A través de mí

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28|Gran avance

9 de marzo de 2015.

Emma entró primera a la cafetería y me sostuvo la puerta. La seguí, dando pasos perezosos, al tiempo que me cuestionaba por qué acepté su oferta de ir. Hacía más de siete días que no sabíamos nada de Abby y sí, la extrañaba, pero esa no fue ni por lejos la mejor de mis semanas; el cansancio estaba haciendo estragos en mí.

Emma encontró una mesa roja, rectangular y vacía, al fondo. Me dejé caer en una silla y cerré los ojos, permitiéndome escuchar el murmullo de la música que resonaba por algún lugar.

—¡Oh, discúlpame, señor-hago-todo-bien-en-esta-estúpida-cafetería!¡Disculpa si no puedo hacer todo bien como tú, pero hace sólo poco más de un estúpido mes que estoy trabajando aquí!

Abrí un ojo, con aire cansino, luego el otro. A pesar de que las voces de los clientes se entremezclaban con la música y los sonidos propios de las personas trabajando, identifiqué esa voz chillona, a pocos metros de distancia.

Emma alzó las cejas y me miró curiosa. Me encogí de hombros.

Abby salió de una extensa puerta roja, situada al lado de la gran barra del centro de la cafetería, ejerciendo zancadas enfurecidas; parecía echar humo por las orejas. Se sacó su delantal —también rojo— y lo arrojó sobre la barra. Farfulló cosas entre dientes, con el rostro aún crispado, y nos buscó con la mirada.

Caminó apresurada hasta nosotras. Corrió la silla libre, haciéndola crujir sobre el suelo, y se sentó de sopetón. Bufó exasperada, y cruzó los brazos sobre su pecho.

Me aclaré la garganta, un tanto incómoda. Me preparé mentalmente para enfrentar su temperamento y su evidente malhumor.

Nos escrutó con cara de pocos amigos.

—¿Qué? —gruñó.

Emma y yo levantamos las manos y exclamamos «nada», al unísono. Abby se frotó la cara y soltó un gran chillido frustrado.

—¡Ese tonto lo único que hace es crispar mis nervios desde que se cruzó en mi estúpido camino!

Mi amiga de cabello colorido y yo volvimos a vernos, no entendíamos el enojo de la castaña.

Una chica algunos años mayor que nosotras, se acercó a nuestra mesa. Miró de reojo a Abby, pretendiendo no parecer una chismosa. Negó con la cabeza, como el caso perdido que era mi «dulce» amiga, y enfocó la atención en Emma y en mí.

Emma hizo su pedido en tanto yo miraba, cautelosa, la molestia en el rostro de Abby.

—¿Tú no vas a ordenar nada, Lizzy?

Volteé a ver a Emma, después a la chica que esperaba mi pedido. Negué y me excusé diciendo que tenía el estómago cerrado. Emma y Abby me entrecerraron los ojos, pero no dijeron nada. La compañera de Abby asintió y nos dejó solas.

—¿Y bien? ¿A qué se debe que la Fiera Worrengood haya hecho acto de presencia? —le pregunté, tanteando el terreno.

Abby frunció el ceño y observó un punto fijo en la mesa.

—Ese bueno para nada... —masculló. Cerró un puño con fuerza, después agarró una pequeña servilleta del centro de la mesa y la apretó, a la altura de sus ojos marrones—. Ojalá esta fuera su cabeza hueca, siendo aplastada contra mi puño. ¡Agh!

No me sorprendían los instintos violentos de mi amiga y lo bastante zafada que estaba de la cabeza, pero me pregunté si el enojo y el desprecio que destilaba, no era un tanto exagerado. ¿Tan grave había sido el asunto para que la chica estuviera así?

—Sí, bueno... —Emma intentó arrebatar el pobre pedazo de papel de las garras de la castaña enfurecida―, por el momento, nada de aplastarle la cabeza con tu puño a nadie, Abby. Respira, tranquilízate y cuéntanos. ¿Qué pasó? ¿A quién le dedicas todo tu odio?

Rio sarcástica.

—El odio es un sentimiento profundo, Emma, y yo no albergo ningún sentimiento hacia ese sujeto —dijo con los dientes apretados—. Sólo quiero matarlo, pero primero quiero torturarlo de cincuenta formas diferentes.

Hice una mueca de dolor.

—¿A quién quieres matar, entonces? —indagué.

La puerta por la que Abby había salido enfurecida, se abrió, revelando al chico que habíamos visto semanas atrás, cuando las chifladas de mis amigas me avergonzaron hicieron delante de Will. Me mordí el labio para no reírme al acordarme de cómo Abby pretendió esconderse hasta desaparecer, cuando reparó en su presencia, al observarlo tomando nuestros pedidos.

Abby giró el cuerpo al percatarse de quién salía. Cerró ambos puños y lo vio con todo el veneno que fue capaz de transmitir.

Nosotras también nos quedamos con los ojos sobre él.

—Yo opino que ese chico tiene cara de ser una persona tierna, amable y buena —comentó Emma, robándome las palabras.

Torcí el gesto y lamenté la posible muerte de mi extraña amiga, en cuanto Abby regresó el rostro hacia nosotras y fulminó con la mirada a la pobre Emma.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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