A través de mí

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Prólogo

Londres, Inglaterra. 15 de octubre de 1995.

A pesar del cansancio, el hombre levantó la cabeza a duras penas y observó cómo el reloj de la sala de espera marcaba una nueva hora.

Michael Blackwell batalló con la pesadez en sus párpados y miró alrededor. Los cuatro adultos que lo acompañaban parpadeaban en un débil intento de no quedarse dormidos. Estaban agotados, pero la incertidumbre no les permitía tomarse un descanso.

Apesadumbrado, soltó un suspiro y les echó otro vistazo rápido a las manecillas mientras sostenía, con dedos trémulos, un vaso lleno de café. No pudo darle sorbo alguno pues el nerviosismo le había cerrado el estómago y estaba comenzando a hacer estragos en él.

A pesar de sus súplicas internas, el tiempo seguía transcurriendo con una lentitud anormal para él. Eso empezaba a crisparle aún más los nervios.

La estancia se había quedado en un silencio sepulcral, tenso y tirante a partir de la ausencia de noticias.

Michael se removió en la silla, ansioso e inquieto como nunca antes lo estuvo y, al final, se levantó como un resorte, aunque las piernas le temblaban.

El llanto de los recién nacidos lo detuvo de armar un escándalo, y se giró sobre sus talones. Miró tanto a sus padres como a sus suegros; la esperanza y la ilusión de todos se habían renovado. Sin embargo, la alegría abandonó los corazones de los presentes con el pasar de los minutos porque, ni los doctores ni las enfermeras, se acercó a la familia que esperaba impaciente la llegada de su nueva integrante.

Michael se pasó la mano por los cabellos, cerró los ojos con fuerza y evitó mascullar una maldición, seguida de un grito de frustración. ¿Por qué nadie les decía nada?

Sintió que alguien le ponía una mano en el hombro. Apenas abrió los párpados.

—Hijo, sólo queda esperar —le dijo su madre, tan tranquila como pudo.

Su rostro se descompuso en un gesto de dolor y miedo, e intentó apartar los miles de escenarios fatalistas que se le vinieron a la mente. No pudo hacer nada por el nudo en su estómago, provocado por la desesperación y la ansiedad.

Respiró profundo y lento para calmarse. Le costó encontrar su propia voz.

—¿Por qué se demoran tanto? —las palabras se le atascaron en la garganta mientras depositaba los ojos en el reloj, de nuevo. Ya eran las dos y veinte de la madrugada y todavía no sabían nada de la mamá de la niña que intentaba nacer.

Rose, la madre de Michael, frunció los labios. Lo acompañó hasta la fila de sillas y lo obligó a tomar asiento. Le señaló, determinante, el café que, a ese punto, estaba frío. El hombre miró el vaso entre sus manos con pocas ganas, pero no tardó en probar de su contenido.

Se lo terminó casi de un solo sorbo y, en el proceso, atisbó cómo sus padres compartían una mirada rápida y preocupada, aunque no dijeron nada. Ninguno, en realidad.

En la fila de sillas del frente, vio cómo su suegro iba de un lado para el otro de la sala, nervioso; su andar era rápido, su respiración acelerada y su ceño estaba más fruncido que de costumbre. Su suegra, por otro lado, sostenía un rosario entre sus manos, y rezaba con fervor. Indudablemente, los cinco eran un manojo de nervios.

—Con Christopher no sucedió esto —pensó Michael en voz alta.

Benjamin Blackwell pasó su peso de un pie al otro, al percibir el temor en las palabras de su hijo. Aunque él también comenzaba a ser presa de la preocupación, se obligó a asegurarle que esto solía llevar su tiempo.

Michael tiró de sus cabellos y volteó a verlo con el ceño fruncido, exasperado. Ni él se lo creía.

Tragó saliva y apretó el vaso vacío entre sus manos, antes de decir entre dientes:

—Dieciocho horas de trabajo de parto no es normal, papá.

Gracias a la insistencia de su madre, el torturado hombre cerró los ojos, una eternidad después. No obstante, permaneció despierto pues su mente no dejaba de pensar en su esposa y en la nena que venía en camino.

El repiqueteo de unos tacones contra las impolutas baldosas del suelo lo hizo abrir los párpados de sopetón, alerta. Parpadeó varias veces para acostumbrarse a las luces cegadoras de la sala de espera y miró a la mujer que se aproximaba hacia ellos.

Los cinco la rodearon, expectantes. El silencio en la habitación era tal que cualquiera podría haber escuchado el latir desbocado de sus corazones bajo sus costillas.

El rostro de Michael se tornó ceniciento cuando detalló el semblante de la doctora y el aire se le escapó de los pulmones. Algo le decía que las cosas no habían salido bien. La respiración le empezó a fallar.



Flor Giralda

Editado: 18.01.2019

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