Aeferdana

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3. Un peligro real

Esa noche, Thyria se encontraba haciendo guardia mientras los otros dos dormían en el improvisado campamento. Habían acampado lejos de las cuevas de los bandidos, pero ella sabía que toda precaución era poca para pasar desapercibidos. Aunque dudaba que no les hubieran descubierto a esas alturas teniendo en cuenta el encontronazo con Edo y Karan, y que eran bastantes como para que ninguno los hubiera visto.

Definitivamente, se estaban guardando un as bajo la manga, de eso estaba completamente segura.

Volvió a mirar hacia el campamento preocupada por sus compañeros. A pesar de toda su indiferencia hacia ellos, no tenían la culpa de ser convocados por los Grandes Maestres para formar parte de la Hermandad. Es más, ella misma comprendía la importancia de que hubieran tantos hermanos como fuera posible para defender Soradia, así como la Tierra. Aunque nunca conoció a ningún hermano terrícola. Se preguntó por qué ninguno cruzaba el portal si tenían la capacidad suficiente como para, como mínimo, invocarlo.

El crujir de una rama la devolvió a la realidad. Alerta, miró hacia todos lados y se aseguró de que la mochila improvisada que portaba aún siguiera en su espalda. Por nada en el mundo podría permitirse perder el grimorio de la Hermandad. Aunque no era el único, era bastante importante conservarlo.  Y aunque sin el poder de las runas la magia no fluía, si caía en las manos equivocadas podría ser muy peligroso para todos.

No pudo evitar preocuparse más.

Se levantó y se acercó hacia el campamento para despertar a Aeferdana y a Sindar. Tres podrían protegerse mejor que uno solo. Con cuidado y sin levantar mucho la voz los llamó, primero a una y luego al otro.

—¿Pasa algo, Thyria? —preguntó Aeferdana, con el pelo revuelto debido a la postura en la que había dormido.

Le dolían los huesos, pero estaba dispuesta a continuar con la guardia si era necesario. Sin embargo, al darse cuenta de que Sindar también estaba despierto, supo que no se trataba del cambio de guardia.

—He oído cosas, creo que nos han rodeado, pero no podía asegurarlo. He preferido prevenir... —dijo en voz baja para que solo ellos pudieran escucharla.

Aeferdana observó a Sindar, que se frotaba los ojos en su intento por despejarse. Cuando él le devolvió la mirada, ella la apartó de manera brusca. Para Thyria no pasó desapercibido ese gesto de ambos, pero entendía que aquel no era ni el momento ni el lugar para aclarar las cosas entre ellos dos.

—Manteneos alerta —añadió al final, antes de levantarse y volver a su puesto de guardia.

Sin embargo, por el camino y mientras Aeferdana y Sindar se preparaban para montar la guardia en el campamento, fue secuestrada sin que ninguno de los dos pudiera verlo. La oscuridad no les permitía ver más allá del campamento, aunque el pequeño grito que pudo emitir sí que pudieron oírlo. Aeferdana tropezó con algo cuando se disponía a salir corriendo en la dirección en la que ella se había marchado. Cuando se levantó y comprobó de qué se trataba, lo agarró con mayor fuerza y miró a Sindar.

—No podemos hacer ruido o tendremos la misma suerte —susurró, intentando que solo él la oyera.

—¿Y qué sugieres que hagamos? —preguntó él con el mismo tono de voz.

Aunque ambos suponían que serían los siguientes. Por eso, guardó el grimorio que Thyria se había dejado en el campamento entre su vestido y su piel y se ató la cuerda del vestido con fuerza para que no escapara. El libro era de grandes proporciones, pero no supuso un problema para ella esconderlo; el vestido le quedaba bastante grande como para no levantar sospechas.

Cuanto le gustaría poder hacer magia, pero sin su runa no era capaz. No podría siquiera hacer daño al enemigo si se lo propusiera. Empezó a sentirse como una inútil. Sin Thyria, quien poesía su propia runa, no podría hacer ningún tipo de magia.

Sindar pareció leer sus pensamientos, pues se acercó a ella y la abrazó con ternura. Permanecieron así unos minutos más hasta que se percataron de que nadie se había acercado hasta ellos. Ni uno solo de los bandidos que podrían encontrarse a su alrededor se había dignado a aparecer para llevárselos ante el jefe.

No sabían si alegrarse o temer por algo peor.

 

 

 

Thyria fue conducida, aturdida, hacia el conjunto de cuevas que conformaban el hogar de los bandidos. Sus manos se encontraban a su espalda, de forma que no podía zafarse de un amarre invisible que las mantenía unidas. Respecto a sus ojos, no podía ver nada debido a un trozo de tela que los cubría. Oyó la respiración pesada del que suponía que la llevaba en volandas, aunque bajo su cuerpo no hallara algo que delatara la presencia de algún cuerpo que la estuviera cargando.

No le quedaba más que una opción: la magia. ¿Pero cómo era posible? Los bandidos eran humanos que no controlaban la magia, y además, sin la runa adecuada era imposible que fluyera de esa forma. Thyria frunció los labios, no entendía nada de lo que estaba ocurriendo.



R. Crespo

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En el texto hay: romance, hechiceros, caballeros y espadas

Editado: 15.09.2018

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