A través de mí

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21|Confía en ti

27 de febrero de 2015.

Salí del salón y miré hacia todos lados, sigilosa y desconfiada. Temía que Will y Tyler me asustaran por tercera vez, en el transcurso de una semana.

Deambulé por el pasillo, sin dejar de pensar en la charla mensual con mi kinesióloga y mi fisiatra, que tuvo lugar ese día, después de mi jornada en la universidad. Apenas logré olvidar lo malo que escuché, para enfocarme en mi clase.

Aprecié el ajetreo de los estudiantes, casi habituada a tanto movimiento.

Esta vez, mi corazón martilló menos fuerte al sentir el conocido aroma, que acompañó a la mano en mi hombro. Giré la cabeza y sonreí de lado cuando me topé con Will.

Se quitó los auriculares de sus oídos, y los dejó colgando en su cuello. Elevó los labios en un gesto amable, antes de besar mi mejilla.

—Tenemos una clase grupal con el profesor Brooks, en el auditorio —me informó.

Mientras caminábamos, comentamos cómo nos fue en esos dos días que no nos vimos. Le conté a Will sobre la universidad; mencioné alguna que otra anécdota relevante, y algunas cosas relacionadas con mi carrera, que él pretendió entender.

Will me habló de su jornada de trabajo en la tienda de música, además le pregunté por su hermano, Ethan. Mi amigo era optimista frente a los problemas de salud —renales, en especial— del niño.

Will me abrió la puerta, como de costumbre, en cuanto llegamos al auditorio. Los alumnos hablaban sin parar entre ellos, muy animados. Mientras avanzábamos por las filas de sillas, para encontrar lugares en la hilera del frente, oí de una fiesta en pocas semanas; me pareció que todos hablaban sobre eso.

Nos sentamos juntos.

A las seis en punto, las puertas del auditorio se abrieron y el profesor Brooks ingresó. Los demás fueron sentándose y haciendo silencio. Subió al escenario, y le devolvimos el saludo.

Saqué el cuaderno donde tomaba algún que otro apunte de lo que el profesor decía, y lo coloqué sobre mi regazo, en tanto el hombre barría la extensión del auditorio con la mirada.

—Bien —dijo, cuando le prestamos atención—. Hoy hablaremos de lo que se siente subirse a un escenario y exponerse a una situación que genera tanto nerviosismo, como lo es una audición. Quiero que debatamos sobre el tema, y que cada uno cuente sus experiencias.

Miré a Will de reojo. Sus ojos me escrutaban intensos y curiosos, y fueron a parar a mis manos; los míos hicieron el mismo recorrido. Me mordí la parte interna de la mejilla. Había comenzado a tronarme los dedos y a moverlos como loca. Me reprimí mentalmente, y me aferré al cuaderno colocado en mis piernas.

El profesor quería saber por qué y cómo habíamos descubierto que amábamos tocar el piano, cómo había sido nuestra trayectoria como músicos, cuáles eran nuestras metas a futuro, si ya habíamos estado arriba de un escenario importante y qué sentíamos allí, además de cómo manejábamos los nervios.

Escuché, atenta, todos los relatos. Una gran cantidad de los estudiantes había descubierto su pasión por la música desde una edad muy temprana; otros, hacía relativamente poco. La mayoría acordó que esperaban ser reconocidos, y disfrutar de lo que hacían. Algunos ya habían pisado escenarios, ya sea en actos escolares o pequeñas presentaciones, pero recién ahora decidieron estudiar y dedicarse de lleno a la música.

Las historias fueron diferentes e interesantes. Descubrieron su amor por la música de manera distinta, pero coincidían en lo mismo: tocar el piano los liberaba, los transportaba a otro mundo y les generaba una maravillosa sensación, que no sentían al realizar ninguna otra actividad.

También me aferré a los consejos impartidos por el profesor y los estudiantes, tanto como pude. Me sentí más aliviada y comprendida al saber que unos cuantos de ellos —la gran mayoría de primer año— no sabían cómo manejar los nervios; muchos tenían el mismo miedo que yo de equivocarse.

Recorrí la estancia con la mirada, tiempo más tarde. Sólo quedábamos la chica que había sostenido mis bastones ―clases anteriores―, Samantha, Will y yo.

Clarisse comentó cuánto le costaba no ponerse nerviosa en el escenario. Tendía a ser presa del nerviosismo al momento de presentarse frente a los demás, pero aun así no quería abandonar su sueño de ser pianista, por eso puso todo de sí misma para pasar el examen inicial y entrar al conservatorio. El profesor Brooks alegó que la había escuchado tocando en varias oportunidades, y que la consideraba muy buena.

Samantha parecía ser a quien se le presentaron menos problemas para llegar ahí. Mientras el resto tuvo bastantes dificultades —económicas, por lo general— para recibir clases antes de probar suerte con el examen de ingreso al conservatorio, ella fue privilegiada al recibir clases particulares. Mencionó haber sido aceptada en varios establecimientos, pero se decantó por este. Agregó que no tenía problema al subirse al escenario.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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