Al Mejor Postor Libro 1

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CAPÍTULO QUINCE

RASHID

Estoy encima de ella.
Encima de su fisonomía como si de un animal salvaje, atacando a su presa me tratara.
Intento por todos los medios quitarle el puto revólver y es entonces que el estallido me atonta. Me deja en absoluto estado de shock y a Nicci; a mi preciosa gitana, la paraliza.

Con una lentitud desesperante y todo mi cuerpo estremeciéndose, empiezo a alejarme, al menos unos pocos centímetros.
Me cuesta enormidades respirar y los latidos cada vez más acelerados y, desenfrenados me abruman.

—¿Nicci? —la llamo en un acto reflejo propio de una mente embotada. Pensando que quizá lo que veo es producto de mi imaginación; que en realidad la mujer que amo simplemente me ignorará, o me mandará a la mierda como sabe hacerlo—. Nicci, cielo, contéstame... —pido con la voz quebrada y los ojos cristalizados—. Nicci... Por favor.

Nada responde y sí, es obvio... La estoy perdiendo; porque me niego a reconocer que tal vez ya la perdí y, de la peor forma.

—¡Nicci! —grito, entre alaridos arropándola, pegando su figura inmóvil a mi torso, como si eso fuese a devolverle el habla, la razón, la vida al cuerpo—. ¡Pero mi amor qué hiciste! —bramo desconcertado, meciendo su frágil fisonomía cubierta de sangre. Sangre que mancha mis manos, mi ropa, el piso, su exquisita piel desde la sien hasta el torso.

Las lágrimas que duelen; que me lastiman caen y la impotencia que siento es enorme.
La culpa que me aplasta es inmensa, porque yo la orillé a ésto.
En vez de tratarla bien desde el principio, tiré, tiré y tiré de la tanza hasta romperla.

Y ahora...

Inhalo hondo con dificultad, paso mis dedos por su cabello ensangrentado y se lo quito de la frente. —¡Meredith! —rujo como los pulmones me lo permiten y, las cuerdas vocales lo admiten—. ¡Meredith! —exhalo lentamente y, precavido, aprecio su rostro: antes de querer acabar con su vida, cerró los ojos. Los cerró por miedo, por dudas, porque muy en el fondo, ella desea seguir viviendo y, yo haré lo imposible, de ser necesario para que sus iris verdosos vuelvan a observar el mundo. Estoy seguro; me rehúso a que éste sea su final. Definitivamente me rehúso.

Los pasos acelerados de la nana generan ecos en el pasillo y, jadea cuándo frena en el umbral.
Evito mirarla; evito responder a las miles de preguntas que habrá de estar formulándose y, únicamente, con un timbre vocal sombrío ordeno —: Llama a emergencias.

—¿Qué pasó, Rashid? —pregunta ahogada, reprimiendo sollozos—, ¿qué pasó? —repite.

Rechino los dientes y, aunque entiendo su desconcierto, su temor, la estupefacción que le embarga al ver lo mismo que yo, levanto la cabeza y la fulmino con la advertencia plasmada en la mirada. —¡Llama a una puta ambulancia, Meredith! —digo, adoptando la idéntica frialdad que me consumió el día en que nada pude hacer por Zafira, o la semana posterior, cuándo nada pude hacer por Ismaíl —. ¡En el pantalón! —exclamo, sin conseguir elaborar una oración coherente—, ¡en el bolsillo! ¡Mi teléfono!

Asiente y, logro percibir su angustia, el impacto negativo que tal escena le genera.
Se acerca hacia dónde estoy sentado, prendado de Nicci y rodeado de trozos de vidrio; con nerviosismo tantea el bolsillo delantero del pantalón y, saca rápidamente el móvil.
Noto que los dedos le tiemblan y su semblante ha palidecido varios tonos.

—¡Apúrate! —aúllo—. Apúrate, Mer —murmuro en un lamento.

Desbloqueando la pantalla, marca los dígitos de emergencias. Toma distancia y, balbucea lo sucedido apenas le atienden. Pide con suma urgencia una ambulancia, pues una chica de veintitantos, extranjera, sin documentación, de nombre Nicci Geovanna Leombardi Costas, ha intentado quitarse la vida.

De forma escalofriante, informa de un posible suicidio.

Muerdo mis labios y dejo de oírla.
Sólo me limito a actuar con determinación y seguir la indicación que Meredith repite de la telefonista: sentirle el pulso. Si hay pulso, por más débil que sea... Entonces hay chance; hay una pequeña luz al final del sendero.

Mis dedos se impregnan de su sangre mientras toco la zona del cuello. El aroma a hierro me descompone, revuelve mi estómago y el hecho de no sentir pulso aumenta mi desasosiego.

—¡No puedo! —sollozo hundiendo la cabeza entre su cuello y el hombro —¡Nicci! —grito cayendo sigilosamente en la tristeza de una despedida que no quiero darle —. ¡No me hagas ésto y despierta, maldita sea!

—Rashid... —dice Meredith entrecortada — Las muñecas. No te rindas, toca sus muñecas.

Sobo por la nariz y sin demorarme, obedezco. Aprieto su piel suave y aguardo unos segundos.
Intento concentrarme; concentrarme en ella y no en la circunstancia.

—Está... ¡Está viva! —chillo con ronquera—, ¡está viva!

La nana esboza una tenue sonrisa y comunica al pie de la letra mis palabras. Corta la llamada y me informa en primer lugar que la ambulancia llegará en pocos minutos y segundo, que de ninguna manera mueva su cuerpo o la cargue; que de eso se encargarán los paramédicos apenas pisen el dormitorio.



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En el texto hay: romance, toxico, italiana

Editado: 13.11.2019

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