Al Mejor Postor Libro 1

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CAPÍTULO NUEVE

Doy media vuelta en la cama y reprimo grititos de aflicción.

No pude pegar el ojo en toda la noche. No hubo forma de apaciguar el dolor que después de media hora pasado el efecto del ibuprofeno, se me hizo insoportable.

Repetí el proceso de ir al sillón frente al ventanal, acomodándome en él unos quince minutos y luego, volver a recostarme en la cama, al menos diez veces.
Froté mis rodillas, masajee cada articulación e inclusive consideré atractiva la idea de arrastrarme hacia el dormitorio del captor acosador, para rogarle por otro calmante.

Hecho que finalmente no llevé a cabo. El instinto rebelde, estúpido, orgulloso y defensivo, me impidió ir en búsqueda de su ayuda. De solicitar el auxilio de quién en primera instancia, me privó de algo tan hermoso, como es la libertad. Pues muy claro lo estableció: no me dejará marchar. No hasta que me moldee a su entero gusto, y eso., eso muy en el fondo sé que nunca ocurrirá.
Entonces, carente de alternativas, asumo que bien me acostumbro a ésta nueva rutina, o por el contrario, admito que la única forma de escapar, es sin vida.

Honestamente ninguna de las dos opciones me agrada. Mi existencia es miserable, poco prometedora, bastante caótica... Pero la amo. Amo abrir los ojos cada día sin saber qué me deparará el amanecer. Y en tanto la costumbre, es un acto mediocre, disfrazado de comodidad.

Cuántas veces he oído de personas que dicen acostumbrarse, siendo que en realidad, solamente aceptan una rutina sin matices, siempre en línea recta, y aburrida. Se justifican utilizando esa palabra traicionera y espantosa, cuándo lo cierto es que tienen miedo a romper esquemas y salir adelante.

Y yo adoro salir adelante. Recurriendo a medidas no muy convencionales lo hago.
Aunque me hunda en el alcohol, olvido el malestar, me siento feliz y es entonces que sucede: salgo adelante.

Buceando en mi júbilo mental de autoayuda, observo el sol, junto al cielo azul, mostrarse con majestuosidad a través del amplio cristal.

Mis ojos se pierden en el infinito tono celestial y pienso.

¡Pienso demasiado y, a la vez nada!

Se preguntarán: ¿es posible? Hasta hoy creía que no, y me retracto: es un sí rotundo.

El cerebro no para de darle vueltas a las palabras de Rashid. Intento retroceder años en el pasado y, ubicar el momento justo donde le haya conocido y no lo recuerde., sin embargo no lo consigo.

Evoco con claridad sus frases cargadas de desprecio, de despecho y, entiendo que no fue una sola ocasión la que se topó conmigo, días, meses, o años atrás., sino varias, en las que al parecer, mi actitud no fue la mejor.

Carraspeo irritada. Por primera vez, después de mucho tiempo siento vergüenza. Pena por mí misma, y por lo que me he convertido.

Es que seguramente ni me acuerde, porque desde que mi vida alocada, de antro y alcohol empezó, me es imposible calcular el tiempo que he llevado sobria.

Cuándo mi profesora me sermoneaba, pues le pedía a Bruna un trago de tequila al salir del secundario.

Cuándo mamá amenazaba a papá con tomarme a mí y, marcharse para que él nunca más pudiese volver a verme, el trago pasaba a ser un vaso.

Y cuándo Donatello advertía que si las amenazas vacías de Gala continuaban, no sólo le daría el divorcio, sino que la lanzaría a la calle, (dada su relación clandestina con el que ahora resulta mi padrastro), el vaso de tequila se transformaba en noches de viernes, sábado y domingo, en la discoteca de Roma.

Mis orbes se cristalizan rememorando los sucesos tortuosos y parpadeo, estoy negada a llorar por ellos.
No los odio, tampoco los culpo, pero el resentimiento es tan grande, que dudo algún día poder obtener un trato cariñoso de padres a hijo. Claro está, si es que se me presenta esa oportunidad.

La puerta del cuarto es golpeada suavemente, devolviéndome al presente no muy afortunado, pero que comparándolo con el pasado, me permite respirar tranquila.

—Adelante. —Anuncio adoptando un semblante serio, con el cuál enfrentarme a Rashid, si es él en definitiva quién pretende entrar.

El pórtico lentamente se abre, y me sorprende ver a Meredith.

—Hola niña preciosa. —Saluda sonriente. —¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes? ¿Lograste dormir?

<<No llores, Nicci.>> Me repito. <<Por favor que su dulzura, su interés y la amabilidad que durante meses te faltó, no te ablande. Es la empleada del enemigo. No llores.>>

—No llores... —Le oigo suplicar aprehensiva., aproximándose a paso ágil a la cama y, sujetándome el rostro con sus manos. —Nicci... ¿Qué pasa?

—Es-estoy fatal. —Digo sobando por la nariz. —Me duele... Todo. —Miento.

Las facciones de esa mujer, que distan muchísimo de asemejárseles a Rashid o cualquier medio oriental, se tornan preocupadas y toma asiento a mi lado.

—Sabes muy bien que eso no es totalmente cierto. —Concilia deslizando los dedos desde mi mentón, hasta la coronilla del cabello. —No te pediré que confíes en mí. —indica, —Pero sí recomiendo que te desahogues. Si necesitas llorar... Aquí está la empleada, contratada por el enemigo.



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En el texto hay: romance, toxico, italiana

Editado: 13.11.2019

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