A través del tiempo

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Prólogo III (LA MALDICIÓN)

Mencía ensilló su caballo, un hermoso animal color avellana que su padre le había regalado al cumplir los quince años. Realmente tenía miedo a los caballos y solo montaba en caso de necesidad. A nadie le gustaban mucho los caballos en la familia desde que su primo Fernán se había quedado ciego cuando un potro bravo lo tiró al suelo y lo pateó en la cabeza. Pero había momentos en los que era necesario enfrentarse a sus temores y salir a luchar por lo que estaba en juego. En este caso era su felicidad. Además, si no lograba dar con Francisco, poco importaba si el caballo la lanzaba lejos, la pateaba o incluso la mataba. Nada cambiaría el hecho de sentirse ya muerta por dentro.

Se había puesto ropa cómoda, lo más apropiada posible para el largo viaje que tenía por delante. Metió en las alforjas del animal algo de comida, y se llenó el morral de lo que creyó que necesitaría para su estancia fuera de casa. No le faltaron algunas velas, yesca y pedernal para encender un fuego, monedas para pedir comida y refugio en alguna posada del camino y el colgante que Francisco le había regalado justo después de declararse su amor sincero.

No tenía ni idea ni del camino que debía tomar para ir a Toledo ni de las jornadas de viaje que le tomaría alcanzar la ciudad castellana. Ya iría resolviendo todos los asuntos en función de la necesidad.

Tuvo que evitar a Ofelia, el ama, que pocas veces se separaba de ella, solo cuando estaban su padre o su tía delante, o tenía que pasar tiempo con su confesor, el padre Francisco, lo que suponía la excusa perfecta para verle.

Cuando partió, la lluvia ya había cesado, pero, a cambio, la temperatura había descendido aún más. Se reprochó no haberse hecho con más ropa de abrigo, pero se resistió a la tentación de volver a casa para ponerle remedio. Tuvo miedo de volver y perder el valor que había reunido para emprender una aventura tan peligrosa como aquella.

No podía permitirse fallar. No iba a dejar que la vida le quitara la pequeña familia que siempre soñó tener por un acto de cobardía.

No se quejaba de su propia familia, pese a que siempre anheló la compañía de una madre a la que nunca conoció y que murió para que ella llegara a este mundo. Se sentía culpable de haberla matado y, lo que era peor, sentía que su padre la culpaba cada vez que su rostro serio y distante clavaba su mirada en ella durante más de dos segundos. Cosa que, por suerte o por desgracia, solía hacer muy poco. Con una madre muerta, un padre ausente, una tía con más hijos de los que hacerse cargo ­-incluido uno que llevaba ciego desde los ocho años- y nadie más a quien recurrir, la vida de Mencía había sido ciertamente solitaria y gris. Tampoco tenía amigas, porque todas las jóvenes con las que la familia se codeaba estaban ocupadas en cazar un buen marido.

Durante toda su vida se había sentido sola, y había aprendido a querer al ama Ofelia como la persona más cercana a ella junto a Francisco. Y aunque Ofelia la quería y la guardaba, no podía contarle que amaba en secreto a un sacerdote, ni que pronto tendría un hijo de él.

La noche se estaba cerrando sin compasión sobre ella. La agobiaba, intensificaba sus temores y sus reservas, hacía que se sintiera menos valiente y menos segura. Lo primero era avanzar rápido y luego hallar un lugar para pasar la noche, cuando hubiera puesto algo de distancia con la ciudad. Si salían a buscarla, que les resultara difícil dar con ella. Sabía que, en los alrededores de León, en sus montes y sus bosques, proliferaban las casas de guardas y cazadores, algún granjero quizá, pero no había muchas cantinas ni mucha variedad a la hora de elegir hospedaje.

Una hora después, la búsqueda de algún signo de vida comenzó a acuciarla y sintió que no estaba preparada para enfrentarse a esa realidad. La realidad en la que ella debía pasar al raso su primera noche de camino, con ese frío cortante e intenso que se le colaba por debajo de las faldas. Justo cuando más se lamentaba de su mala suerte, divisó una luz entre los árboles, unos trescientos metros más adelante.

Se dirigió allí ansiosa por cobijarse bajo un techo y dejar el frío fuera. Aumentó la velocidad de su cabalgadura para alcanzar su objetivo cuanto antes, pero no se encontró con ninguna casa.

Aquella luz en mitad del bosque no era más que el improvisado campamento de cuatro individuos bastante sucios, y de aspecto rudo y harapiento. Estaban reunidos alrededor de una hoguera con la que conjuraban el frío de la noche, y reían estruendosamente lo que parecían ser las groserías que se les iban ocurriendo.

Mencía intentó corregir el error de haberse acercado a ese campamento en el que, claramente, no iba a encontrarse con nada bueno. Se dio cuenta, demasiado tarde, que haber emprendido ese viaje sola y en la más absoluta oscuridad había sido una idea terrible, y que las consecuencias si esos hombres la descubrían, iban a ser fatales. Se dio media vuelta con cautela y se alejó unos metros de allí, pero ya era demasiado tarde. Uno de ellos la había visto y tenía clavada en ella unos ojos maliciosos y oscuros que la atravesaban hasta casi alcanzar los miedos más profundos que albergaba en su interior.



Joana Arteaga

Editado: 29.04.2018

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