Al Mejor Postor Libro 1

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CAPÍTULO TRES

Suelto un carraspeo e intento al menos batir los párpados. Ellos que parecen estar pegados con cola.

El cuerpo me duele, ni siquiera siento las piernas. Y puedo afirmar que la sed que quema mi garganta es peor, mucho peor, a la de la resaca post discoteca.

No sé que han hecho de mí. O donde carajos estoy. Tampoco poseo la certeza de estar viva, puesto que percibo una opresión en el pecho que a duras penas me deja inspirar.

Nada deseo más que mover aunque sea los dedos., hablar., gritar, o llorar de la rabia. Sin embargo el estado casi vegetativo únicamente me permite, como instantes, horas, o días atrás: escuchar.

Oír voces femeninas riéndose.

Expresamente burlándose de mí.

¡Píntale los labios de rojo! Ordena una de ellas. Una que tengo demasiado cerca y tironea de mi cabello sin compasión.

Qué espantosa sensación la de no lograr moverme, pero sí percibir el toque ajeno a mi fisonomía.

—Pero...

—¡Pero una mierda!, está de paso mujer. Obedece y píntale los putos labios de rojo. Hay que disimular el guantazo que le dio Paul.

<<Vamos Nicci.>> Me repito mentalmente, <<Abre los ojos. Sólo abre los ojos.>>

No obstante, simplemente consigo quejarme. De forma ronca, entre siseos, escupo quejidos que despiertan más y más risas estruendosas.

—¿Qué mierda quiere la Bella Durmiente? —Cuestiona jaloneando mi maraña oscura contra el respaldo de lo que aparenta ser un diván. —¡Al fin te dignaste a despertar, princesita!

—D-dónde... ¿D-dónde estoy? —Indago recurriendo al mayor esfuerzo, para gesticular dos palabras.

El agarre se torna violento y temo que se quede con un mechón de cabello entre los dedos en cualquier instante.

Gimoteo de aflicción y eso es lo que me ayuda a despabilarme completamente.

—¿No te enseñaron a callar, si nadie te da permiso de hablar? —viborea con desdén.

Parpadeo varias veces, y analizando lo que tengo delante, observo a través de un sucio espejo, la imagen de una desagradable mujer sonriéndome cínica.

Es la primera ocasión, que vislumbro a una dama tan repulsiva. Pues su aspecto de por sí desalineado, en nada se le compara al aura malicioso que desprende.

Verla disfrutar el infringirme dolor aumenta mis deseos de recobrar energía y morderla, escupirla, dejarla calva, cualquier cosa que sirva para descargar el odio que su mirada sombría me genera. 

—¡No la trates así! —Reprende la segunda, un poco más solidaria, pero igual de criminal que la regordeta bruja. —No es culpable del destino horrible que le deparará dentro de unos minutos. —Resopla y aprovecho los segundos para escudriñarla también a ella. Es alta, delgada, su rostro atractivo, no muy joven luce demacrado y parece padecer la situación que yo atravieso. —Ninguna de las chicas que llegan aquí son culpables Mercedes. Trátala bien.

La mencionada Mercedes carcajea y la tercer presencia femenina, quizá uno o dos años mayor que yo le acompaña.

—¡Ah, porque ésta santa dormía angelicalmente la noche anterior! —Chasquea la lengua y miro estupefacta cómo la presión en mi cabello cesa. —Por eso Paul dio aviso de una virgen preciosa en un antro de Roma, porque es una santa. —Abre un cajón tras el crujir de la madera, en el escritorio que oficia de tocador., sustrae una jeringa y jadeo. Jadeo de terror.

<<Otra vez no. Por favor que no lo hagan otra vez.>>

—No... —Ruego con lágrimas en las orbes. —No me drogues... No me drogues.

Me da una bofetada fuerte, y el impacto me obliga a quedar cabizbaja.

—Te dije que te calles. —Advierte aprisionando mi antebrazo con fuerza. —Y no te muevas., si lo haces será peor para ti. Créeme.

—Yo no soy culpable. —Espeto ausente. —Salir a divertirme no me convierte en una puta. Usar ropa provocativa no me hace un blanco fácil a los gilipollas desgraciados. —Inspiro profundo. Hago acopio de toda mi voluntad y continúo. Total, lo traigo asumido: no saldré viva de aquí. —Ustedes escorias tienen la culpa. La culpa por formar parte de la trata de personas. Porque eso hacen, traficar vidas como si fuesen cosas. —Mi respiración se entrecorta producto de la angustia y observo sumergida en la desazón, el vestuario que traigo puesto. Ya no es el pijamas divertido que mi amada amiga me prestó. Ahora uso... Uso medias de red, y tacones realmente kilométricos. Ahora sí me siento un maniquí de vidriera comercial. Un asqueroso maniquí que porta el más provocativo conjunto de lencería blanca, que nada deja a la imaginación.

—¿Qué fue lo que murmuraste? —Indaga de manera casi imperceptible. —Repítelo.

La aguja se incrusta en mi piel y grito. Grito del pánico que me ocasionan las inyecciones.

Un líquido frío corre por las venas, y nuevamente la sensación de pesadez me embarga.

—Que... Eres... Una h-hija de puta. —Digo con esfuerzo, ya que la lengua ha comenzado a adormecerse.

Agarra mi codo y de un empujón violento, me insta a pararme. Las piernas flaquean, y los tobillos que parecen de gelatina se tambalean de un lado hacia otro.



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En el texto hay: romance, toxico, italiana

Editado: 02.11.2019

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