Al Mejor Postor Libro 1

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AMORES PRIMERIZOS

VARIOS DÍAS ATRÁS... 

RASHID

Golpeteo los dedos contra el teclado de mi laptop sonriente.
Niego varias veces, largo carcajadas y, levanto la mirada, deteniéndola en la ventana. La enorme ventana que decora mi habitación.

Poco a poco el atardecer se adueña del cielo italiano.
La temperatura es agradable, no hace ni calor ni frío y, me fascina.

El clima templado, es mi favorito.

Roma, o mejor dicho, donde sea que esté Nicci, será mi lugar favorito en el mundo.

—¡Gitana desgraciada! —digo entre risadas, al vacío del dormitorio—. Terminaré internado en un centro psiquiátrico por tu culpa.

Relamo los labios e inhalando profundo retiro la silla giratoria en que me encuentro sentado.

Son apenas las cinco y media de la tarde y, el naranja ha comenzado a pintar el cielo. Algo extraño para ésta época del año, que empiece a oscurecer tan temprano.

Me encojo de hombros y levantándome del asiento mullido, que tiene mi espalda destrozada pese a la comodidad de los cojines y posiciones regulables, me dirijo a paso cansado hacia la cocina.

Necesito prepararme otro expreso bien cargado. Es la décima taza que bebo en el correr de la noche, la mañana y la tarde.

No he podido pegar el ojo.

Estoy tapado de trabajo; hasta la coronilla.

Las vacaciones improvisadas que me tomé la semana pasada en las Bahamas ahora me cobran la factura.

El haber perseguido a Nicci al Caribe me regaló días inolvidables y relajantes, pero también una pila de impostergable trabajo al llegar.

Reprimo otra sonrisa idiota y, lavo el pocillo con abundante jabón. Enciendo la cafetera Dolce y rebusco en el cajón de las infusiones una cápsula más, de café expreso.
Lleno de agua el dispensador y colocando mi elección, espero dos o tres minutos mientras la sobre dosis de cafeína se elabora.

Me recargo contra la mesada de granito que adorna la cocina y la mueca embobada que intento contener se ensancha en mi rostro.

Sin mentir, aún en las sombras y siendo invisible a ojos de esa mujer, fui feliz.

La vi a ella reír, comer y beber.
Sí, bebió muchísimo, incluso el doble de lo que suele consumir en los antros, pero la diferencia es que en ningún momento lloró.
Disfrutó de largas horas en la playa tomando el sol junto a la chillona insoportable de Bruna, y en resumidas cuentas, se quitó ese estrés que trae su mente un poco embotada.

La diosa Afrodita. Así vislumbré a Nicci en esa estadía paradisíaca.
Una mujer completamente distinta a la que me acostumbré a acosar.
Una alegre, que no se preocupó de nada más que ella misma.

Y es indescriptible la sensación que me embargó de pies a cabeza; porque no sólo gocé el estar ahí, acompañándola sin que lo supiera, sino que lo disfruté de verdad.

Por primera vez, disfruté de mi faceta perturbada y enfermiza.

Me vi como otro integrante más de ese viaje y comprendí que si Nicci es feliz; yo soy feliz.
Aunque tristemente no pueda ser el motivo de su dicha; si después de demasiados sinsabores visualizo a mi luz en la oscuridad llena de algarabía, entonces vale la pena ésta soledad de mierda en la que estoy metido.

El bip de la cafetera me saca del montón de recuerdos recientes que traigo bien guardados en la memoria.
Retiro la taza con la humeante bebida y nuevamente camino a mi cuarto.

La casa de una sola planta, esa que compré hace ocho años cuando decidí quedarme a vivir en Roma, permanece a oscuras.

Generalmente una empleada realiza el aseo en la mañana, donde yo no estoy presente. Mientras que Stefano, únicamente se mantiene a la espera de mi llamado, si es que necesito de sus servicios.

En esos instantes de aislamiento es que extraño a mi nana y la mujer que adoro, Meredith.
La señora que lloró océanos enteros, al enterarse de que abandonaba mi país natal. La dama que me enseñó de igual forma que Zafira, a intentar ser un buen hombre; hecho y derecho. 

Intentar, porque dudo que los buenos hombres anden por la vida acosando, o fantaseando con romances imposibles.

Bufo a medida que avanzo por el corredor. Deslizo los dedos sobre las paredes blancas y al llegar al marco de mi recámara cruzo el umbral.

Pongo la taza en el escritorio, para después, desplomarme en la silla.

—¡Espero terminar con ésto y acostarme de una puta vez a dormir! —gruño irritado. Embravecido porque sé que la gitana estuvo de parranda anoche.

De fiesta, de vicios otra vez y, yo no pude cuidarla.

Le encomendé la tarea a Kerem, quién obedeció gustoso. Realmente gustoso de meterse en un antro repleto de mujeres pero también cuestionándose mi capacidad motriz.

Pues él afirma que no es de persona cuerda, eso de estar tantos años encaprichado con la misma mujer. Una mujer que para colmo de males, ni sabe que existo.
No obstante, justificándome, Kerem desconoce el hecho de que no es capricho lo que me carcome las entrañas, sino amor.

Sí; es amor.

Estiro la mano y tomo el portaretrato que adorna el buró.
Una foto del día de su graduación. Graduación que le costó por poco sangre, sudor y lágrimas.



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En el texto hay: romance, toxico, italiana

Editado: 13.11.2019

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