A través de mí

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8|Intenta no besar el piso

6 de febrero de 2015.

El primer día de conservatorio, llegué frustrada. No me había tocado la profesora más simpática de todas, y mi cabeza seguía en la beca que quería conseguir. Apenas logré captar la mitad de las cosas impartidas por la mujer.

Luego de mi segunda clase, supe que estaría expuesta a mucha presión. Tenía buena base para arrancar, claro, pero no me sentía a la altura de las exigencias del lugar, cosa que no ayudaba para nada a mi inevitable ansiedad. Y eso se dejó ver en mis constantes ensayos: luego de estudiar para llevar al día los contenidos de la universidad, me dedicaba a practicar todo lo aprendido en mis clases de piano.

En la última semana y media, no paré ni un segundo. Cuando no estaba en la facultad, estudiaba; y cuando no podía enfocar más la vista en mis apuntes, empezaba a tocar el piano.

El hecho de que sintiera que no tenía el nivel de conocimientos que mis profesores del conservatorio esperaban de mí, estaba poniéndome los nervios de punta.

Por otro lado, logré sacarme el tema de la beca de encima. Costó, pero el conservatorio me lo permitió. Eso sí: sería evaluada periódicamente, no podía faltar ni llegar tarde, y necesitaba mantener las buenas notas.

Además, algunos días atrás, mis padres avisaron en el centro de rehabilitación que ya no iría más. Por supuesto, la dueña puso el grito en el cielo. Aunque prometió hacer lo posible para obligar a mi kinesióloga a cambiar mi rutina de ejercicios, mis padres ya habían movilizado los trámites para cambiarme al que habíamos visitado.

Miré la hora en mi celular y me froté los ojos cansados.

Apilé los apuntes de la universidad en un costado, pues los tenía desperdigados por todo el escritorio de mi habitación, y me levanté de la silla giratoria. Guardé el libro que había comenzado a leer días atrás en mi bolso, para la universidad, y me recogí el pelo en una coleta, pese a que odiaba tener la cara al descubierto.

Me despedí de mamá. Me pidió que le avisara cuando llegara, antes de salir a buscar un taxi.

En el camino, intercambié varios WhatsApps con mi hermano y con mis amigas. Christopher me preguntó si ya había salido, protestó porque no lo esperé. Abby habló para quejarse de su «molesto compañero de trabajo, que no dejaba de remarcarle sus errores», y Emma comenzó a fangirlear —como siempre— y a llenarme de spoilers sobre un nuevo libro de fantasía, muy segura de que no lo leería; me inclinaba por la literatura realista y los clásicos.

Puse los ojos en blanco en cuanto me llegaron mensajes de tres conversaciones diferentes, pero con las mismas palabras: «no te caigas como en el conservatorio, tarada». Les hice saber mi disgusto, con una gran cantidad de emoticones, antes de que el chofer estacionara.

Abrí la conversación que tenía con mi hermano y le escribí rápidamente:

«Ya llegué. Mamá vuelve tarde y papá se quedará a hacer horas extras en el trabajo».

Christopher: ¿A dónde se va?

Fruncí los labios al recordar lo que mi madre me había dicho, apenas llegué de la universidad, y tecleé tan rápido como mis dedos me lo permitieron:

«Se va a la casa de nuestros abuelos Gina y Arthur. Últimamente va muy seguido, ¿no crees? Tengo que entrar al centro de rehabilitación, luego hablamos en casa».

Guardé el celular en mi bolso y saqué el dinero para pagarle al taxista. Me crucé la correa del bolso en el pecho, me puse los bastones y salí del carro.

Continué pensando en las continuas visitas que les hacía mi madre a mis abuelos. La situación con ellos nunca fue la mejor, menos durante mi adolescencia. Mi madre quiso limar las asperezas, con lo cual no estuve de acuerdo, pero tampoco se lo discutí. Desde que empezó a verlos con frecuencia, evitó hacer comentarios sobre sus visitas; sabía que ni mi padre, ni mi hermano y mucho menos yo, podíamos olvidarnos de lo sucedido.

Un hombre me sacó de mis cavilaciones, al abrirme la puerta del establecimiento. Le agradecí, me obligué a no darle más vueltas al asunto, y entré.

El aire cálido, aunado al olor del café, fue bien recibido por mis sentidos. Le devolví la sonrisa a la recepcionista, mientras firmaba la planilla de asistencia. Me dijo que esperara unos minutos. Me senté en el único lugar que encontré disponible y seguí con mi lectura.

—¿Elizabeth Blackwell?

Levanté la vista del libro y me encontré con una mujer menuda y de estatura promedio, portando el uniforme verde hoja del lugar. Mi nueva kinesióloga.

Me indicó que pasara, al recibir una respuesta afirmativa de mi parte, y me dirigió a uno de los tantos pasillos. Entramos a una sala enorme, donde vi dos colchonetas azules grandes contra la pared, sobre una especie de estructura de aluminio donde se podía realizar la terapia; también una pasarela larga, en la que un chico trataba de dar unos pasos; unas cuantas pelotas de todos los tamaños, y diversos instrumentos de rehabilitación como caminadores, sillas de ruedas, férulas hasta las rodillas o hasta el tobillo como las que yo usaba, y algunos frascos de cremas.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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