A través de mí

Tamaño de fuente: - +

12|Cuenta conmigo

12 de febrero de 2015.

Esa noche no dormí bien. Mi mente no dejó de reproducir los malos recuerdos que tenía con los parientes de mi madre; en especial los que involucraban a mis abuelos, meses antes de que abandonásemos su casa. Me afectó verlos.

Mi familia y yo no intercambiamos palabra durante el desayuno. De hecho, no sabíamos cómo ni de qué hablar. Fue uno de los desayunos más incómodos que tuvimos.

Chris me sacó cualquier tema de conversación, en el camino a mi universidad. Lo agradecí en silencio, odiaba la incomodidad constante que tenía últimamente con mi familia. Le saqué provecho a esa charla, tanto como pude, para distraerme de las remembranzas que tanto daño querían hacerme.

Emma, por su parte, no dejó de mirarme mientras estábamos en clases. No me preguntó qué me pasaba porque sabía cuán cerrada podía ser; había aprendido a esperar que me sintiera lista para contarle.

Fui consciente de que, a la hora de la salida, comenzó a parlotear incoherencias; solía hacer eso cuando se ponía nerviosa. Como no podía quitar la mirada del cristal delante de mí, me pegó un codazo en el costado para traerme a la realidad.

Y lo logró. Parpadeé varias veces, me sobé la costilla adolorida, quité la mirada de la ventanilla y la deposité en ella.

—¿Qué decías? —musité.

Frunció las cejas y me miró durante una fracción de segundo, antes de devolver la atención al camino. Percibí una ligera mueca contrariada en sus labios.

—¿Estás bien? —me preguntó, por segunda vez en el día—. No oíste ni la mitad de lo que te dije.

Asentí y dejé de mirarla. Emma aplanó los labios, contrariada, pues sabía leer entre líneas: yo no tenía ganas de hablar.

Rezongó por lo mucho que me exigía en la universidad y en el conservatorio, para hacerme estirar la lengua; sólo ganó que le diera una mirada antipática. Aunque tal vez tenía razón, mi cansancio se debía en gran parte a eso; sin embargo, disfrutaba y agradecía hacer las cosas que amaba.

—Te preguntaba si querías que nos juntáramos a hacer el ensayo que nos pidió la profesora Davis ―me aclaró Emma, por fin.

Las alarmas en mi interior comenzaron a parpadear. Me llevé la mano a los ojos para no darme la palmada en la frente que tanto quería darme, al caer en la cuenta de que me había olvidado de ese trabajo.

No era normal que me olvidase de cosas tan importantes.

∞∞∞

Percibí la mirada de mi hermano sobre mí, en cuanto atravesé el pasillo que conectaba las habitaciones con la sala y la cocina. Él entraba a su dormitorio, después de una jornada de trabajo que, tal parecía, fue mucho más corta de lo habitual.

Me detuve y di media vuelta, a duras penas. No necesitamos hablar, pues comprendió adónde me dirigía y que mi ánimo andaba por el piso.

Le ofrecí una ligera sonrisa de labios cerrados, para hacerle saber que se trataba de una acumulación de pensamientos aplastantes que en algún momento me abandonarían; no debía preocuparse por mí. Aceptó mi renuencia a hablar, y esta vez me pidió que le avisara si necesitaba algo.

Decliné la oferta de Emma de llevarme al conservatorio, pues decidí ir mucho antes y ella estaba en sus clases de idiomas. Además, tenía el dinero que casi no gasté en la cafetería de la universidad, para pagarme un taxi.

Hablé con la recepcionista, en cuanto llegué. Para mi buena suerte, nadie utilizaría la sala durante dos horas, y yo tenía alrededor de una hora y media libre antes de mi clase.

Experimenté una tranquilidad extraña, cuando ingresé. Todavía tenía una opresión en el corazón y en la mente, y un centenar de emociones encontradas me embargaban, pero...ese lugar me relajaba. Podía asegurar que se había convertido en uno de mis sitios favoritos, y el único en el que podía resguardarme en ese momento, al parecer.

Subí como pude los escasos escalones que daban al escenario de madera sólida. Me senté frente al hermoso piano de cola negro y dejé mis bastones a mi lado, en el suelo.

De repente las sensaciones en mi pecho me atenazaron, y como hacía varios meses no me pasaba, no pude luchar contra ellas. Me dejé llevar porque las teclas estaban ahí, delante de mí, como si me dieran permiso para descargar todo lo que estaba quemándome por dentro, como...como si quisieran sanar esas abiertas en mi corazón y en mi alma, que comenzaban a escocer.

Y toqué. Mis dedos se movieron frenéticos, pero los sonidos que salían de ellos no eran alegres. Transmitían notas rápidas, a destiempo. Eran un desastre, como todo dentro de mí.

«—¡Si están aquí es porque Gina le tuvo lástima a esta chiquilla! ¿Adónde iban a parar sino? ¡No pueden con una niña enferma!».

Se me formó un nudo en la garganta. Ese recuerdo no dejaba de reproducirse en mi cabeza desde la noche anterior. Era el que más me atormentaba y sacaba a la luz todos los sentimientos que, creí, habían quedados sepultados en el lugar más recóndito y oscuro de mi mente. Pero no. Estaba ahí, carcomiéndome de nuevo.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar