A través de mí

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25|Empatía

3 de marzo de 2015.

Emma levantó la mirada de sus apuntes. No pudo ocultar su nerviosismo.

—¿Qué? —murmuró—. Me asustas cuando me ves así, con esos ojos de psicótica.

Me mordí la parte interna de mi mejilla para no esbozar una sonrisa triunfante. Tras varios intentos fallidos, conseguí que me mirara.

Algunas personas dejaron de hacer sus cosas y nos vieron con cara de pocos amigos. Puse los ojos en blanco.

—Bueno, mi idea no era asustarte —susurré tan bajo como pude, para no enfadar a los demás—, pero obtuve tu atención, así que...Vamos, desembucha.

Emma agarró su libro y fingió leer la página en la que se había quedado. Crucé los brazos sobre el pecho. No la dejaría evadir mis preguntas tan rápido.

—No sé qué quieres que te diga —imitó mi tono de voz.

Ella también se guardaba lo que le pasaba, a veces. Sabía que en el fondo quería contarme, pero supuse que no superaba lo que fuese que le ocurría.

—No sé, pero algo te tiene pensativa. ¿Qué pasó con exactitud el fin de semana? —inquirí.

Sus labios formaron una fina línea recta, y su ánimo decayó más. Evitó mi mirada por completo, quiso enfocarla de nuevo en el libro de más de doscientas hojas.

—Pasó algo —afirmé, más convencida que antes—. ¿Tiene que ver con el motivo que te hizo retirar antes de la reunión, por tu familia?

—No, Lizzy. —Negó con la cabeza—. No es nada, en serio.

Notó cuán triste sonó, pues intentó hacer un control de daños ofreciéndome una sonrisa, que al final salió como una mueca tambaleante. No me miró.

—No tiene que ver con tu familia, entonces.

Esta vez, me gané un gesto de reproche. Me llevé una mano a la sien, contrariada. A pesar de mi preocupación, debería respetar su reticencia a hablar.

—Lizzy...—masculló.

Elevé las manos a la altura de mi cabeza, en señal de rendición.

—Solo quiero saber qué te tiene así, Emma. Me lo debes por haberme hecho quedar después de clases, pero está bien.

Frunció los labios, molesta, y leyó el libro sin prestarle atención, así que me limité a continuar mi lectura, en silencio.

—Y para que conste no te debo nada, Blackwell —murmuró—. Te traje hasta aquí porque en pocas semanas tenemos exámenes, y en pocos días debemos presentar ese bendito trabajo. Tal vez lo olvidaste, pero definirá en gran parte la nota.

Formulé una mueca. Claro que no lo olvidaba, la bola de ansiedad en mi estómago me lo recordaba constantemente.

Devolví la atención al libro en la mesa. Me pareció que las letras nadaban en el papel. Mi mente no había dejado de pensar en un montón de cosas desde que me desperté, me molestaba porque interrumpía mis estudios.

Al final Emma suspiró. De reojo, la vi tamborileando los dedos sobre el libro, nerviosa.

—Es...—Cerró los ojos por una fracción de segundo, y se removió en su lugar—. ¿Recuerdas a Levi?

La escruté por debajo de mis pestañas, esforzándome de verdad por comprender el contenido para el parcial, y asentí.

—Sí, ¿qué hay con él?

—Creo que...todo se acabó —susurró, apesadumbrada.

Inmediatamente cerré el libro y crucé mis brazos sobre la tapa, mientras abría mis ojos de hito en hito. Esto me interesaba mucho más que ponerme a estudiar.

—¿Pero qué...? —chillé, por demás sorprendida—. ¿Cómo?

Varios chicos me hicieron callar. Los fulminé con la mirada, y volví a enfocarme en Emma.

Movió sus dedos con mayor ímpetu sobre la tapa del libro. Apreté las manos para no golpear las suyas, me ponía los nervios de punta ese tic nervioso suyo. Le di tiempo para pensar su respuesta.

—Él...él me había dicho que le gustaba, pero yo...—Tragó saliva de manera dificultosa, y acarició los cabellos que caían sobre su hombro—. No pude decirle lo mismo. Levi me preguntó si podría quererlo con el tiempo y le dije que sí, y que pensaría en ello.

Emma me lo había contado muy por encima en diciembre, no tocamos el tema desde entonces. Yo había dado por hecho que las cosas estaban bien entre ellos, a pesar de no saber en qué había quedado su...relación, o como le hubieran llamado.

―¿Y qué sucedió? —indagué, aunque ya creía conocer la respuesta, a juzgar por la máscara de tristeza en la que se había convertido su cara.

Trazó pequeños círculos en la tapa del libro con las yemas de sus dedos, sumida en sus recuerdos.

—El viernes llegué a casa —continuó—, y efectivamente había surgido un problema menor con mi familia, que solucionamos. Fui a mi habitación, continuamos con la conversación que habíamos iniciado durante uno de los recesos de nuestras universidades, y decidimos vernos al menos un momento, porque esto que...—Su rostro se contrajo con dolor. Al darse cuenta, intentó mantener una expresión apacible— teníamos se había reducido a hablarnos sólo por WhatsApp. Nos juntamos un rato, charlamos de cualquier cosa y bueno, salió el tema de que aún no le había dado una respuesta.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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