A través de mí

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29|Fuerte

de marzo de 2015.

Will y Tyler levantaron sus cabezas, apenas me vieron salir de la sala, enseguida hicieron lo mismo con sus cuerpos. De los dos, el castaño era quien me miraba más curioso y ansioso.

La enorme sonrisa incrédula y alegre en mi cara, fue la respuesta que Tyler necesitó para abrazarme fuerte y un tanto torpe. Me felicitó de todas las maneras posibles.

Cuando se separó de mí, Will se me quedó mirando sonriente. Me sorprendió al abrazarme de la misma manera en la que lo hizo nuestro amigo, aunque su alegría estaba mezclada de una satisfacción aún mayor; había estado conmigo durante semanas, en cada uno de mis progresos.

Me aferré a él como pude, saboreando la misma felicidad mientras, de reojo, reparaba en cómo Ty formulaba una mueca extraña, ante tanta muestra de cariño por parte de Will.

Oímos unos pasos apresurados cerca de nosotros y un «¡díganme que lo ha hecho tan perfecto como esperaba!», de parte de Hannah.

Aunque Will deshizo el abrazo, no se separó de mí, mientras yo les relataba a las chicas cómo fue la audición, al tiempo que realizábamos el trayecto habitual hacia la salida del conservatorio.

Los varones escucharon más atentos, pues nuestras amigas no tenían idea de música. Les hablé del temor de hacerlo mal, y de la ansiedad previa, pese a ser mi segunda audición.

Will me recordó el buen rendimiento que tuve en la primera, a base de innumerables horas de ensayo. En la de ahora, mis ganas de huir antes de ejecutar la primera pieza, fueron menores, al igual que el peso menos sobre mis hombros. No me estanqué, como tanto temí semanas atrás. Me costó batallar contra las inseguridades y la molesta vocecita en mi cabeza, pero conseguí buenos resultados en ambas evaluaciones.

Ty se ofreció a llevar a las chicas a sus respectivas casas, pues estaban cansadas. Estuvieron practicando muchísimo para sus audiciones, en las que, por cierto, les fue genial a las cuatro, en mayor o en menor medida. Will y yo nos despedimos de los demás y me guió a su auto, ya que se ofreció a llevarme a mi hogar.

―Tengo que pasar por mi sobrinita primero, ¿no te molesta? ―me preguntó, mientras arrancaba el motor.

Negué con un movimiento de la cabeza.

―Mi hermana se va a quedar en el hospital con mi madre, y mi cuñado tuvo que hacer un viaje de imprevisto, así que Jess me pidió si podía cuidarla por esta noche ―comentó, manteniendo la atención en las calles atestadas de vehículos.

Se me formó una sonrisa de alivio al saber que esa noche él tendría posibilidades de descansar, y también de ternura al notar cuánto quería a su sobrina.

―Pues estoy de acuerdo con tu hermana ―opiné―. Te servirá para dormir en la comodidad de tu hogar, no en una incómoda silla de hospital.

Iba a mencionar lo abatido que lo veía, pero me abstuve de hacerlo. Will procesó mis palabras en su cabeza, en silencio. Lo vi manejar. Algo me decía que su mente era un completo desastre. La mía también, aunque mi buen desempeño en las audiciones me relajó un poco.

Me respondió que su sobrina tenía seis años cuando se lo pregunté, en tanto ponía música. Hablamos de mi carencia de sobrinos, y de la cantidad de primos que tenía: cuatro por parte de mi papá, cuatro más por el lado de mamá. Él no tenía, su mamá era hija única.

A partir de entonces, nos quedamos callados. Miré por la ventanilla ―como siempre―, porque no sabía qué contarle; aparte, Will estaba demasiado concentrado en conducir. De todas formas, la falta de diálogo no fue incómoda.

Tiempo después, Will estacionó en una casa de un barrio bastante acomodado de Londres. Me avisó que no tardaría.

Tocó la puerta y aguardó a ser atendido. Una niña de cabello castaño claro y levemente ondulado, salió corriendo. Will se agachó para tomarla entre sus brazos y la hizo dar vueltas, mientras la llenaba de besos que la hicieron reír. Observé enternecida, y sorprendida, la escena.

Una mujer que debía rondar los treinta y tantos años, saludó a Will, y le tendió una mochila rosa. Él se la colgó en el hombro sin soltar a la niña, quien colocó su cabeza en el hombro de su tío, sonriente.

Will intercambió unas palabras con la mujer, antes de despedirse. Bajó a la nena cuando estuvieron a algunos pasos del carro. La pequeña abrió la puerta de atrás, mientras Will hacía lo mismo con la del conductor. Sonreí al ver el gesto feliz en su cara.

Sentí cómo la niña me escrutaba atenta.

―Brianna, ponte el cinturón ―le indicó Will, volviendo a encender el auto―. Y saluda a Lizzy.

Giré a verla. Tenía un rostro tierno y angelical, pero travieso a la vez, y unos ojos verdes grisáceos, que parecían brillar en su rostro pálido y enmarcado por finas y delicadas facciones. Me pareció que tendría una combinación de ambos padres.

―Hola, Lizzy. ―Me ofreció una sonrisa a la que le faltaba un diente de leche en la parte de abajo.

―Hola, Brianna ―le correspondí el saludo―. ¿Qué tal?



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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