Agon

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Cacería

—Iré contigo —le informó Alexa con los brazos cruzados y una mirada decidida.
—¿Por qué insistes tanto en no dejarme solo? —le preguntó mientras guardaba
una maleta pequeña en la maletera del auto.
—Porque tú siempre insistes en estar solo —alegó ella.
—Lo hago porque trabajo mejor sin compañía. A veces son… —Se detuvo y la
vio a los ojos un momento. Ella enarcó una ceja.
—¿Son qué? —preguntó con tono acusador.
—Olvídalo —dijo y cerró la tapa del maletero para dirigirse hacia el asiento del
conductor del auto marrón.
—¡No voy a olvidar nada, Agon Alacriter! —gruñó ella, siguiéndolo—. ¡Siempre
quieres hacerte el rudo y que puedes hacerlo todo solo y…!
—¿Qué? —la atajó—. ¿Me pongo en riesgo? ¿En peligro? ¿Alguna vez me has
visto realmente en peligro haciendo las cosas solo? Ni si quiera me conoces lo
suficiente y me acusas de cosas que ni si quiera entiendes. Si quiero hacer las
cosas solo, no es por orgullo ni egocentrismo y ¡ni siquiera por querer cuidar a
alguien! —estalló y la observó a los ojos con una mirada agresiva que la asustó
por la intensidad de su mirada. Agon relajó un poco el rostro antes de agregar—:
No quiero desprestigiar tus deseos de ayudarme, pero prefiero no poner en más
problemas a gente que no debería meterse en asuntos tan peligrosos como en los
que estoy metido.
Alexa guardó silencio un segundo mientras el chico entraba al puesto del
conductor que tenía un libro en el asiento para hacerlo estar más cómodamente a
la altura.
—¿Sabes? —empezó ella—. Casi nunca se te ve expresando emociones. Y
aun así, creo que eres muy abnegado… Aunque no lo suficiente.
Él no dijo nada. Estaba colocando la llave en la ranura y buscando encender el
automóvil girándola en ella.
—Sé que mi hermana también querría acompañarte… —comentó, alicaída.
—Lo sé —dijo él. El motor había expulsado un rugido y empezó a ronronear—.
Son igual de obstinadas… No sé por qué.
—Porque siempre queremos darlo todo por nuestros amigos. Así es nuestra
familia. Abnegados. Siempre hemos sido así.
—Son adláteres suicidas.
—Quizá. Pero, a veces, suicidarte por alguien es mejor que suicidarte por una
razón tan vacía como el dolor propio.
Agon suspiró y agachó la cabeza.
—Ve en el asiento de copiloto —le ordenó y ella sonrió, triunfante. Corrió hacia
el asiento de al lado y se metió, risueña como una niña pequeña que fuera invitada
a ir a su parque de diversiones favorito—. Más te vale que acates todo lo que diga
como si fuera tu general militar. De lo contrario, te matarán, y esta vez habrá balas
de por medio, y quizá uno que otro psicópata peor que un parásito corruptor:
humanos. Y de esos que han caído tan bajo que creen que están en la cima del
mundo.
—¡Sí, general Agon, señor! —exclamó Alexa mientras llevaba su mano derecha
rectamente hacia su frente en un saludo marcial.
Él la observó un momento antes de arrancar. Subieron las ventanas del
automóvil y, así, pasaron varias calles de la ciudad siguiendo la carretera,
observando el ambiente mortuorio y gris que presentaba actualmente, como si
algo en ella hubiera muerto, como si hubiera abandonado la inocencia por una
violación inesperada.
Cuando por fin salieron y se encontraron en la autopista interestatal, todo se vio
diferente, como si el auto flotara. Alexa bajó la ventana y dejó que el viento le
acariciara el rostro con agresividad.
—Oye, Agon —empezó—, ¿desde cuándo eres un adulto en el cuerpo de un
niño?
Él no respondió, al menos no de inmediato. Se mantenía con la mirada en
frente, viendo la autopista correr debajo de ellos.
—La vida y la muerte me forjaron —dijo, distraído—. Nunca elegí lo que soy ni
lo que he vivido… Pero todo es causal, por así decirlo.
—¿Qué quiere decir eso?
—Que una cosa siempre lleva a otra. Las circunstancias me obligaron a actuar
y el miedo me guió hasta que me hice inmune a él, lo que me ha llevado a lo que
soy ahora… Siempre termino solo no porque quiera, sino porque así termino luego
de cada persecución de la que me escabullo.
—¿Quién te persigue, Agon? Quiero la verdad.
—Ya te lo dije. Es mi padre.
—Pero ¿qué es? Me dijiste que no es un demonio. Entonces, ¿qué es, en
verdad?
Él suspiró lentamente.
—No lo entenderías… Sólo digamos que es una entidad que, si te persigue, lo
mejor es que no te encuentre.
—¿Por qué?
—Porque es lo que mi maestro me dijo.
—¿Algún día podrías darme más respuestas que preguntas? —se quejó ella.
Él sonrió levemente.
—Hace mucho tiempo, cuando tenía seis años, un hombre llamado Albátus me
rescató de una casa en llamas. Yo no recuerdo lo que pasó y él no lo sabe. Sólo
sabe que tuvo que entrar en la casa y sacarme antes de que muriera ahogado por
el humo y abrasado por las llamas.
»Desde entonces, me cuidó y me enseñó cosas. Era un hombre sabio y sabía
que yo tendría que enfrentar pruebas difíciles, por lo tanto, me preparó, aunque yo
no lo sabía entonces. Me consoló por una semana de llanto indefinido.
»Pero la segunda semana, ya podía volver a reír. Así que me contó historias
que todo niño debe escuchar para crecer feliz. Me enseñó a amar la naturaleza.
Me enseñó a amar a los animales. Me enseñó a comer y amar la comida. Y me
enseñó que el amor es lo que une al hombre con el mundo en un lazo que puede
usar a su favor, porque el amor es un vínculo poderoso.
»Y a la tercera semana, cayó severamente enfermo.
»Y entonces, me habló como nunca me habían hablado antes, dándome
respuestas a muchas cosas que no entendía: ‘‘Tienes talento, mi joven amigo’’ me
dijo con esa voz rasposa que recuerdo muy bien como la voz de la muerte
cercana. Continuó diciendo: ‘‘Tienes el talento para ser muy sabio, muy sabio.
Pero ahora eres inocente y apenas sabes lo que es la sabiduría… Por lo tanto,
quiero que recuerdes, y recuerdes muy bien mis palabras. La sabiduría es
conocimiento, y el conocimiento es poder. Pero ten en cuenta de que el que
acrecienta su sabiduría, acrecienta su dolor. Cuando lo entiendas, serás sabio.
Por ahora, necesitas guía, mejor de la que te he dado. Por lo tanto, seré tu
maestro desde ahora.’’
»Esas fueron sus últimas palabras en vida. Me pregunté cómo podría ser mi
maestro si ahora estaba muerto, porque yo conocía bien la muerte a esa edad; ya
la había visto, frente a frente. Y también vi lo que podía causarla.
»Y, la cuarta semana, luego de que el cuerpo fuera llevado a quemar, yo visité
su habitación una vez más, y ahí lo vi, de pie frente a mí, más sano, fuerte y joven
de lo que pude haberlo visto, y me dijo: ‘‘Bien. Ahora, comencemos nuestra clase,
mi querido aprendiz, porque ahora tu maestro debe hablar.’’
»Lloré, pero esta vez lloré de alegría, y entendí gracias a mi maestro que la
muerte del cuerpo no es el final, porque el cuerpo sólo es un incorpóreo que usa la
esencia para sobrevivir, cambiando de una en una como se cambia de casa: por
temporada, viviendo nuevamente en un ambiente diferente, aprendiendo cosas
nuevas de lugares nuevos. Por lo tanto, la muerte no es el final, sino la
renovación.
»Entonces, desde el principio del segundo mes, aprendí, y aprendí muchas
cosas de mi maestro. Él me ayudaba en todo lo que podía, pero a veces no estaba
y tenía que hacer las cosas por mi cuenta, y aprendí a valerme por mi cuenta,
aprendiendo de forma autodidacta e independiente a sobrevivir. Pero nunca
terminé en la calle, porque nunca lo permitió, y hacía todo lo que podía por mi
comodidad.
»Al segundo mes, me enseñó su biblioteca y me enseñó a leer. Mi primer libro,
fue un libro sobre los aspectos básicos de la energía. Lo leí por lo que quedó de
mes hasta el tercero, donde empecé a leer sobre la magia, y todo se relacionaba,
al igual que se relacionaba con los libros sobre espiritismo, filosofía, psicología y
ciencias.
»Y, el quinto mes, aprendiendo tantas cosas, también aprendí que todo es uno
y uno es todo, que todo está unido por un hilo que sólo es visible para quien lo
percibe.
»El sexto mes estuve solo y aprendí a apreciar el silencio.
»El séptimo mes fue el mes en que me habló de mi suerte: ‘‘Desde incluso
antes de que nacieras, mi querido aprendiz, un ser que va más allá de lo que yo
puedo controlar te ha dado cacería y ha buscado tenerte sobre todas las cosas,
quitando cada obstáculo que se le ha puesto por en medio. Y seguirá así hasta
que logre tenerte. Pero debes prepararte, porque algún día tú mismo podrás
hacerle frente e incluso, quizá, puedas cazarlo tú a él. Pero requiere tiempo. Por lo
tanto, debes ganar todo el tiempo que puedas, porque tu cazador es un ser del
que es mejor huir hasta el momento adecuado. De lo contrario, sólo la muerte será
tu salvación.’’
»Y, al octavo mes, conocí la verdadera muerte. Un día, la casa tembló y él
apareció sin que mi maestro pudiera evitarlo. Y me dijo: ‘‘Hice todo lo que pude,
pero nos ha encontrado.’’ Y me dijo que huyera, pero yo estaba paralizado en la
habitación que me había dado mi maestro. Y ahí estaba, con sus ojos verdes
esmeralda pegados en mí. Mi maestro se le interpuso y vi cómo su esencia,
brillante etéreamente, se desvanecía y su aliento se escapaba con parsimonia
como si dentro hubiera habido un suspiro muy leve y este fuera expulsado
lentamente.
»No sé qué fue lo que me impulsó a huir, pero logré correr y escapar. No sé
cómo no pudo atraparme, pero supuse que algo tuvo que haber sido gracias a mi
maestro.
»Después del noveno mes, nunca más volví a escuchar su voz ni a sentir su
presencia. Sólo me dejó su casa y sus libros. Desde entonces, viajé y mis tíos me
ayudaron, desde lejos, porque yo les había advertido y ellos sabían, y al saber,
fueron cautos. Desde entonces, he vivido como he vivido: moviéndome y
buscando normalizar mi infancia nada infantil.
»Desde entonces, han pasado seis años.
Se calló.
Alexa no hizo ningún comentario. Había entendido el peligro de la situación y,
por muy increíble que pareciera su historia, podía creerla, y prefería ser más cauta
y esperar. Por ahora, tendría que terminar su propia cacería con Agon para, luego,
quizá, dejarlo por fin en paz.
Las noticias en la televisión eran tan claras como la leche cortada. Ni si quiera
los mismos periodistas podían explicar lo que pasó. Pero él podía entenderlo. O al
menos, lo sospechaba. De ninguna otra forma, podrían pasar esas cosas…
El hombre que estaba sentado en el sillón tamborileaba el brazal con sus dedos
mientras ojeaba el periódico. Luego veía la tele. En la misma ciudad, la misma
semana, en un día y después el otro, pasaban incidentes extraños. Histeria
colectiva y asalto a mano armada a la casa de un niño que vive solo.
Y los asaltantes se suicidan en una pira. Las huellas en la escena de los hechos
son claras: lo hicieron ellos mismos. Los investigadores dijeron que pudo haber
sido una riña entre los implicados dentro de la casa que llevó a actos violentos
entre sí. El dueño de la casa no quiso testificar, así que el caso quedaría en
absoluto misterio hasta la intervención de la agencia que pudiera llegar a un
veredicto.
—Interesante —susurró con su voz gruesa llevándose la mano al labio,
pensativo. Se acarició la cicatriz que surcaba un labio y el otro—. Muy interesante.



Lowf S Garcia

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En el texto hay: terror paranormal, esoterismo y misticismo, magia

Editado: 28.10.2018

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