A través de mí

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18|Ancla

Ante mi falta de respuesta, Will añadió que si tuviese pánico escénico habría experimentado al menos uno de los síntomas, como sudoración extrema o náuseas; incluso me habría desmayado. Eso sí, tenía graves problemas con la ansiedad. A mi mente le encantaba elucubrar más allá de los acontecimientos, para torturarme.

—Puede ser, me quedé en blanco —susurré.

Will hizo una mueca y me observó como si quisiera encontrar el punto de la cuestión.

—Lizzy, has tocado el piano conmigo y en la sala también, sin sentirte intimidada, pero cuando hablamos sobre las audiciones te pones muy nerviosa. Cuéntame, ¿qué sientes cuando piensas en el tema?

Tragué saliva y miré un punto fijo en el suelo. Creía saber qué sentía, aunque no sabía cómo explicarlo.

—Siento que no lo voy a hacer bien —susurré.

De reojo, noté como él fruncía un poco el ceño.

—¿Tienes miedo de no hacerlo bien, o sientes que no lo vas a hacer bien?

—Siento que no lo voy a hacer bien —aclaré.

Will repasó mi respuesta. Sin decir nada al respecto, sacó su celular del bolsillo de su chaqueta, tecleó rápido y esperó unos segundos. Al notar cómo lo miraba curiosa, levantó la mirada, y dijo:

—Quiero ayudarte a superarlo.

Su ofrecimiento me tomó por sorpresa. Iba a contestarle —aunque no sabía qué—, pero él añadió, despreocupado y causal, que buscaría en Internet todo lo relacionado con el pánico escénico para comprobar si lo padecía, o si sólo era cuestión de falta de confianza en mí misma, y ansiedad.

No sé cuántos minutos estuvimos leyendo al respecto. Cuando al fin Will bloqueó la pantalla del dispositivo y me vio como si quisiera soltar su opinión, yo ya tenía un montón de información que me hizo revivir la cantidad de veces en las que no pude hacerle frente a la ansiedad.

De todo lo que le escuché leer a Will, aprendí que, a nivel fisiológico, las personas con pánico escénico sienten alteración del ritmo cardiaco, sudoración copiosa, urgencia urinaria, malestar estomacal, reducción de la secreción salivar, dilatación de las pupilas, rubor facial, sensación de «trac» o cierre de la laringe, e inquietud generalizada.

A nivel cognitivo, generaba congestión mental, expectativa de fracaso, fallas en la concentración, temor al fracaso, al rechazo y al ridículo, entre otras cosas. Con esto sí me sentía identificada, para mi pesar.

Y, por último, a nivel conductual, mencionó el escape de la situación, el farfulleo o el atropellamiento verbal, bajo volumen de voz, silencios frecuentes o largos.

—Continuó sosteniendo lo mismo, Lizzy —insistió—. Puede tratarse de un problema de ansiedad, o como sea que se llame, que debe ser tratado si quieres tener un buen desenvolvimiento en las audiciones, y en tu desempeño como pianista en general.

Asentí. Intenté trabajar en eso gran parte de mi vida y, aunque procuraba implementar alguna táctica nueva, en ocasiones mis pensamientos pesimistas ganaban la batalla.

—¿Y cuándo practicaríamos? —pregunté.

—Antes de tus clases, o después —propuso—. O días extras, si es que no se te complica. ¿Crees que podrás?

Sería difícil agregar algo más a mis actividades de todos los días, pero si quería que las cosas salieran bien debía organizarme para asistir, al menos, un día más al conservatorio.

—Sí, pero tendríamos que apañárnosla para conseguir una sala, muchos alumnos van a querer ensayar aquí —mencioné.

—Nos las arreglaremos —me aseguró y se encogió de hombros, restándole importancia. Esbozó una pequeña sonrisa—. Entonces... ¿es un trato?

Puse mi dedo índice bajo mi barbilla, en lo que pretendí que fuera un gesto pensativo. Los ojos verdeazulados de Will me escrutaron en busca de una respuesta, que me encargué de postergar. Al bajar la vista, noté cómo había extendido una mano en mi dirección, para sellar el acuerdo.

Paulatinamente fui abriendo los labios, y le ofrecí una sonrisa de agradecimiento. Estreché mi mano contra la suya.

Nos invadió un silencio un tanto incómodo, aunque comenzaba a apreciarlo porque me hacían darme cuenta de cuánto estaba gustándome su compañía.

Lo observé por un momento. Sus ojos verdeazulados escrutaban, atentos, el escenario en frente nuestro. Las luces iluminaban esos orbes tan intensos y expresivos, otorgándoles un brillo especial.

Recapitulé la manera en la que sus ojos me llamaron la atención cuando lo conocí. Tenían una oscuridad que los ensombrecía y los hacía lucir apagados, al igual que sus angulosas y definidas facciones, como si el peso de lo que llevase dentro no saliera y lo carcomiera; pero también me demostró cuán expresivos podían ser, sobre todo cuando estaba en frente del piano, o en los momentos donde me seguía las bromas.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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