Aeferdana

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6. Proximidad

Llegó hasta Aeferdana y, tras guardar su espada en la funda, buscó a tientas la cuerda que la maniataba. El aliento de la chica chocó contra el rostro de Sindar, que a pesar de todos los movimientos aún no se encontraba húmedo del sudor. Con cuidado, sus manos exploraron el cuerpo de Aeferdana, sin llegar a ningún extremo en el que pudiera sentirse avergonzado. Demasiado lo estaba ya.

Pero siguió sin encontrar las manos de su compañera.

La tarea empezaba a complicarse si tenía en cuenta que los que cumplían la función de atacarle no le esperarían y se ensañarían con ambos sin piedad.

—Ayúdame, Aeferdana. ¿Dónde tienes escondidas las manos?

—Están cruzadas sobre el pecho —respondió ella en voz baja, como si temiera que pudieran oírla.

De nuevo, Sindar notó su aliento sobre la cara y un hormigueo atravesó su estómago. Palpó sobre la túnica de la hechicera, encontrando al fin las manos a la altura de sus hombros. Solo quedaba la tarea de desatarla en la penumbra lo más rápido posible, aunque el tiempo entre los dos pensara que pasaba más lento de lo normal.

No era el mejor momento para dejarse llevar.

Consiguió desatarla, aunque los nervios le hubieran jugado una mala pasada. Y sin dejar que la chica pudiera comprobar si la poca iluminación se debía al entorno o a la tela que anteriormente le habían colocado, fue él quien acarició el rostro de Aeferdana en busca de algo que revelara que tenía los ojos tapados. Creyó notar que temblaba bajo sus manos, pero no pensó demasiado en ello. Solo se dedicó a realizar su búsqueda y, cuando encontró aquello que estorbaba a la vista de la otra aprendiz, tiró de la tela hacia arriba y se deshizo de ella.

—Gracias, Sindar.

—Supongo que esto es parte de mi prueba... ¡Vamos! O nos rodearán y nos acabarán atacando.

Pero ya era tarde: estaban rodeados de varios encapuchados que portaban sus espadas a la espera de poder dañar a cualquiera que se cruzara en sus caminos. Sin embargo, allí estaban, quietos, a la espera de que ambos pudieran percatarse de cuál era su situación.

—¡Maldición! —exclamó Sindar apretando las manos.

Buscó de nuevo la espada y, tras empuñarla, se dirigió a Aeferdana una vez más antes de enfrentarse a su destino.

—Ten cuidado y, pase lo que pase, no bajes la guardia.

Ella asintió sin saber exactamente qué pretendía su compañero. Este, con la espada en la mano, adelantó un poco los pies y empezó a dar estocadas al aire. Solo veía sombras que se movían y que en ocasiones acertaban al darle en el brazo o en la pierna.

Hasta que la luz invadió cada rincón del campo de instrucción. Sindar se distrajo un poco al mirar a Aeferdana y asegurarse de que la ayuda provenía de ella. Lo pagó caro, pues al girarse, una de las espadas rozó su rostro. Una cicatriz sangrienta apareció en él y un grito desgarrador se oyó por todo el lugar. Ya no más espadas atacaron, ni más sombras acecharon.

Habían detenido el combate.

 

 

 

 

 

Ambos estaban siendo atendidos en la enfermería de la Hermandad, cada uno en una camilla. Aeferdana observaba con curiosidad a su compañero mientras limpiaban su herida. No era muy profunda, pero por los quejidos de Sindar parecía doler bastante. Habían dejado que la hechicera permaneciera allí hasta que él pudiera volver a sus aposentos, pero en realidad no estaba herida. Además, tenía la facilidad de reponerse rápido de cualquier herida, una de las mayores ventajas que poseía al pertenecer a la familia Silverlock. Permaneció callada hasta que la enfermera los dejó solos.

—Estoy mejor de lo que parece —dijo Sindar al ver la preocupación en el rostro de Aeferdana.

—Tu rostro no dice lo mismo —Y aunque hubiera querido restar hierro al asunto, no pudo reírse. Realmente estaba preocupada por él—. ¿Sabes? Cyrius me dijo que tendría que ayudar a alguien, pero en ningún momento imaginé que serías tú... Creo que más que una ayuda, lo único que he hecho ha sido dificultar tu prueba.

—Debí imaginar que las cosas no serían tan fáciles. Nunca lo son ¿verdad? —Sindar intentó sonreír, pero la herida no se lo permitió. Aeferdana sonrió sin dejar de mirarle— De todas formas, solo era una prueba para asignarme un rango dentro de los caballeros. Si fuera una prueba final para mi nombramiento como guardián, me hubiera afectado más que la detuvieran.

—Entre los hechiceros creo que no existe prueba. Todos comenzamos de cero y vamos ascendiendo según nuestras habilidades. Realmente no lo sé porque no pude asistir a mi primera clase —Un mechón rebelde cayó por su frente y bajó la mirada hacia el suelo mientras volvía a acomodarlo tras su oreja.



R. Crespo

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En el texto hay: romance, hechiceros, caballeros y espadas

Editado: 15.09.2018

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