A través de mí

Tamaño de fuente: - +

7| Nosotros escuchamos música, pero el piano escucha sentimientos

23 de enero de 2015.

Emma lucía concentrada en el camino, pero como si estuviera analizando lo que acababa de comentarle. Ladeó el labio y movió la cabeza.

—Estoy de acuerdo con tu papá, Lizzy —dijo al fin—, y también te entiendo, pero no puedes hacer más cosas durante la semana. Y en cuanto a lo de la beca, encontraremos una solución. Ya estuviste averiguando algo, al menos.

Le ofrecí un intento de sonrisa, me habría gustado que fuese un gesto más animado. Seguía teniendo una sensación aplastante en mi interior, que me hacía sentir agotada.

Suspiré y jugueteé con las pulseras en mi muñeca derecha.

—Por el momento, intentaré hablar con la administración del conservatorio para informarme mejor de la beca y si, a estas alturas del año, puedo sacarla —mencioné—. Espero que eso ayude en algo.

Emma me escrutó por unos segundos.

—Con intentar, no pierdes nada —me alentó—. ¿Quieres que te ayude cuando lleguemos, o...?

Negué con la cabeza. No quería quitarle tiempo de su clase de idiomas, ya demasiado perdía ofreciéndose a trasladarme. Además, sabía de su afición por darle una breve revisión a los contenidos de las asignaturas de la universidad para no perderles el hilo.

—No, no es necesario, Em. Yo...supongo que debería hacer una inspección del lugar, para irme familiarizando con él.

Y pensar en ello fue todo lo que necesité para volver a sacar mi celular del bolsillo de mi abrigo.

Me embargaron la euforia, la felicidad y...los nervios ─sobre todo los nervios─, al notar el paso de los minutos. Todas esas sensaciones se asentaron en la boca de mi estómago desde que fui consciente del día que era al despertar esa mañana, provocaron un enorme nudo en él que no me abandonó desde entonces. Es más, hasta parecía expandirse.

A pesar de ello, y de las circunstancias por las cuales estaba pasando, esto se sentía correcto. Por fin lograba hacer lo que tanto anhelé durante gran parte de mi vida. No podía dejar pasar esta oportunidad. Deseaba comenzar una vida diferente, donde dejaba atrás a la vieja Lizzy.

De reojo vi cómo Emma puso los ojos en blanco. Reí entre dientes cuando se quejó porque veía la hora cada pocos minutos.

Pese a sus reproches —y como me conocía de sobra— cambió de canción. mi fangirl interna cobró vida en cuanto me deleité con la voz hermosa y perfecta de mi vocalista preferido. Me acomodé muy bien en el asiento y esbocé una estúpida sonrisa. A eso lo llamaba «el poder Adam Levine».

Emma me miró por unos rápidos segundos, con un ápice de diversión en el rostro, antes de que abandonáramos el estacionamiento de la universidad. No necesitó preguntarme si estaba más calmada, evidentemente viajar con música me ayudaba a liberar la tensión y la ansiedad.

Al principio canté en voz baja mientras observaba el movimiento producido a esa hora de la tarde en las calles londinenses y disfruté de cada estrofa, pero no pude controlarme y entoné como una loca el estribillo, usando mi mano como micrófono.

Extendí mi mano hacia el rostro de Emma para que continuara; a este punto, se la sabía de memoria tanto como yo. Masculló las siguientes estrofas, con indiferencia y molestia. Aprovechó para taparse los oídos cuando frenó en un semáforo en rojo, y se quejó —en broma— por mis arranques de gorda fan. Le saqué la lengua.

Sin previo aviso, el molesto nudo en mi estómago volvió a hacer acto de presencia, para torturarme. Y yo, como era de esperarse, me convertí en un estúpido manojo de nervios con patas.

Mis ojos se desviaron al celular para ver la hora en la pantalla, por inercia.

Emma me escrutó de soslayo. Me encogí en mi asiento, ante la intensidad de su mirada y el nerviosismo que se apoderó de mí. Otra vez me obligué a apartar la atención del dispositivo en mis manos.

Justo cuando el automóvil arrancó otra vez, empezó a sonar otra de sus icónicas canciones.

En el transcurso del viaje, en el que conversamos sobre algunos exámenes y trabajos que debíamos entregar en las próximas semanas, pude distenderme del tema del conservatorio. De todas formas, no dejé de ver por la ventanilla de vez en cuando, impaciente.

Y como si mis súplicas hubiesen sido escuchadas por el Señor que está en los cielos, finalmente Emma detuvo el auto en aquel estacionamiento.

Fue como si mi corazón quisiera salir de mi pecho en el momento en que mis ojos viajaron hacia el edificio, a algunos metros. El nudo en mi estómago creció de tal forma que me costó respirar, y aunque le envié la orden a mi cerebro, no quiso cooperar. No pude mover ningún músculo.

Se le formó una mueca rara y sus ojos oscuros me vislumbraron preocupados. Por supuesto no era la reacción que Emma esperaba de mí al llegar. Su voz familiar me llevó a tomar una profunda bocanada de aire y aprecié la puerta del auto abierta. Me instó a bajarme.

Tragué saliva. Inhalé y exhalé, y por fin obligué a mi cuerpo a reaccionar. Me coloqué los bastones y salí del carro.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar