Aeferdana

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4. La runa de la esperanza

Lo primero que Aeferdana pudo ver con sus propios ojos fue el enorme claro lleno de cuevas. Se estaban aproximando a una figura oscura con una túnica que ocultaba gran parte de su cuerpo. El sombrero de copa que tenía sobre la cabeza, además, le confería un aspecto pintoresco. Se encontraba suspendida en el aire, unos centímetros a la izquierda, una figura que también estaba atada, aunque daba la sensación de que más que atada, se hallaba petrificada.

Aeferdana dejó escapar un grito de horror lo suficientemente alto como para que la figura del sombrero de copa se girara hacia ellos. Estupendo, fue lo que hubiera pasado por su mente de haber podido pensar algo coherente.

—Habéis tardado demasiado —siseó Johan, malhumorado. Hasta ese momento permaneció de perfil a ellos—. Traedlos ante mi presencia.

Los dos aprendices fueron conducidos ante Johan, quien, impaciente, esperaba aquel momento desde que supo de la existencia de Aeferdana y su familia. Y a medida que se iban acercando, ambos se cercioraron de que Thyria se encontraba petrificada por algún hechizo poderoso. Aunque Sindar no entendía mucho sobre ellos.

—Aeferdana Silverlock, al fin nos encontramos cara a cara —obvió la presencia de Sindar, solo le interesaba conversar con la que, según él, no era más que otro problema del que deshacerse lo antes posible.

—¿Cómo...?

—Hay muchas cosas que desconoces de tus raíces —la interrumpió. Buscó sus ojos y empezó a avanzar hacia ella lentamente, hablando también de la misma forma—. Tu magia, por ejemplo. Estoy seguro de que no la dominas del todo bien... —hizo una pequeña pausa— ¡Pero qué digo! Si ni siquiera eres capaz de hacer magia sin necesidad de runas. ¿Y qué decir de tu ascendencia? ¿Conoces a la fundadora de tu clan? Apuesto lo que quieras a que no.

Aeferdana no supo qué responder. ¿Cómo sabía todo eso sobre ella?

—Sé muchas más cosas de las que podrías creer, como que has viajado desde Soram hasta Lantaro para entrar en la Hermandad de esa escoria que se hacen llamar guardianes, o que no eres la única de tu familia que va a pertenecer, pertenece o ha pertenecido a ella. Sé también que eres más poderosa de lo que crees y, por eso, podrías unirte a mí y dejar de lado a estos inútiles que no aportarán nada a tu aprendizaje. Piénsalo, Aeferdana, ¿qué podrías perder?

«¿Qué podría perder? —repitió en su cabeza— Muchas cosas. Mi bondad, por ejemplo. Supongo que mi corazón también, de no ser así, no podría ser como él. Y no volvería a ver a Sindar, que quizá sea de lo malo lo peor. ¿Y todavía es capaz de preguntarme qué podría perder? ¿El, que tanto presume de saberlo todo?». Su mirada se clavó en la del hechicero. A pesar de la oscuridad, que empezaba a cesar debido a la inminente llegada del alba, podía distinguir las negrura de sus ojos.

—¿Qué te hace pensar que voy a pensármelo siquiera?

Aquello le costaría caro, pero estaba dispuesta a correr cualquier riesgo. Antes moriría que dejar de ser quien siempre había sido. Aunque solo hubiera podido vivir dieciséis años de lo que ella creía que sería una larga vida.

—¿Me estás retando, niña estúpida?

—Si prefieres llamarlo así, sí —respondió, sin desviar en ningún momento sus ojos de los del hechicero.

La luz del amanecer empezó a bañar las montañas y a dotarlas de ese color marrón y verde que las caracterizaba. Fue entonces cuando Aeferdana pudo ver el rostro de Johan. Su pelo rizado se escondía bajo el sombrero de copa, mientras que sus ojos verdes destacaban sobre la palidez de su rostro y sus labios perfectamente delineados.

«Debí imaginarlo —pensó evitando mostrar una mueca—, un ser malvado que no es feo».

El hechicero alzó una ceja mientras observaba los ojos claros de la chica de dieciséis años. Entrecerró los suyos, estudiándola. Sin duda, estaba preparando algún tipo de golpe maestro en su contra.

—Sabes quién soy, ¿verdad? Aunque no eres capaz de relacionarme con un hecho en concreto... Y me sorprende —Salvó la distancia que los separaba y posó su mano sobre la barbilla de Aeferdana,  forzándola a que alzara su mirada hacia él— que con solo conocer mi nombre no seas consciente del peligro que corres estando frente a mí.

Ella le dirigió una mirada retadora, manteniendo todo su coraje aunque solo fuera en apariencia. Nunca se había mentido a sí misma, por eso siempre tendría presente que, con diferencia, aquel era el momento de su vida en el que sintió más temor. Por su vida y la de sus compañeros. Dio un paso atrás, deshaciendo el contacto iniciado por Johan, y ladeó la cabeza para mirar de soslayo a Thyria. A pesar de sus diferencias iniciales con ella no quería que terminara así.

—Veo que te preocupa su estado, ¿no es cierto? —Ella solo le miró asqueada— Tranquila, solo me interesas tú. Digamos que tu amiga solo ha sido un cebo para atraerte. Aunque ha sido difícil... Por suerte me gustan las cosas complicadas.



R. Crespo

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En el texto hay: romance, hechiceros, caballeros y espadas

Editado: 15.09.2018

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