminé pasando como veinte páginas sin entender por completo el contenido, así que me rendí y lo dejé a un lado en cuanto oí cómo mis amigas preguntaban por mí, desde la sala.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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