A través de mí

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9|Recuerdos congelados en el tiempo

6 de febrero de 2015.

Giré el rostro hacia la entrada de la casa. Mi hermano batallaba con las bolsas que sostenía en la mano derecha, en la otra traía una de las cámaras de su colección. También se las apañó para caminar, pues un alegre Noah lo recibía con ladridos de felicidad y no dejaba de saltarlo. Me saludó con una sonrisa y dejó las bolsas sobre la mesa de la cocina.

Observó la cocina y la sala, curioso y sorprendido. Al final encogió los hombros y negó.

—¿Ha vuelto a irse? —inquirió, tenso.

Asentí e hice una mueca.

—Dejó una nota.

Apretó la mandíbula y optó por quedarse callado. Era la segunda vez en la semana que nuestra madre visitaba a nuestros abuelos, y como la quinta en poco más de un mes. Temíamos que las cosas resultaran mal, las reacciones de su familia siempre eran impredecibles.

—Papá ya debe de estar por llegar, supongo —murmuré cuando Chris se acercó a mí.

Movió ligeramente la cabeza y me preguntó si quería acompañarlo a su habitación, para ver en qué estaba trabajando. No dudé en darle una respuesta afirmativa, adoraba apreciar su trabajo.

Tomé asiento en su cama, mientras él encendía su computadora.

Reparé en las más de cinco cámaras que tenía sobre una repisa colgada en la pared. Sonreí al ver algunas fotos nuestras y con nuestros padres y abuelos paternos, a lo largo de los años. Christopher adoraba inmortalizar cada momento en una imagen, logró contagiarles esa manía a mis padres desde una edad muy temprana.

El leve conocimiento que tenía sobre el tema se lo debía a él, pues no tenía problema en mostrarle al mundo lo que amaba hacer y buscar opiniones al respecto. Por eso me mostró las fotos que sacó esa semana, de sesiones diferentes. Comentó anécdotas graciosas, producidas en el momento de las sesiones y otras no tanto, pues solían ir clientes indecisos y otros demasiado exigentes, al estudio donde él trabajaba.

Lo felicité por la calidad de las fotos y por la manera en la que sabía captar los pequeños detalles de cada instante. Sus fotos...eran arte, sin dudas. Era increíble su capacidad de transmitir tanto, hasta en la imagen más insignificante.

Además, aprovechó para preguntarme por mi tratamiento y por la universidad, y me reprochó por no contarle de mi admisión en el conservatorio, el día que me enteré.

Los últimos días fueron algo...tensos para nosotros. Papá y mamá andaban un tanto distantes entre ellos, y mi hermano y yo llegábamos demasiado cansados. Él, porque se quedaba a hacer turnos extras para conseguir más dinero; yo, por mis innumerables actividades y extensos ensayos para mejorar en el conservatorio. Había poca interacción entre nosotros.

Chris escuchó cada detalle de mi día a día, curioso y atento. Le relaté lo cómoda que me sentía en el nuevo centro de rehabilitación y mi variada rutina de ejercicios, alguna que otra anécdota en la universidad y cómo estaba yéndome en el conservatorio. Me explayé más en la clase del profesor Brooks de ese día, pues la había amado. No sé cuánto tiempo estuvimos hablando.

Mi corazón dio un vuelco cuando clavó su mirada grisácea en mí, más de lo normal.

―Te noto ansiosa por lo mucho que te están evaluando en el conservatorio, hermanita ―señaló―, pero te ves tan... ¿eres feliz?

Me mordí la esquina del labio y asentí.

―Estoy siéndolo, Chris.

Me sonrió como pocas veces lo había hecho aunque, en algún momento, empezó a mover el mouse, de manera metódica. A pesar de sus intentos de editar una fotografía, tenía la cabeza en otra cosa.

—¿Qué está cruzándose por ese cerebro del tamaño de un maní? —inquirí, enarcando una ceja—. Algo te pasa, Blackwell.

Se rindió y se echó para atrás en la silla giratoria. Estiró sus largas piernas y se mordió el interior de la boca, mientras colocaba la mano detrás de su cabeza llena de cabellos ondulados y achocolatados, que ya debía cortar.

—Pelearon —murmuró.

Sabía que se refería a papá y a mamá.

—Eso es evidente, Chris. El tema es, ¿por qué?

Frunció los labios y acarició el lomo de Noah, echado a su lado.

—Por la razón que sea por la que mamá intenta establecer un lazo con sus padres, que nunca logró —masculló fastidiado—. No entiendo por qué lo hace ahora, Lizzy. Estábamos bien. Ella estaba bien, sin recurrir a esa familia que tanto daño le hizo.

Se me instaló una pesadez en el estómago. De pronto los recuerdos atravesaron mi mente con una rapidez antinatural, pero de una forma tan clara, que me revolvió las entrañas.

—¿Crees que...? — susurré, no logré terminar la oración. Mamá estaba loca si pensaba meterse en problemas que no podría solucionar.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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