A través de mí

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11|La noche en la que la vieja Lizzy murió

11 de febrero de 2015.

Me costó devolverles a mis pulmones el aire que habían perdido antes de bajar del taxi, en tanto papá y Chris agarraban algunas bolsas del baúl y mamá le pagaba al chofer.

El nerviosismo se detonó en mi sistema cuando llegué a mi casa, luego de rehabilitación. Mi hermano me lanzó una mirada cargada de inquietud desde la cocina, mientras ayudaba a mamá a guardar la comida. Papá se colocaba un abrigo grueso. A pesar de la tensión en el ambiente, lo noté más relajado, pues las próximas dos semanas saldría más temprano del trabajo; eso lo ayudaría a descansar un poco y tener tiempo para sí mismo.

No dejé de juguetear con mis manos durante todo el trayecto, o con las pulseras en mi muñeca. Me pareció un viaje eterno y me produjo un denso nudo en el estómago, que no se comparó en nada a lo que sentí al encontrarme a pocos metros de aquella casa. Me produjo un mal sabor de boca.

Cerré los ojos y me obligué a mantener una expresión neutra. Apenas lo logré.

Chris se acercó a mí, en tanto nuestros padres entraban a la vivienda de amplios ventanales y paredes un tanto desgastadas por el paso del tiempo; sin embargo, todavía se veía bien. Era una linda residencia de estilo victoriano, ubicada en Stratford.

—Lizzy...—llamó mi atención.

Desvié la atención de la fachada y miré el piso.

—Ya sé lo que vas a decir —murmuré.

—No, enana. —Me apretó el hombro—. Es difícil para ti, lo sé, y para mí también. Sólo entra, y si alguien se atreve a decirte algo o te ofende, no te quedes callada. Ya lo hiciste por muchos años.

Le sonreí a medias.

—A menudo me da la impresión de que no tienen memoria —mascullé.

—Papá lo hace por mamá, para verla feliz —expuso mi hermano—. Y en cuanto a mamá, son sus padres... Imagínate si nos hubiera pasado a nosotros, ¿te gustaría estar enojada con ellos?

Le fruncí el ceño. Comprendía su punto, pero ¿cómo se atrevía a hacer una comparación así? Papá y mamá nunca nos harían semejante mal, como le hicieron nuestros abuelos a nuestra madre.

—¿Estás justificando sus actitudes injustas y despreciativas? —repliqué—. ¡Dañaron muchísimo a mamá! ¡Nos amenazaron para que nos fuéramos y poco después casi huimos de aquí!

Christopher cerró los ojos por segundo y fue incapaz de responderme. Los recuerdos le dolieron tanto como a mí.

—A mí también me molesta que jueguen a la familia feliz, pero no sirve de nada guardar rencor, y lo sabes.

Aplané los labios, me mordí la lengua a sabiendas de que tenía razón, y afiancé mis intentos por mantener el rostro carente de emociones, mientras caminábamos hacia la puerta abierta. Mi hermano puso la mano en mi hombro para transmitirme tranquilidad y me guió dentro.

El saludo de mi abuela me produjo un escalofrío que me recorrió toda la espalda, aunque fue un simple «hola, chicos». Chris también se tensó.

Tragué en seco y me dije que todo estaría bien. Podría hacerlo. Podría pasar tiempo con esa familia sin sentirme como un pez fuera del agua...

Nos giramos y nos tomamos un tiempo para atrevernos a verla. Sabía que los múltiples problemas con mi abuelo repercutían en esas enormes bolsas bajo sus ojos, pero aun así me sorprendió su aspecto. Además, estaba considerablemente encorvada y su cabello teñido de castaño claro, se encontraba salpicado de algunas canas que antes no eran tan notorias.

Chris y yo intentamos sonar lo más neutros y relajados posibles, al devolverle el saludo.

Percibí un atisbo de sonrisa en los labios de nuestra abuela.

—Pasen al comedor —invitó—. Sus primos y tíos ya están en la mesa.

Mi hermano y yo contemplamos el pasillo a nuestro alrededor. Era más largo de lo que recordaba, y lo único que conservaba eran los cuadros antiguos y de colores apagados que a nuestra abuela materna tanto le gustaban; se veían bien en la pared beige de la que colgaban.

—¡Lizzy! ¡Chris! —exclamó una voz aún infantil.

Me llevé una grata sorpresa en cuanto nos dimos media vuelta.

—¡Alice! —Le sonreí.

Mi ya no tan pequeña prima, me abrazó fuerte. Le pidió a Chris que se agachara porque no llegaba a besarle la mejilla. Él rio y comentó cuán grande estaba, en comparación a la última vez que la vimos, hacía más de un año.

—¡La última vez que te vi tenías cara de niña, y ahora ya eres una señorita! ―señalé.

—¿Señorita? —repitió una voz. Giré la cabeza y me topé con mi primo emo de diecisiete años...eh, digo...nah, sí, era mi primo emo—. Tiene doce años, Elizabeth. —Rodó los ojos y me abrazó. Esa simple y anormal muestra de cariño de su parte, me tomó desprevenida.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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