Agon

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Persecución

Kalan se había actualizado de casi todo, al igual que su madre, quien escuchaba
todo con rostro severo y paciente. Alexa contó la historia a su forma mientras
Agon observaba por una ventana cercana hacia el jardín exterior, donde unos
árboles se erguían, uno de ellos con una rama donde un columpio se mecía
suavemente por el viento.
—Deberíamos irnos ahora —dijo Agon cuando Alexa hubo terminado su
historia.
—También puedo sentirlo —comentó Sudus, levantándose del sillón.
—¿Qué cosa? —preguntó Alexa, ahora tensa.
—¿Qué es ese peso? —preguntó Kalan—. Me da miedo.
—¿Cuál peso? —quiso saber su hermana—. ¡No entiendo!
Todo pareció ponerse más oscuro.
—Éneco… —susurró Sudus—. Es mejor que se vayan, niños.
—¿Quién es Éneco? —preguntó Agon.
—Nada bonito —dijo ella mientras caminaba hacia la puerta principal—. Es
mejor que yo me encargue de él.
Los chicos la siguieron en silencio. Abrió la puerta y, frente a ellos, en la calle,
una sombra enorme lo cubría todo como una cúpula, como manchando todas las
casas con una explosión de penumbras. Y una más densa y más pequeña, del
tamaño de un hombre, caminaba en dirección a la casa. No había rasgos que
pudieran diferenciar su ser de una simple sombra caminante.
Kalan se estremeció y se abrazó los brazos. Alexa estaba paralizada.
—Los acompañaré hasta la salida —empezó Sudus con una espada en la
mano. No supieron de dónde la sacó, pero era temible y hermosa, de un metal
claro y una hoja nimia con un filo que parecía poder cortar hasta al mismo viento y
dejar una herida visible—. Yo me encargo de esta cosa.
Y fue directo hacia la entrada, arma en ristre, con los muchachos a su espalda.
Atravesaron la entrada al jardín de la mansión. Fuera, Sudus encaró a Éneco. La
sombra a su espalda se extendía a todo lo largo del lugar, deteniéndose justo a
una distancia exacta del territorio de la mansión, como si una especie de barrera le
evitara el paso.
—Váyanse —se limitó a decir, señalando a su derecha con su arma, a un
camino por el cual la sombra del ser de penumbras no llegaba.
—Gracias, madre —dijo Agon.
—Es la primera vez en mucho tiempo que me dices así —comentó ella,
risueña—. Vete, mi niño. Y recuerda que siempre te amaré. Estaré cuidándote,
¿de acuerdo? Y si te sientes solo, no dudes en llamarme. Pero, por favor,
llámame. —Él asintió. Ella sonrió mientras le dedicaba una dulce mirada de
reojo—. Vete —susurró.
Y corrió aferrando las manos de ambas chicas. Siguieron el camino a lo largo
de la ciudad mientras escuchaban un estruendo a sus espaldas. Las sombras de
los edificios que pasaban a sus lados se oscurecían cada vez más, contrastando
sus colores y detalles. Y como si fueran peces, comenzaron a saltar y a revolverse
como tentáculos. Se lanzaron hacia ellos como proyectiles.
Agon soltó las manos de Kalan y Alexa y agitó la suya hacia los proyectiles,
haciendo que se desviaran en una curva hacia el suelo, estrellándose. De un
rápido movimiento, volvió a tomarles las manos y a seguir corriendo.
Las sombras se removían como gusanos agonizantes alrededor de ellos. Los
rodeaban en un acecho constante, amenazándolos de un pronto ataque. Agon se
mantenía atento a esto, concentrado en cualquier movimiento inesperado.
Volvieron a saltar proyectiles y, esta vez, los desvió con un movimiento de
pierna, como si diera una patada al aire, haciendo que las sombras se estrellaran
contra la pared de un edificio.
Continuaron avanzando entre el caos que los rodeaba. Hasta que todas las
sombras saltaron en un torrente que cayó frente a ellos como agua putrefacta
buscando crear un muro que les impidiera el paso. Agon volvió a soltar las manos
de las chicas.
—Te enviaré al Bustum, basura —masculló llevando sus manos al frente y las
sombras salieron disparadas como si un gran vendaval, o un disparo de viento, se
llevara agua a toda potencia.
Las sombras los rodearon. Agon seguía alejando las sombras. Alexa tomó la
mano de su hermana, nerviosa. Kalan volteó y vio que la misma negrura corpórea
aparecía ahí. Se soltó de su hermana y la golpeó como buscando golpear a una
persona, haciendo que la forma se destruyera.
—¿Qué haces? —preguntó Alexa, impresionada, retrocediendo hasta quedar
cerca de la espalda de Agon.
—Lo primero que se me ocurre —dijo, encarando a las sombras y volvió a
lanzar otro golpe hacia los tentáculos oscuros.
—¡ÁMOVEO, TAETER! —exclamó Agon y las sombras se añejaron de ellos
como por una explosión.
Todo se calmó por un segundo que aprovecharon para moverse y huir.
La puerta se terminó de abrir con un chillido, lentamente.
Agon se levantó de la cama. Tenía el corazón golpeándole el pecho. Alexa le
siguió. Estaba confusa. Se llevó las manos al cráneo con una mueca.
—Ay, mi cabeza… —masculló.
—Buenas tardes —dijo una voz en el marco de la puerta.
Agon y Alipés voltearon a verlo. Era alto, con rostro burlón pero severo, con el
cabello rasurado y sin barba. Tenía una cicatriz en el lado derecho del rostro que
le cruzaba los labios. Llevaba un oscuro pantalón elegante, una franela blanca y
se cubría con un sobretodo, oscuro, negro. Parecía la combinación extraña entre
un detective de la policía y un cura.
—¿Quién eres? —preguntó Agon, con rostro adormilado.
—¡Hija! —exclamó alguien fuera de la habitación. Era la madre de Kalan, que
corría a abrazar a la ahora despierta chica que se levantaba con dificultad. Había
pasado al lado del hombre sin prestar atención a si causaba importuna—. ¡Mi niña!
—sollozó mientras la abrazaba—. ¿Cómo te sientes?
—Con hambre, mamá —susurró con voz ronca mientras le devolvía el abrazo.
—¡Te prepararé algo! —prometió pero no se alejaba de su hija.
Alexa sonrió y la acompañó en su paroxismo de cariño.
—Por favor, no me aplasten —gorjeó la chica—. Ayuda, Agon… —dijo
extendiendo su mano hacia él.
Pero el muchacho no le prestó atención. Estaba atento en la persona de traje
que estaba en la habitación. Un desconocido.
—Mi nombre es Aaron Constant —se presentó—. Estaba buscándote, Agon
Alacriter. Quisiera hablar contigo.
—Bien, hijo mío —empezó Alipés, dirigiéndose al hombre con aire de santo—,
pero por favor espera, que estamos terminando de pasar una situación difícil… Así
que, por favor, te suplico…
—Cállate, ángel —masculló el hombre, dirigiéndose al supuesto papa—. Sé lo
que eres y lo que no… Así que aléjate de mí.
Alipés se impresionó, pero mantuvo una postura altiva y serena.
—En todo caso, te atenderé luego —intervino Agon, cortante.
El hombre lo observó un momento. Luego observó a la reunión familiar en la
cama.
—Bien —dijo Aaron—. Esperaré afuera, señora. Disculpe la molestia.
Y salió de la habitación.
—Entonces —comenzó Alipés—. ¿Qué pasó?
—Ya se resolvió —le dijo Agon.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó la madre de las chicas.
—Es complicado, mamá —se limitó a decir Alexa.
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—Bueno… Mejor voy a hacerle algo de comer a Kal.
Y salió de la habitación.
—¿Así, no más? —preguntó el que ocupada el cuerpo del papa, regresando al
tema—. ¿Sin ofrecerles al menos un Daps o algo?
—Así, no más —asintió el chico—. Hubo una reunión… Todos cambiaron de
parecer y mi padre me devolvió el alma de Kalan.
Alipés asintió.
—Entonces, supongo que mi trabajo aquí ha terminado. Agon, te suplico que
entiendas la necesidad de todo esto, y espero que me perdones.
—Nunca —lo atajó—. Y espero nunca volver a verte en lo que me queda de
existencia eterna. Si vuelves a cruzarte en mi camino, sea la vida que sea, te
destruiré.
—Comprendo. Entonces, lo mejor es que me vaya. Agon. —Se inclinó hacia
él—. Jóvenes. —Ahora, se inclinó hacia las dos hermanas, sentadas en la cama.
Y salió de la habitación.
Agon, Kalan y Alexa quedaron solos, en silencio. Él veía el suelo.
—Agon —murmuró la voz rasposa y cansada de Kalan—. Ven, por favor.
Él no le hizo caso. Se mantuvo taciturno.
—No —dijo—. Lo mejor que puedo hacer es alejarme. Ya les he causado
muchos problemas y no quiero que sigan pasando más desastres por mi culpa.
—¡Ay, deja de decir estupideces! —exclamó Alexa—. Cumpliste tu promesa y
demostraste que no eres un completo imbécil insensible, como tu padre.
Él volteó a verla. Las dos le sonreían. Kalan extendió la mano hacia él con aire
suplicante.
—Ven —le pidió.
Él suspiró. Cerró los ojos un momento. Y fue hacia ellas. Las chicas lo
abrazaron entre risas. Pero él no reía.
—Kalan —empezó.
—¿Sí, Agon? —le preguntó, pegada su mejilla a la de él.
—Báñate. Apestas.
—Uy, es verdad —coincidió Alexa.



Lowf S Garcia

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En el texto hay: terror paranormal, esoterismo y misticismo, magia

Editado: 28.10.2018

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