Adán: El último hombre

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10: Descubrimientos

Teresa se había encerrado en su habitación. Sentada en su cama, revisaba con molestia sus redes sociales, viendo cómo todas publicaban sus éxitos y otras las halagaban, cuando bien sabía que la gran mayoría de eso era falso. Ella por su parte solo había publicado su ingreso a M.P y nada más después, sin recibir tanto. Ahora para colmo su amiga le robaba a su única compañía, lo que le emocionaba al despertar y le hacía querer volver a casa pronto, lo que le distraía de lo que le molestaba.

Cerró todo y sacó una lámina para dibujar. La puerta se abrió dejando pasar al hombre que estaba empezando a hacerla confundirse de diversas y nuevas formas.

—Tus cosas están abajo —murmuró retirando la vista y abrazando sus rodillas.

—No voy a irme. ¿Y ahora por qué estás triste?

Eso la tomó por sorpresa.

—Ah, nada. ¿Y Kariba?

—Se fue. ¿Vino solo a querer llevarme?

—En parte, le causas curiosidad y quería vert... Eh, ver algunas cosas.

—Algunas cosas, uhm... —Cruzó los brazos—. ¿Y...?

—No, no tengo curiosidad —habló rápido.

—Iba a preguntar nuevamente por qué estás triste —insistió y terminó sonriendo de lado—. Pero supongo que gracias por la respuesta.

Ella tensó los labios, jugueteó con sus dedos y cerró los ojos con fuerza.

—¡Bueno, sí me causas curiosidad! —resopló—. Ya lo dije.

Él soltó su grave y varonil risa, cosa que le causó hormigueos en el estómago a ella. Se abrazó el vientre y se aclaró la garganta.

—¿Qué quisieras saber? —cuestionó acercándose.

Una cercanía que ella sintió peligrosa hasta cierto punto, no porque tuviera miedo, su mirada amenazaba de otra forma, una amenaza tentadora.

—¿No quieres que te diga por qué estoy triste? Es que siempre me he sentido fracasada, nunca sobresalí, soy del montón por no ser atractiva, me criticaban hasta por cómo me vestía, toda sencilla, sin altos tacones ni tanto maquillaje, por eso decían que no tenía novias, solo una, y me veían mal... —contó apresurada siendo víctima de los nervios.

Adrián parpadeó sorprendido.

—Wow, ¿novias? Hum, sí —meditó en voz baja—, es lógico, al no haber hombres...

—¿Qué quieres decir?

—Nada, solo pienso. Así que has tenido una novia.

—Algo así.

—¿Y cómo son sus relaciones?

—¿Qué pregunta es esa? Yo imagino que como toda relación normal desde tiempos inmemoriales. —Lo vio sonreír y otro bicho de la curiosidad la picó—. ¿Cómo era una relación hombre con mujer?

—No te diré hasta que me digas qué quieres saber de mí.

—Uch. —Se puso de pie—. No sé cómo es tu cuerpo, y eso me intriga.

—Pero si me has visto antes...

—Quiero ver a detalle —insistió plantándose ahí, aunque con el rubor molestando apenas en sus mejillas, no quería verse intimidada.

Él arqueó una de sus oscuras cejas, volvió a sonreír de lado.

—Bien.

Tomó el borde inferior de la camiseta y la levantó disparando el pulso de la pelinegra que abrió bien los ojos, llevando la uña de su dedo índice a sus dientes. Ayayay. Se sacó la prenda y la dejó caer a su colchón mirando a la chica que estaba más ruborizada que hacía un rato.

—¿Gustas tocar? —preguntó bajo, acercándose.

Ella asintió logrando casi palpar su calor corporal y ser envuelta por su aroma masculino, pero no se le movió ni un dedo. Adrián sonrió, un gesto que la petrificó más. ¿Cómo rayos una misma sonrisa que antes le parecía solo atractiva, podía luego calentarla, literalmente, al cambiar las circunstancias y la mirada de él? Tomó su mano y la llevó al centro de su pecho, bajó entre sus pectorales y la hizo recorrer despacio a su abdomen.

Él había llegado con su sonrisa, sus hoyuelos del mal en las mejillas y su cuerpo caliente como el inframundo a arrastrarla a la perdición, estaba completamente segura de eso.

Cuando fue consciente, sus manos estaban por sus estrechas caderas, cada músculo se dejaba notar de forma suave en ese abdomen. Había vello, así como en sus antebrazos, y al parecer tenía más por descubrir según lo indicaba una línea que nacía después de su plano ombligo en el vientre bajo que se ensanchaba apenas y se perdía detrás del pantalón. Su vista subió, centrándose en su cuello también ancho, la cosa atorada ahí, que ya le había dicho que era un cartílago, bajó a sus clavículas que llevaban a cada lado hasta sus hombros fuertes.

Ver a la pelinegra curiosear en su cuerpo le produjo esa cálida sensación. Nuevamente le miraba como si nunca hubiera visto a un hombre, y ahora sabía que literalmente era así.



Mhavel N.

#25 at Ciencia ficción
#629 at Romance

Text includes: distopia, feminismo, matriarcado

Edited: 19.01.2019

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