A través de mí

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32|Fe

Por un segundo quise matarlo, luego creí entender por qué tuvo esa idea. Hice una mueca triste.

―Sólo por hoy tendrás el privilegio de no ser regañado por mí, Gallagher. ¿Es porque...?

Will asintió y emitió una profunda respiración, después tragó de manera dificultosa. Me pareció ver una ligera y breve expresión de dolor en su rostro.

―Podrá sonar estúpido o lo que sea, pero una parte de mí grita que es egoísta que salga a un bar con mis amigos mientras mi hermano está internado y mi familia preocupada por su estado de salud.

Centré mi atención en él, en tanto procesaba sus palabras. Fruncí los labios, contrariada.

―En primer lugar, Will, me dijiste que esto lo estabas haciendo porque Ethan te lo pidió, ¿lo recuerdas? ―procuré ser cautelosa. Vaciló, no quería reconocerlo―. , lo hiciste. En segundo lugar, hacer la vida de un joven normal, al menos por una noche, no te convierte en una persona egoísta. ¡Por Dios, Will! Eres un hermano magnífico, ¿es que no puedes verlo? ¡Sí, sé que eso ha sonado como un sermón y no pretendía hacerlo, pero, oye, no pienses en eso, por favor!

Aproveché para situar una mano en su antebrazo, en cuanto paró en un semáforo en rojo. Cuando se atrevió a encontrarse con mis ojos, luchó contra un centenar de emociones.

―Tal vez creas que no te comprendo, pero Will, lo hago. Casi pierdo a mi abuelo una vez, años después casi me pasa lo mismo con uno de mis tíos. Fue difícil para mí hacer mi vida normal, sabiendo que ellos estaban en el hospital. Fue horrible, pero tenía que hacerlo, y eso no me convirtió en una egoísta. Puedo decirte muchas cosas, aunque no sé qué con exactitud y créeme, odio cuando no puedo darle un discurso motivador a la gente.

Mi último comentario le causó gracia. Sonreí cuando ladeó un borde de su boca, tambaleante.

―El punto es, castaño terco ―continué―, que hacer una de las cosas que más te gusta no es malo. Quiero que seas sincero, en especial contigo. ¿Quieres dar esa presentación?

Aguardé su respuesta. Batalló con sus pensamientos y consigo mismo. Por fin me confirmó con la cabeza.

Le sonreí y le apreté ligeramente el antebrazo.

―Entonces, adelante ―lo alenté―. Puedo asegurarte que, a pesar de que tu familia no esté allí contigo, todos están más que orgullosos de ti, saben cuánto amas hacer música.

Will me ofreció una pequeña sonrisa ladeada. Me estiré en el asiento, tanto como me lo permitió el cinturón de seguridad, y le revolví el cabello.

―Te grabaré y le mostraremos el video a tu familia en cuanto visitemos a Ethan, ¿qué te parece? ―sugerí, tan entusiasta como pude.

Esta vez soltó una breve y baja risa, pero sincera. Puso en marcha el motor de nuevo.

―Eso sonó como si estuvieras hablándole a un niño, Blackwell.

―Es que a veces es como si estuviera hablando con uno, Gallagher. ―Me encogí de hombros.

Esbozó una sonrisa sarcástica y murmuró un «adorable como siempre», de la misma forma. Sonreí burlona y tiré de su mejilla. Se quejó y frunció el ceño.

―Esta noche quiero verte feliz haciendo eso que tanto amas. En serio, Will. Ethan estaría orgulloso de verte subido en ese escenario, hazlo por él.

Cerró los ojos por una fracción de segundo, y asintió despacio.

En los próximos diez minutos nos quedamos callados, concentrados en nuestros pensamientos; la música sonaba de fondo. Varias veces blanqueó los ojos, desesperado por cómo el conductor delante de nosotros se peleaba con otro de más allá. Se produjo el tráfico subiente como para que fuésemos a un ritmo lento.

―Tenía siete años, casi ocho, cuando mi abuelo sufrió un infarto ―murmuré, concentrada en mis manos colocadas en mi regazo―. Durante días, mi hermano y yo notamos que algo iba mal, pero nadie quería decirnos nada. Siempre tuve una...fuerte conexión con mi abuelo paterno. Podía sentirlo, Will, él no estaba bien. Así que un día que mi papá llegó muy tarde a casa, le exigí que me dijera qué pasaba.

Will detuvo el auto por segunda vez y buscó mis ojos lentamente. Me observó, sorprendido e interesado.

―Ahí fue cuando mi padre nos contó a mi hermano y a mí que nuestro abuelo tuvo un infarto ―proseguí, jugueteando con las pulseras en mi muñeca―. Estuvo cuarenta y cinco minutos muerto. No consiguieron reanimarlo. Los médicos les avisaron a mis tíos y a mi abuela, hasta les dieron el acta de defunción. Entonces él… simplemente se despertó. No sé cómo, pero lo hizo.

Ya que él quiso abrirse a mí, supuse que tenía que hacer lo mismo. Todo eso ocurrió de verdad.

―Lo mantuvieron hospitalizado unos cuántos días, para controlarlo. Fue una tortura continuar con mi vida, sin saber cómo estaba mi abuelo. Tenía miedo…de perderlo definitivamente.

El recuerdo dejó un grueso nudo en mi garganta y una mezcla de sentimientos a los que no les pude dar un nombre. Pero cada vez que lo recordaba, sentía un gran agradecimiento en lo más profundo de mi alma porque Dios no se lo llevó, y siempre fue un pilar fundamental en mi vida. Pese a todo, ahí estuvo, sosteniéndome cuando la marea me arrastraba.



Flor Giralda

Editado: 09.08.2019

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