Aeferdana

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2. El secreto de Aeferdana

—¿Qué? —Fue lo único que salió de los labios de la chica.

—Sé que parece increíble, pero es la verdad. ¿O es que acaso no sabes de qué linaje provienes...? —no hizo falta que la chica hablara, su mirada lo decía todo— Oh, no lo sabes... Debí imaginarlo —aquella última frase pareció decirla más para sí mismo que para la atónita aprendiz que permanecía de pie frente a él— Conocerás al menos a la Maga Azul, ¿verdad?

Aeferdana asintió. ¡Claro que la conocía! Era una de las tantas leyendas de Soradia, la más arraigada y una de las más solicitadas en las festividades de Soram. Shana, más conocida como la Maga Azul, había sido la creadora de aquel mundo en el que había tenido la oportunidad de nacer. Proveniente de la Tierra, había decidido crear una dimensión aparte para que todos los portadores de magia pudieran vivir tranquilos sin la persecución constante de los que defendían la ciencia y la religión. Soradia había sido creada para que todos los hechiceros vivieran en paz.

—Claro que la conozco, señor, es la gran Maga que creó Soradia, la que promovió la fundación de la Hermandad de los Guardianes. La admiro desde que tengo uso de razón... —podía verse en sus ojos una chispa de emoción.

—Tú serás la encargada de buscar la última de sus runas. No será fácil la búsqueda, ni mucho menos el camino que te conduzca a ella, pero solo tú tendrás la capacidad de sentirla. La magia fluye por sí sola entre los hechiceros y las runas, así que no tendrás problemas a la hora de hallarla.

—¿Por qué? ¿Por qué soy la única que puede encontrarla habiendo tantos hechiceros aquí con mucha más experiencia? —preguntó Aeferdana, confusa.

—El hecho de que seas la única capaz de conseguir el objetivo de esta misión tendrás que descubrirlo durante el viaje, me temo que no puedo ser yo quien te revele esa información tan importante.

Ella no dijo nada, solo se limitó a mirar a Bardo sin entender del todo lo que tendría que hacer. Tampoco estaba segura de poder llevar a cabo la misión como correspondía, ¡sólo era una aprendiz!

—Te acompañarán una hechicera experta y un aprendiz de caballero, por lo que no estarás sola. Y si por cualquier motivo no consiguieras averiguar lo que te une a esas runas, yo te lo comunicaré a tu regreso. Consigas o no la runa —aseguró Bardo, mostrando una sonrisa—. Espérame aquí un momento —desapareció por una de las puertas de la sala para aparecer unos minutos más tarde con un pergamino amarillento que entregó a Aeferdana—. Este mapa te indicará en todo momento tanto el paradero de la runa sea trasladada o no de su ubicación, como el vuestro. Sabrás identificar su posición en el mapa —hizo una pausa antes de añadir—. Y ahora, debes marcharte a descansar, lo necesitarás.

La joven hechicera salió de la sala de los Maestres. Fuera, la esperaba Thyria con cara de desagrado, como si le hubieran dado una noticia que no esperaba oír. La acompañó en silencio hacia su habitación y se marchó sin despedirse.

—Gracias por derrochar tanta simpatía —dijo Aeferdana, más para sí misma que para alguien en concreto.

Sin embargo, otra voz la sorprendió.

—No se lo tengas en cuenta, lo hace con todos los nuevos —Era la segunda persona en ese día que lo afirmaba—. Soy Feeris, de Merdorian.

Ambas estrecharon las manos e intercambiaron sonrisas, pero no pudieron hablar más porque Feeris tenía que asistir a clases de Hechizos Avanzados. En cuanto Aeferdana quedó a solas en su nueva habitación se dedicó a observar lo que la rodeaba. Dos espejos de cuerpo entero, uno a cada lado de la habitación, fue lo que más llamó su atención aparte de las camas. Intuyó que la que estaba mejor hecha sería la suya, además, la mesita que había al lado de la otra tenía los objetos personales de Feeris. Se sentó en su cama, al menos esa noche, y terminó de escudriñar los demás objetos que la rodeaban. Al contrario que la cantidad de espejos solo había un gran armario donde guardar la ropa; por suerte, no tendría que preocuparse de guardar la suya hasta que volviera.

 

 

 

A la mañana siguiente, Feeris agitó las sábanas de Aeferdana para que despertara.

—Llaman a la puerta.

Aeferdana suspiró.

—¿Y no podías abrir la puerta? ¿Tenías que despertarme?

Feeris se encogió de hombros en respuesta y se sentó en su cama a la espera. La razón por la que no había abierto la puerta se encontraba justo detrás de ella.

—Thyria, ¿qué haces aquí? —preguntó extrañada Aeferdana, después se dio cuenta de que Sindar la acompañaba y se sintió aún más confundida— ¿Y tú...?



R. Crespo

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En el texto hay: romance, hechiceros, caballeros y espadas

Editado: 15.09.2018

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