A través de mí

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26|Mantente fuerte

El corazón me dio un vuelco bajo las costillas, al verlo a escasos pasos delante de mí. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos. Se veía cansado y preocupado de tal manera que me intranquilizó.

—Hey...

—Hey —murmuró él.

Sus ojos estaban nublados por infinidad de emociones. La opresión en mi pecho aumentó cuando acorté un poco más la distancia entre nosotros.

Hice una mueca, e intenté alzar un borde de mis labios. Entendió al instante el mensaje detrás de mi mirada, así que llevó a cabo los últimos pasos para llegar a mí y procuró no pensarlo demasiado. Cernió sus brazos en torno a mí, con fuerza, pero tambaleantes al mismo tiempo. Conseguí abrazarlo por la cintura, sin caerme.

Preferí quedarme en silencio, lo creí mejor antes que buscar palabras sin sentido. Will no necesitaba escuchar algo que seguro todo el mundo le repetía sin cesar, sólo necesitaba a alguien que fuera su ancla.

—¿Cómo está? —pregunté contra su pecho.

«¿Cómo estás tú?», quise añadir, pero no lo hice. Will estaba incómodo. Todavía seguían levantados algunos muros a su alrededor.

Se alejó algunos centímetros y estableció contacto visual conmigo. Luché contra la congoja en mi pecho, al observarlo.

—Se lo llevaron para realizarles unos estudios al mediodía —me contó—. Tendremos que esperar hasta la tarde noche para saber los resultados. Abrirán el horario de visitas en poco más de media hora.

Una chica se situó al lado de Will, y se ganó su atención. Tenía una melena castaña oscura y lacia, y unos preciosos ojos verdes apenas salpicados con motas azules.

—Me llevaré a los abuelos a tomar un poco de aire —le avisó a Will, sosteniendo un vaso de café en la mano. Volteó a verme con una bonita sonrisa, que no alcanzó a tocar sus ojos por el evidente cansancio—. Jessica Gallagher, un placer.

Le devolví el gesto.

—Elizabeth Blackwell —me presenté—. Dime Lizzy.

—Muy bien, Lizzy, un gusto conocerte —me dijo amable.

Will pasó el peso de un pie al otro, y metió las manos dentro de los bolsillos de sus jeans. Miró hacia atrás, y después a su hermana. La preocupación le tiñó la mirada y la boca.

—Intenta llevar a mamá también, Jess.

Jessica asintió levemente.

—Haré lo que pueda —prometió ella, dándole un breve apretón en el hombro—. Y Brianna...no sé, Peter seguro no llegó a casa todavía. Debe estar sola.

—La llamaré para decirle que no tiene de qué preocuparse —le aseguró Will—. No te preocupes. Tú encárgate de los abuelos y de mamá. Yo ya veré qué hago con Bri.

Jessica asintió, y buscó a sus familiares. Procuré no desviar la vista por mucho tiempo hacia los Gallagher, para no incomodar a Will. Se llevó una mano a la nuca, y mordió la esquina de su boca.

—Eh... ¿quieres sentarte? —me ofreció—. Imagino que estarás cansada...

Me indicó con la barbilla unas sillas libres, a escasos metros de nosotros, y me siguió con pasos más cortos que los míos, casi arrastrando los pies.

Masajeé las palmas de mis manos mientras lo veía pasar el peso de un pie al otro, cada varios segundos. Metió y sacó sus manos de los bolsillos de sus jeans, casi al mismo tiempo. Despeinó sus cabellos castaños como dos veces, y los volvió a peinar. Luego sacó su celular del abrigo negro que le vi usar el día que nos conocimos.

—¿Quieres algo para tomar? ¿Un café? ¿Agua?

—Un vaso de agua está bien. Tú también deberías tomar un poco, Will.

Tragó y contempló un punto fijo en el suelo. Giró sobre sus talones y me dijo que no tardaría. Cargó dos vasos de polietileno en tanto yo jugueteaba con las pulseras de mi mano derecha, nerviosa. Regresó, un momento después, me tendió uno y me avisó que haría una llamada.

Observé a la gente deambulando por el pasillo, para darle intimidad. A unos metros había una familia afligida. Un grupo de médicos pasó delante de mí mientras parloteaba sobre temas incomprensibles para mi cerebro, pero sí logré escuchar que un hombre de unos cuarenta años, aproximadamente, se encontraba en mal estado. Me entristeció escuchar esas cosas. Aquellas personas se merecían tener esperanzas, saber que al final lograrían salir adelante, a pesar de todo. Esperaba que la situación mejorase para ellos.

Escruté de nuevo a Will. Se había recargado contra una pared y hablaba por teléfono, con la mirada perdida en un punto indefinido del suelo blanco. Lucía agotado, como si luchase constantemente con un gran peso sobre sus hombros.

Un rastro de impotencia me llenó entera. No sabía qué decir, ni cómo actuar en esa situación sin sentirme incómoda ni una intrusa. Will caminó hacia mí cuando la desesperación me empezó a absorber, no dejaba de revisar la hora en su celular.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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