Aeferdana

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1. La Hermandad de los Guardianes

El Mar de Sianusa era peligroso incluso para los mejores navegantes. Las tormentas en alta mar nunca cesaban y la tranquilidad solo llegaba cuando el barco atracaba en el Puerto de la Aurora. Una joven de diecisiete años permanecía quieta en la cubierta principal del barco, con la capucha de su capa azul cobalto cubriéndole el rostro. Ninguno de los tripulantes del navío se atrevía a mirarla por miedo a que les hechizara. Corría el rumor de que las mujeres que no mostraban su rostro estaban al servicio de un ente maligno que las dominaba, y por eso la consideraban como una bruja que usaba sus malas artes para embrujar a cualquier hombre que osara mirarla. Lo que ninguno de ellos sabía era que Aeferdana no era ninguna bruja, sino una simple aprendiz de la Hermandad de los Guardianes. Se acercó a uno de los extremos del barco para poder observar con aparente calma el bravío mar que azotaba ambos costados del barco.

—Parece mentira que el mar esté así con el buen tiempo que hace, ¿verdad?

La chica se giró y observó, en primer lugar, unos ojos azules tan hermosos como el mar que mecía el barco en ese momento.

—Sí, ¿pero sabes qué? Es lo que más me gusta de este mar, que es salvaje, rebelde, y no se deja doblegar por nada ni nadie.

El chico la miró con desconcierto, pensando que quizá lo dijera por ella. Apenas la conocía a pesar de haber vivido, durante todos esos años, en la misma región. Soram no era tan grande como para que no se hubieran visto hasta ese momento, pero así había sido.

—Vaya, eso es increíble... Digo, que pienses así. ¿Se puede saber por qué una chica tan guapa como tú piensa en ser rebelde y salvaje como el Mar de Sianusa?

Aeferdana se sonrojó tanto que giró la cabeza para evitar el contacto visual con el chico. Pero él, sin ningún tipo de vergüenza, tomó su barbilla e hizo que girara su rostro de nuevo hacia el suyo. Ella solo se mordió el labio, un poco avergonzada. Al fin y al cabo, él había conseguido averiguar lo que estaba pensando. Pero tampoco había sido tan difícil teniendo en cuenta que ella se había encargado de desvelar gran parte de su secreto peor guardado.

—¿Qué te importa, Sindar de Soram? —preguntó, en respuesta a la formulada por el chico. El aludido se sorprendió al darse cuenta de que ella le conocía. Pero ¿de qué?— No me mires así... Te conozco desde siempre, aunque nunca hayamos hablado ni te hayas percatado de mi presencia. Lo que nunca imaginé era que, en mi camino hacia Lantaro, te atrevieras a dirigirme la palabra.

—Entonces... ¿Me conoces? ¿Y por qué nunca te había visto por Soram?

Ella solo se encogió de hombros, aunque antes de dejar que continuara hablando, se atrevió a buscar una buena respuesta a sus preguntas.

—Aunque miraras a conciencia no me verías.

Sindar quedó prendado ante tan misteriosas palabras. De repente, no vio a aquella jovencita de dieciséis años que parecía admirar la bravura del mar, sino a toda una mujer a la que había comenzado a admirar. Aeferdana, por su parte, no pudo apartar su mirada clara de la del chico. Sentía curiosidad por él, por sus motivos para viajar fuera de Soram. No imaginaba a Sindar como un futuro miembro honorario de la Hermandad de los Guardianes. Ni siquiera como uno de sus aprendices.

—¿Y cuál es tu historia? —preguntó ella, muy interesada en saber un poco más de aquel chico al que siempre había contemplado en la distancia.

—Si de verdad te interesa... —Ella asintió, con entusiasmo— Está bien, te lo contaré. —Hizo una pausa dramática en la que pensó cómo comenzar y después continuó—. Verás, procedo de un antiguo linaje de caballeros que han pertenecido, a su vez, a la Hermandad de los Guardianes. Quizá suene extraño, pero es así —aclaró él tras ver la expresión de sorpresa en el rostro de la joven—. Hace una semana llegó una carta procedente de Lantaro en la que me convocaban para presentarme ante los tres Maestres de la Hermandad. Y por eso estoy aquí, hablando contigo... Supongo que a eso te referías con tu pregunta, ¿no?

Aeferdana asintió con una sonrisa. Estaba fascinada por esa historia, tan corta, pero a la vez tan interesante. Un caballero perteneciente a la Hermandad, ¡nunca lo hubiera imaginado!

—Nunca había oído que hubiera caballeros en la Hermandad... ¡Menudo descubrimiento!

El chico la mandó callar colocando un dedo sobre sus labios.

—Es que es algo que los Maestres llevan en secreto. A nosotros nos entrenan por separado. No sé si debí contarte nada...

Aeferdana retiró el dedo de Sindar sin dejar de mirarle. Por suerte, ninguno de los tripulantes había prestado atención a la conversación de los aprendices, realmente no les interesaba nada que tuviera que ver con los que viajaban. Mucho menos cuando entre ellos se encontraba una posible bruja. Él entrelazó sus dedos con los de la chica sin dejar en ningún momento de mirarla. Por algún extraño motivo, se sentían bien el uno con el otro. Aunque apenas se conociesen.



R. Crespo

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En el texto hay: romance, hechiceros, caballeros y espadas

Editado: 15.09.2018

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