A través de mí

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30|Ahogándome

21 de marzo de 2015.

Nunca vi tanta ropa desparramada en una habitación.

Seguí los movimientos de mis amigas, mientras se probaban vestidos diferentes y un montón de zapatos. En cambio, yo no dejaba de sostener, dubitativa, uno que me compré esa mañana con unos escasos ahorros.

Todavía no sabía qué hacía allí.

Las cuatro me preguntaron, varias veces, si me encontraba bien pues andaba muy callada. En todas esas ocasiones intenté ser convincente, al excusarme.

Nicole me instó a cambiarme, quitando la mirada del espejo del tocador donde estaba debatiéndose si ponerse unos pendientes de perlas o unos a tonos con su vestido salmón.

Miré la tela negra larga y con mangas tres cuartos que sostenía entre las manos, disconforme. El vestido era hermoso, sí, pero no era de mis prendas favoritas, ni con las que me sentía más cómoda. Prefería mis suéteres, mis jerséis y mis jeans.

Caminé a regañadientes hacia el baño. Me desvestí, sentada en el retrete, bajé la cremallera de la espalda y me lo coloqué. Tuve sumo cuidado con la cicatriz de la parte baja de mi espalda, al subir el cierre. En esos días húmedos estaba particularmente sensible, al menor movimiento me dolía la piel como si me la estuvieran estirando con ganchos. No bromeo.

Me saqué mi calzado habitual y lo reemplacé por las zapatillas con plataforma, que Nicole había dejado en el baño.

Cuando terminé de atarlas, agarré los bastones y aprecié mi reflejo en el espejo. Una molesta y bastante conocida sensación me hizo apartar la mirada, de inmediato, y un insidioso malestar se apropió de mi pecho.

Me obligué a dejarlo de lado y regresé a la habitación de Hannah, agarrando la ropa que había usado, como pude. Señalaron cuán bien me quedaba esa prenda. Hice un mohín. Siempre decía que tenía algo así como una cola de pato; como mis últimas vertebras se formaron mal durante la gestación, tenía una molesta curvatura al final de la columna que parecía más visible cuando usaba vestidos o faldas.

Les sonreí de medio lado, aunque no estaba de acuerdo con ellas.

Hannah me indicó que tomara asiento en la silla en frente del tocador, repleto de maquillaje y perfumes por doquier. Se puso manos a la obra cuando Jasmine le pasó mi bolso, y sacó mis cosméticos.

No tardó demasiado. Cuando me concentré en el espejo, vi que mis ojos grises resaltaban con la sombra en mis párpados y el delineado, pero no tenían el brillo del que solían hablar quienes me rodeaban. Mis labios, con un labial aplicado a toques, junto con el rubor, le daban vida a la piel que últimamente lucía tan pálida. Jasmine quiso armar un poco más mis ondulaciones naturales, dejándolas caer sobre mis hombros.

Nicole y Hannah seguían indecisas. La primera no sabía qué pendientes colocarse, la segunda se miraba a cada rato en el espejo porque no sabía si dejarse el vestido rojo, ceñido al cuerpo y con un hombro al descubierto. Le dije que le quedaba perfecto, así que se lo dejó.

Me puse unos brazaletes dorados, a juego con la cadenita con un dije en forma de clave de sol que siempre usaba, antes de que Nicole nos avisara que Ty ya estaba esperándonos.

Hannah buscó las llaves del departamento, en la sala. Apagó las luces, abrió la puerta y esperamos el ascensor.

Lo primero que observé al salir del edificio fue la silueta alta, desgarbada y delgada de Tyler, iluminada por la luz blanca de los faroles de la entrada. Su cuerpo estaba recargado sobre el capó de su auto, mientras jugueteaba con las llaves, distraído.

Me agarré del barandal de las escaleras con una mano, y bajé los escalones. La brisa me erizó el vello de los brazos y la piel de mis piernas resintió de inmediato la ausencia de mis calzas o de mis jeans. El vestido podía ser largo, pero la tela no era muy gruesa.

Ty nos halagó por nuestros aspectos. La única que no le agradeció fue Hannah, aunque intentó ocultar un atisbo de sonrisa.

Tyler abrió las puertas del auto y esperó a que todas nos subiéramos, luego nos condujo a la fiesta de cumpleaños de Samantha. No me agradaba la idea, iba obligada por mis amigos.

Al menos el trayecto fue divertido, Tyler cantaba a todo pulmón las canciones que sonaban en el estéreo de su auto. Nicole le siguió la corriente, mientras Jasmine y yo reíamos. Hannah miraba por la ventanilla, con aire ausente.

Tyler estacionó frente a una casa enorme e impresionante de dos plantas y con un ridículo y exuberante número de habitaciones. Luces de colores parpadeaban en la entrada, la música resonaba a todo volumen, y una gran cantidad de jóvenes se encontraban parados, sentados por donde tenían lugar; otros fumaban, algunos sostenían vasos plásticos. También había algunas parejas acarameladas.

Trastabillé cuando intenté bajarme del carro. Me excusé mentalmente diciéndome que el piso de la entrada era rocoso, que mis zapatillas tenían plataforma y que el vestido era largo.

Otra razón para extrañar mis cómodas calzas y mis jeans.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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