Al Mejor Postor Libro 1

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CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE

—¡No te vayas Nicci! —me suplica Bruna, prácticamente a los gritos.

Ruedo los ojos, aspiro una profunda bocanada de aire y pongo los brazos en jarra.

—Estuvimos hablándolo más de dos horas —arqueo la espalda y varios de mis huesos crujen.

—¡Yo estuve hablando más de dos horas! —se queja, señalándome con su dedo índice—. ¡Yo traté de hacerte ver las cosas como son! Me tomé una botella de vino solita, gasté mi valiosa saliva, mis neuronas echaron humo cada vez que una oración salía de mi boca, y todo, ¿para qué? ¡Para que hagas ésto! —se muerde los labios y me enseña su típico gesto enfurecido: gruñir como si fuera un perro rabioso, arrugar el ceño y cerrar sus manos en puños.

—No estoy haciendo nada malo —me defiendo, empleando un tono de voz suave, que no le altere más de la cuenta.

—¿Ah, no? —ironiza—. ¡Te di mil motivos para que no castigues a ese infeliz, escapando y no te importa! Efectivamente estás haciendo algo muy malo, Nicci.

Abro los ojos al igual que mi boca. Mis facciones se contraen en una mueca que de seguro delata mi asombro y niego lentamente con la cabeza.

—No me estoy mudando —musito—. Solamente dije que necesito irme un par de días a una habitación de un motel. Necesito faltar al trabajo, salirme por cuarenta y ocho horas de ésto que parece ser recurrente y aclarar mi cabeza, porque de nuevo estoy metida en una encrucijada —me acerco a rubiales, y desesperada agarro sus manos—. Yo te creo; una parte de mí es muy feliz con tus palabras y se muere por llamarle, pero hay otra parte de mí que también le cree a ella, que no puede diferenciar una verdad de la mentira porque siente que vive engañada, que no debería confiar, que por cada cosa que se le diga, teme a que otra cosa peor se esconda en ello —pestañea y por fracciones de segundos su mirada se torna comprensiva—. No tienes idea de lo difícil que es empezar de cero, que tu vida vaya de mil maravillas y que de un instante a otro la maravilla se desmorone, y las dudas te coman el cerebro.

—Tú lo haces difícil —espeta con repentina molestia, retrocediendo unos cuántos pasos—. Esa es la muralla que le impide a los demás estar a tu lado. De todo dudas, a todo le buscas pretexto y siempre tratas de hallarle lo malo a lo bueno, para tener el argumento correcto con el cuál seguir ahí, dentro de una burbuja que nunca explotará.

—Hace unos meses se alejaron de mí porque necesitaban reorganizar sus vidas, sus trabajos o sus problemas y, ¿yo no puedo encerrarme en un puto motel por dos días que está mal? —me siento en el borde de la cama y resoplo—. Soy tonta, inmadura, incluso ridícula, lo acepto, pero no quiero que Rashid sea consciente del efecto que tiene en mí. No quiero que una y otra vez haga de las suyas ocultándome sus asuntos y yo esté ahí, dispuesta a darle un abrazo o decirle que no importa.

—Le vas a castigar —resuelve tajante—. No me des excusas de que necesitas oxígeno, porque lo que tienes se llama miedo. No te juzgo, todos sentimos miedo; inclusive más miedo del que podemos llegar a admitir, pero no es aceptable que disfraces el temor con una justificación tan absurda. No dudas; temes, que es diferente —recalca, erizándome los vellos de la nuca—. En tu interior sabes que Rashid te buscará incansablemente para darte una explicación y te aterroriza asumir que pase lo que pase volverás a perdonarlo. Le vas a perdonar, vas a volver a abrazarlo y eso, porque lo amas.

En mi pecho la angustia me aplasta y disimulando el malestar, toco la parte superior de mi torso con ambas manos.

—¿Qué sentido tendría estar juntos, si por más que lo ame sé que sus mentiras se volverán cotidianas y que ahí estaré para perdonarlas? —ejerzo presión, suplicando porque las palmas presionando la tela, mi piel y mi cuerpo apaciguen la amargura y carraspeo—. Supongo que vamos aclarando el panorama. Si me voy, me escondo, rechazo sus llamadas o ignoro sus intentos por verme, entonces podré entender si realmente es lo que quiero para mí. Si quiero estar a su lado porque mi amor hacia él supera sus errores repetitivos; o si no quiero estarlo, porque aunque lo amo demasiado también me amo a mí misma, y no es mi anhelo meterme de lleno en una relación insana, tóxica y destructiva, donde la base sólida son mentiras, incertidumbre y desconfianza.

Respiro con dificultad y me levanto de la cama. Doy algunos pasos pretendiendo salir de mi cuarto, pero sus uñas pintadas de un bonito color turquesa sujetan mi camiseta, deteniéndome.

—¿Por qué lo haces? —pregunta, escudriñándome con sus iris celestes cargados de reproche.

—¿Qué se supone que estoy haciendo?

—¡Repetir mi historia! —exclama desconsolada.

—No Brunis, estás muy equivocada, nuestras historias no son para nada parecidas —interrumpo, removiéndome de tal forma que sus dedos dejen de agarrarme—. Tu pasado no está afectando tu presente. Alexander te adora, y has superado el hecho de que un tipo del que nunca supiste su nombre real, te enamorara a ti cuándo estaba comprometido con otra. Yo sin embargo estoy viendo cuál gran espectadora, cómo el hombre que amo va y viene, me hace la mujer más feliz del mundo y también la más infeliz. No hay repetición de errores porque tú cometiste los tuyos y yo quiero cometer los míos. Quiero ser la única persona que al final del día pase raya y diga si estuvo bien o mal lo que decidió.

Reanudo mi andar pero freno bajo el marco cuando de espaldas a ella, la escucho sollozar. 
Giro con lentitud y automáticamente me maldigo; me maldigo por decir las cosas sin haberlas razonado antes. 
Mi amiga jamás pudo ni podrá superar, en varios aspectos el romance juvenil que dejó una huella enorme en su ser.

—¡No sabes lo cruel que eres, incluso sin proponértelo! —susurra, limpiándose una lágrima que amenazaba con rodar por su mejilla—. Esa terquedad endemoniada con la que naciste, no te permite pensar con claridad.

Trago saliva, y arrepentida me aproximo a Dichezzare. En éstos momentos me fascinaría rebanarme la lengua con la cuchilla de filetes que hay en la cocina.



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En el texto hay: romance, toxico, italiana

Editado: 13.11.2019

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