A través de mí

Tamaño de fuente: - +

22|Herida abierta

 

Los Blackwell teníamos una especie de tradición, hacía más de un año: una vez al mes invitábamos a nuestros amigos, y parte de nuestra familia, a cenar pizzas. Por eso me reuní con las chicas, a la salida del conservatorio.

Me reí entre dientes al oír cómo Abby se quejaba del hambre, mientras bajábamos del auto de Emma. La pecosa me entrecerró los ojos cuando solté un comentario sarcástico al respecto.

Miré el movimiento dentro de la casa, a través de las ventanas, y sonreí. Disfrutaba esas reuniones.

Toqué el timbre y esperé a ser atendida. Chris me recibió con un gesto contrariado y preocupado que intentó ocultar, pero fracasó.

—¿Por qué esa cara? —inquirí.

No me gustó verlo tragar saliva con dificultad. Tampoco me agradó su silencio, ni la incomodidad en sus facciones, y la manera en que carraspeó antes de pasarse la mano por los cabellos ondulados, me tensó.

—Tengo que hablar contigo antes de que entres —murmuró.

La anticipación hizo su paso en mi interior, y se me formó un pesado nudo en el estómago. Asentí, poco convencida, sintiendo un mal sabor en la boca.

De los dos, mi hermano se caracterizaba por mantener la calma en momentos de tensión, pero ahora no podía. No quería imaginarme el motivo.

Pasé el peso de un lado al otro de mi cuerpo, y exhalé. Chris lucía demasiado ansioso e incómodo para hablar.

—¿Y bien? —instó Abby por mí.

Mi hermano aplanó los labios, descontento, y cerró la puerta detrás de sí. Me indicó, con un gesto de la cabeza, que tomara asiento en una de las sillas de la entrada. Seguí su orden, en tanto se sentaba al frente mío. Mis amigas hicieron lo mismo en los dos lugares restantes, y pasaron la vista desde Christopher hasta mí, sin entender nada.

El chico que decía compartir mis genes, por fin estableció contacto visual conmigo. Sus ojos grises me transmitieron un montón de emociones que me dejaron helada.

—Se trata de la familia...

El aire abandonó mis pulmones cuando la resolución me llenó de golpe, y se me instaló una sensación enfermiza y angustiante en el pecho, que conocía muy bien.

No, no, no. Rogué internamente que mis suposiciones no fueran ciertas.

Cerré los ojos y crucé los brazos sobre el pecho, porque comenzaba a ser presa de la ansiedad y la incomodidad, y eso siempre daba paso a uno de mis tantos tics nerviosos.

Evité la mirada grisácea de mi hermano; temía encontrar la respuesta en ella. No quise abrir los párpados.

De pronto me costó respirar, pero no podía retrasarlo más. Resoplé, procurando llenar mis pulmones con un aire más limpio.

―Dispara ―mascullé―, ¿qué pasó?

―Promete que no te vas a enojar.

Cerré más fuerte los ojos.

Las posibilidades no abandonaron mi mente. No me gustaba el misterio, mis nervios se crispaban con cada segundo en el que él no soltaba las palabras.

―Necesito que me escuches, y no te alteres.

El nudo subió más arriba de mi estómago. La ansiedad, la incertidumbre y algo más que no distinguí, me recorrieron de pies a cabeza, en especial cuando abrí los párpados y los clavé en mi hermano.

―Ya me estoy empezando a alterar, así que habla antes de que me enfade ―insistí.

Aclaró su garganta antes de contestarme en voz baja, sin ocultar su molestia:

—Están aquí. Mamá los invitó.

Sus ojos buscaron los míos, y sopesaron mi reacción. Pero sólo me quedé estática, procesando la información.

Una oleada intensa de emociones se acumuló en mi pecho, perforándolo. Me mordí la parte interna del labio inferior, y froté mis ojos cuando la desesperación y el enojo me envolvieron.

―Genial, simplemente genial...―mi voz sonó rasposa y cargada de enojo, mientras me frotaba la cara.

Percibí, por una pequeña rendija formada entre mis manos, cómo Christopher tocaba mi brazo. Tragué en seco y me destapé el rostro, lentamente. Ejerció un ligero apretón en la mano que tenía más cerca.

—Lizzy, hermana...

Lancé un suspiro entrecortado. Me costaba respirar.

―¿Hace cuánto que llegaron? ―preguntó Emma.

―No hace mucho ―contestó Chris, tan incómodo como me encontraba yo.

―¿Cómo están papá y mamá? ―inquirí con un hilo de voz.

Mi hermano detalló mi rostro, preocupado.

―Mamá anda nerviosa, se le nota que desea que todo salga bien. Papá...bueno, él no sabe cómo tomarse la situación, pero estaba esforzándose por tener una buena cara.

La parte de mí que quería madurar y dejar las diferencias de lado, intentó entender las ansias de mi madre por mejorar la situación ―inexistente― con mis abuelos. Sin embargo, mi lado dolido ganó terreno, y las emociones salieron a flote.

Los recuerdos me atormentaban cada vez que se repetían. No, no conseguía entender la... ¿bondad? de mi madre. No entendía sus razones.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar