Acendrado

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Capítulo I: “El contrato”

—¿Un niño?

—¿A quién le dices “niño”, monstruo?

El demonio abrió los ojos con sorpresa. Esa criatura le había respondido de una forma bastante grosera para ser un humano tan diminuto.

—Tengo diecisiete años, tarado. — dijo éste. — Deberías saberlo siendo una criatura divina.

—¿Divina? — rio el demonio sin gracia. — ¡Ja! Yo soy todo lo contrario, bonito. Infernal, querrás decir.

—No me importa lo que seas. — dijo cruzándose de brazos el menor. — Te invoqué para que hagas lo que yo necesito.

—Por supuesto. — dijo el demonio convirtiéndose en su forma humana. Frente al humano se apareció un chico de cabello grisáceo oscuro, con ojos azules zafiro y muy alto. Vestía un traje de frac negro con corbata azul marino y zapatos de vestir marrones. — Primero, por poco lo olvido, ¿Cuál es tu nombre?

—Me llamo Paris. — dijo con su expresión vacía como si no estuviera hablando con una cosa tan extraordinaria como un demonio. — Paris Collingwood, heredero de la familia Collingwood.

—Oh, pero si se trata de un noble. Aunque no estás en un lugar muy noble que digamos. — dijo con burla el demonio.

—Acabo de matar a mi potencial violador y lo ofrecí como sacrificio a un demonio antes de que él hiciera lo mismo conmigo. — replicó naturalmente. — Si tuvieras lo que se dice empatía, te pediría que te enteres de mi situación, pero entiendo que no tienes la capacidad ni la materia gris.

—Eres bastante cruel, ¿lo sabías?

—Me lo han dicho, sí.

—Bien, porque eso me agrada. Dime, Paris. ¿Qué es lo que te impulsó a llamarme? O acaso… ¿Solo fue un accidente por querer escapar de esta basura humana?

Paris se vio obligado a retroceder cuando el demonio, mientras reía, pateó el cadáver del hombre desconocido que lo había secuestrado para que la sangre no le salpicara. Ya de por sí tenía sangre en sus manos por haber enterrado el cuchillo en su vientre.

—Bueno… Si quieres ponerlo así, sí, fue un accidente. Al principio lo fue. — el demonio se sentó en un sofá deteriorado que estaba por ahí escuchando atentamente las palabras de Paris. — Según dice este maldito libro…— señaló una libreta llena de anotaciones y garabatos bizarros. — Se puede ofrecer un alma al diablo con la sangre de una víctima virgen previamente violada, lo que él quería hacerme. O un sacrificio con todas las letras, o sea, matando a alguien y ofrecerlo, como yo hice. Después de matarlo solo aproveché su objetivo que de forma estúpida me contó y cuando vi ese libro, me dije: “No tengo nada que perder”. Si eras real, cumplirías un deseo que he tenido desde hace un año. Si no lo eras, me sentiría un crédulo por siquiera intentarlo.

—Vaya... — suspiró el demonio con una sonrisa. — Eso es tan poco empático y carece de tanta ética y moral que podría decir que fue una buena decisión. Como sea, ¿Cuál es ese deseo que mencionaste?

—Quiero matar a mi padre. — dijo. — Él mató a mi madre y hermana hace un año y escapó. Nadie pudo encontrarlo.

—Pan comido. — chasqueó los dedos. — ¿Quieres que te diga dónde está? ¿O por qué lo hizo?

—Ninguna de las dos. — respondió, dejando confundido, al contrario. — Necesito que me ayudes a encontrarlo para que yo mismo lo ejecute. Tú solo eres mi armadura y espada, ¿Sí?

El demonio dio una carcajada que no le movió ni un pelo a Paris, quien solo frunció más el ceño. El demonio se paró, acerándose a su futuro contratista. Se agachó a su altura de no menos de metro cincuenta y seis.

—Por supuesto, señorito. — musitó volviendo sus ojos azules a unos carmines luminosos. — ¿Hacemos el contrato entonces?

Sin darle tiempo para responder, el demonio hizo aparecer una clase de bruma que se convirtió en un pergamino negro sin nada escrito más que un renglón al final de color dorado brillante.

—Verás que está en blanco pues debes poner los requisitos tanto como yo. — le explicó sentándose en el sofá de antes. El pergamino seguía levitando frente a Paris. — Te toca a ti.

Hizo aparecer una pluma negra que comenzó a escribir unos símbolos inentendibles con tinta dorada.

—Pero ya dije mi deseo. — dijo sin entender el fin del contrato escrito.

—¿Y qué necesitas de mí para que llevemos a cabo ese deseo? — preguntó retóricamente. — Tú solo di lo que debemos dejar en claro para que luego no haya confusiones.

—Buen punto. — se encogió Paris de hombros. — Primero, no me mentirás nunca. — el demonio asintió haciendo un ademán, provocando que el color de la tinta cambiara a una clase de morado brillante. — Segundo, no tienes permitido tocarme de una forma sexual.

—¡Oh! El estereotipo de cualquier demonio. — fingió tristeza. — No te preocupes, no soy capaz de sentir placer sexual. No lo intentaría. ¿Quisieras cambiarlo a algo más?



Milagros Imperiale

Editado: 26.07.2019

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