A través de mí

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23|Importa que lo intentes

28 de febrero de 2015.

Escruté mi reflejo en el espejo, por última vez. Todavía lucía cansada y somnolienta, y la preocupación no abandonaba mis ojos hinchados por el sueño.

Y mi pelo...bueno, no tenía mucho arreglo que digamos. Su aspecto decente duraría poco.

Suspiré, dándome por vencida, y miré la hora en el celular colocado sobre un mueble en el baño.

Sentí un denso y molesto nudo en el estómago en cuanto estuve a pocos pasos de la cocina. Tragué saliva, a duras penas, y me obligué a caminar despacio para alargar el camino, presa de la culpa al evocar el recuerdo de la noche anterior.

La tensión tornó el ambiente silencioso e incómodo. Alcé por fin la mirada del suelo e inspeccioné mi alrededor, tanteando el terreno. Mis padres y mi hermano preparaban el desayuno, sin mediar palabra. Ninguno tenía buena cara.

La incomodidad y la pesadez me asaltaron, y el nudo se apretó en mi estómago. Devolví la mirada al piso.

Chris notó mi presencia y concentró sus ojos en mí, que estaba parada cerca de la puerta. Le salió un gesto tambaleante, seguido de un rostro surcado por emociones diversas que le costó reprimir. Me indicó con la cabeza que tomara asiento en la mesa y eso hice. Colocaron lo necesario en la superficie de madera, y desayunamos en un tenso y denso silencio sepulcral, que sólo consiguió revolver el mundo de emociones en mi interior, pues los recuerdos no me dejaron tranquila por algunos minutos.

Miré un punto fijo en la taza mientras revolvía el café con la cuchara, de forma monótona y aburrida. El único ruido era el del metal contra la cerámica.

Mi celular vibró en la mesa. Lo observé por inercia, aliviada al tener algo que hacer, y curvé una de las comisuras de mis labios al apreciar la imagen en miniatura de nosotros dos, junto a su nombre.

«Buenos días, pequeña hobbit. ¿Cómo están las cosas por allá?»

Me apresuré a relatarle lo incómodo y tenso que estaba transcurriendo el desayuno. Bloqueé la pantalla del dispositivo cuando envié el mensaje, y esperé su respuesta en tanto me disponía a probar del contenido de la taza antes de que se enfriara demasiado.

El celular volvió a sonar, un momento después.

Will: «Es normal, luego de lo que sucedió, pero intenten hablar. Sé que podrán solucionarlo. Suerte con tu madre, pequeña hobbit».

Esbocé una sonrisa ladeada, y le agradecí. Además, le deseé suerte en su trabajo, y le pedí que le enviara mis saludos a su hermanito si lo veía; me aseguró que lo haría.

Dejé mi celular a un lado y me preparé mentalmente para hablar con mi madre. Aferré mis manos a la taza, para no comenzar con mi tic nervioso.

Mi hermano levantó la mirada de su té humeante y me escrutó a través de sus pestañas, pretendiendo no reflejar lo que sentía, pero sabía que quedó afectado por los sucesos de la noche anterior.

Al mirar otra vez el recipiente repleto de café, me pregunté si era necesario tomármelo. Tenía el estómago cerrado, y el nudo en él me impedía respirar.

Decidí tomar del contenido tibio, tanto como pudiese, y me armé de valor. No podía seguir alargando esa conversación. No quería guardarme nada.

—Mamá, yo... —balbuceé.

Nuestros padres me escrutaron, luego a mi hermano. Aunque la mirada de mamá no era tan dura, sí encontré un ápice de molestia en sus ojos y una tristeza que me atenazó el corazón. Era la misma tristeza que se había apoderado de ella durante todos los años en los que sufrió por culpa de sus hermanos y de sus padres.

—Ya sé lo que Christopher y tú quieren decirme, Lizzy —me interrumpió, con la voz cargada de emociones que fui incapaz de distinguir.

Papá escudriñó nuestra interacción, en un completo silencio. Esperaba que él también estuviera enojado, pero se veía bastante agotado para discutir.

—No podíamos permitir que irrumpieran con el buen momento que estábamos pasando, mamá —se excusó Christopher, dolido y molesto.

—Tu padre estaba soltando comentarios totalmente fuera de lugar, por lo bajo —alegué—. No podía dejar que llegara más lejos. No te lo mereces, mamá.

Papá parecía de acuerdo con nosotros.

Chris y yo compartimos una rápida mirada llena de ansiedad y miedo, temíamos la reacción y la respuesta de nuestra madre. Él la depositó de nuevo en la mesa, intentando buscar las palabras adecuadas para probar su punto. Yo tampoco sabía qué decir.

—Somos conscientes de lo mucho que quieres mejorar la relación con nuestros abuelos, pero mamá, nos es muy difícil mantener un buen trato con ellos. ¿Cómo es posible que estés ayudándolos económicamente, luego de que casi nos sacaran a patadas de su casa? —la voz le tembló, y se le formó una expresión entre enojada y decepcionada.

Respiré profundo, y me forcé a mantener la compostura cuando los pensamientos fueron en la dirección que no quería; los recuerdos hacían doler aún más las heridas en mi alma. No quería darle rienda suelta a mi impulsividad; no lo hacía a propósito, pero a veces no tenía filtro.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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