A través de mí

Tamaño de fuente: - +

15|Nunca dejes de sonreír

13 de febrero de 2015.

El día que comenzó tan tranquilo —bueno, no tanto para mí porque mis amigas interrumpieron mi sueño reparador como los viles seres del mal que eran, para que fuese a almorzar—, dejó de serlo en cuanto alguien hizo esa llamada que alborotó el ambiente.

Abby se cambió de sopetón el pijama por la ropa que había usado el día anterior, a falta de otra. Guardó su celular en el bolsillo trasero de sus pantalones, con dedos trémulos y una profunda máscara de preocupación en el rostro.

—Va a estar bien, Abs —le aseguré.

—Eso espero —farfulló, revisando su celular por si le llegaban mensajes nuevos—. Me dijeron que están haciéndole estudios hace como dos horas. Yo...me voy. ¿Me llevas, por favor, Emm?

Mi otra amiga asintió.

Me acerqué para darle un abrazo a Abby, como pude. Temblaba.

—Tranquila, pecosa. Y, por favor, llámame cuando puedas. Quiero saber cómo está, ¿de acuerdo?

Ella asintió en automático, como todos sus movimientos desde que se lo notificaron.

Salí de mi casa, junto a mis amigas. Abby se subió primero al auto; Emma atinó a hacer lo mismo, pero al final se giró sobre sus talones y me ofreció una sincera expresión de disculpa.

—Lo siento, Lizzy —murmuró. Sus ojos se habían perdido en las baldosas de la vereda—. En serio. Sólo...sólo no quiero que saquemos el tema que, por error, mencionó Abby. No es que quiera tener secretos contigo, pero...dame tiempo y te contaré.

Las murallas que se elevaron entre nosotras desde entonces, parecieron caer a nuestros pies. Mi corazón se encogió cuando creí leer, entre líneas, que me pedía tiempo para sanar algo en su interior.

Detestaba no conocer qué le ocurría, pero se lo debía. Muchas veces puse a Emma en la misma situación, ella no sabía qué pasaba conmigo y por qué no quería recibir ayuda.

—Está bien, Emm —concedí—. Pero, por favor, respóndeme algo: ¿debo matar a mi hermano?

Un montón de sensaciones encontradas surcaron las facciones de la chica delante de mí. Por fin negó con la cabeza y me regaló una pequeña sonrisa cargada de emociones.

—Tal vez yo soy la culpable aquí —musitó, antes de besar mi mejilla.

Me dejó con más dudas, mientras veía cómo arrancaba el auto.

∞∞∞

Sin mis amigas conmigo, tenía tiempo para avanzar con las cosas que empecé esa semana. Me dispuse a continuar la monografía que debía entregar en unos cuantos días, también quería continuar con mis ensayos de piano.

Así que eso hice, adelanté unas cuantas líneas del trabajo guardado en mi computadora. Después acomodé mi desastroso escritorio repleto de carpetas, apuntes y libros de estudio, por último me fijé la hora. Ese día recibiríamos una visita de mis abuelos paternos.

Me emocionaba su visita. Los había visto hacía poco pero, si por mí fuera, prácticamente viviría con ellos, como en los viejos tiempos. A veces me sentía culpable por no disponer de tiempo para visitarlos. Era consciente de lo solos que solían sentirse, pues mis primos pequeños preferían jugar con sus amiguitos en sus tiempos libres, y mi tía Margaret trabajaba casi todo el día.

Cuando me libré de mis tareas universitarias, di ligeras vueltas en la silla giratoria mientras hacía algunos movimientos para relajar los músculos tensos de mis hombros y de mi cuello. Cerré los ojos para hacerlos descansar un momento.

En cuanto abrí los párpados, la pared del lado derecho de mi habitación despertó mi interés. Ahí estaba mi hermoso piano blanco, reluciendo con los rayos del sol que se colaban por la ventana. Casi parecía como si estuviera invitándome a perderme en él.

Me senté al frente, sin pensarlo. Mis ojos se fijaron en las teclas por un buen rato, mientras los recuerdos del día anterior se reproducían en mi mente.

La opresión en mi pecho y las emociones aplastantes asaltándome, la forma en la que me desquité con el pobre instrumento, como hacía tanto no me pasaba, la conversación con Will, la...sensación de ser presa de mi viejo yo, otra vez...Todo pasó por mi cabeza.

«¿Por qué me detuviste?», le había reclamado y él, con toda la tranquilidad del mundo, me dijo que el piano no me quitaría todos mis demonios. También se me vino a la cabeza la manera en la que me vio, como si entendiera de lo que me hablaba; al parecer, lo había vivido.

Y ese pensamiento me hizo darme cuenta de la forma en la que se invirtieron los roles. El día en el que nos conocimos, tuve que detenerlo para que dejara de desquitarse con el pobre piano. Poco tiempo después, fue su turno de hacerme entrar en razón.

Una cantidad indefinida de recuerdos atormentantes atravesaron mi mente, con una rapidez aplastante; aún tenían el poder de reabrir las heridas de mi corazón. Por supuesto ya no dolían con la misma fuerza, aunque debía reconocer que continuaban escociendo cuando rememoraba cada momento difícil de mi vida —en especial los de mi adolescencia—, por lo menos un poco.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar