A través de mí

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24|Perdido

2 de marzo de 2015.

Apreté los ojos cuando las punzadas en mi cadera aumentaron, al llegar a la mitad del recorrido. Recurrí a todas mis fuerzas para ingresar al pasillo correcto, el que me conducía a la sala que tanto me gustaba.

Una hermosa y triste melodía llenó mis oídos y la totalidad del corredor, apenas me adentré en él. El corazón me dio un vuelco al afinar el oído, y una sensación angustiante y extraña me subió desde la boca del estómago hasta la garganta, mientras me abría paso entre los alumnos que se dirigían a sus hogares. Me apresuré a entrar, tanto como mi cuerpo y mi equilibrio me lo permitieron. Abrí la puerta con cuidado, y me recargué en la madera.

Lo encontré sentado en el banquillo del piano, me pareció verlo con los ojos entrecerrados.

Curvé un borde de mi boca al notar la naturalidad con la que se movían sus dedos sobre las teclas del piano. Seguí sus fluidos movimientos.

De repente, el corazón se me estrujó dentro del pecho al identificar el estribillo, y cerré los párpados, al tiempo que la sensación angustiante y la empatía se abrían paso, con más ímpetu, en mi interior. Era Echo, de Jason Walker.

Las descargas eléctricas recorrieron mi cuerpo cuando me dejé llevar por la letra y lo que producía en mi interior. Me habría gustado oírlo cantándola, ya que tanto alardeaba Tyler de la buena voz de Will, pero de todas formas disfruté de la magia que producían sus dedos en las teclas y de la manera en que la interpretaba como si la canción fuera suya.

Me remontó a años anteriores, en tanto la tarareaba en mi cabeza. Solía escucharla, por eso las lágrimas quemaron en mis ojos. Además, apreciar cómo tocaba con fiereza, como si quisiera echar lejos lo que albergaba en su interior, me generó algo extraño. Estaba ciega, sí, pero no era sorda ni tonta como para no darme cuenta de que esa melodía triste y melancólica, pero intensa y desesperada, reflejaba lo que Will sentía.

Aunque apenas lo conocía, era evidente que él encontraba en la música una manera de gritarle al mundo sus problemas. También podía entender esa conexión especial con el piano, en momentos de angustia. Amaba eso, pues el piano nunca te juzgaría, sólo estaría ahí, esperando que te liberes.

La música era eso para mí: liberación. Sentía como si el alma se me liberara de sus cargas, en cuanto permitía que mis dedos entraran en contacto con las teclas y las melodías me recorriesen entera.

Will dejó caer las últimas notas y observó el objeto delante de él, sin hacerlo en realidad; se enfrascó en sus pensamientos. Volví a seguir sus movimientos. Frotó sus ojos con las palmas de sus manos, casi con violencia, y emitió un bufido lleno de enojo y pesar.

Formulé una mueca, ante el molesto pinchazo en mi cadera izquierda y el escozor en la piel de la cicatriz en mi espalda baja. Se me dificultó subir los escasos escalones que conducían al escenario, por la pérdida de fuerza muscular en mi pierna izquierda, pero aun así lo intenté y procuré no hacer ruido con mis bastones.

Fracasé en mis intentos, Will se sobresaltó de inmediato. El alma se me cayó a los pies al reparar en su apariencia. Sus ojos verdes con pequeñas motas azules estaban empapados de impotencia, rabia, tristeza y frustración, y la hinchazón, junto a la rojez debajo de ellos, lo hacía ver aún más desahuciado y cansado.

Me senté a su lado, en silencio, y me acerqué tanto como me lo permitió mi timidez; esa canción todavía resonaba en mi mente. Volteó el rostro, sorprendido, porque nunca nos separaron tan pocos centímetros y, cuando encontró la invitación en mi mirada, pasó un brazo tembloroso a mi alrededor. Apoyé mi cabeza lentamente en su pecho al notar que no le incomodaba, a pesar de su estremecimiento.

Sentí su tristeza y la gran carga que lo aplastaba, pero no fui capaz de hablar. Creí que quedándome ahí sería suficiente, si me basaba en su personalidad tan similar a la mía y en su tendencia a encerrarse en sí mismo.

―A veces es bueno tener a quien te salve ―murmuré, viendo las teclas negras y blancas, al igual que él―, a alguien que impide que nos ahoguemos.

Percibí un mar de sentimientos tortuosos en su mirada verdeazulada, pese a sus intentos por mantener ese gesto indescifrable. Libraba una lucha interna que me llenó de preguntas y de preocupación por su estado anímico.

Entonces me entregó la llave para entrar a su alma, por un breve momento, y me permitió ver una especie de... ¿miedo? en sus ojos. Parecía un niño asustado que le tenía miedo al mundo, a demostrar sus emociones.

Un denso y tirante silencio se instaló entre nosotros, me lamenté en mi fuero interno no poder romper el hielo. De repente esbozó una sonrisa casi imperceptible, que deshizo un gran peso en mi pecho.

Casi al instante colocó sus auriculares blancos sobre el piano, y acortó la distancia entre los dos, inseguro. Al no encontrar ninguna resistencia de mi parte, me abrazó fuerte, como si quisiera derribar toda barrera. Le correspondí el gesto, aturdida. Froté mi mano en su espalda, y luché contra mis propias emociones.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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