Al Mejor Postor Libro 1

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CAPÍTULO VEINTICINCO

MARATÓN 1/3


—¿Entonces significa que vas a dejar el plan de guerra, las locas ideas de ignorarme y me darás el derecho a retractarme de lo que he dicho?

Muevo la cabeza ligeramente de un lado hacia otro y metiendo el dedo índice en mi boca, balbuceo —No... Lo sé.

—¡No te comportes de esa manera, es una idiotez! —gruñe nuevamente molesto.

Deseosa de más, y más chocolate, tomo la cuchara de plata que se encuentra cerca de la fuente de galletas y la sirvo al tope de la cremosa y tibia mezcla de cacao con avellanas.

—No es ninguna idiotez —contesto sin mirarle—. Es una gran verdad. No te imaginas lo que siento en éstos momentos. Ni siquiera eres consciente de cuánto me costó asumir que quiero estar contigo de todas las formas posibles —llevo la cuchara a mis labios, devoro en cuestión de segundos la delicia y con irritación vuelvo a recargarla—. ¡Qué ser humano sería capaz de involucrarse sentimentalmente con otro, aún comprendiendo que quizá no tienen un futuro juntos! ¡Definitivamente ningún ser humano con neuronas!

Noto de reojo que apoya ambos codos en la mesa y se cubre la cara con las dos manos. Se siente atormentado. En medio de una encrucijada, sin saber a quién obedecer, si al corazón o a la mente.

—Así sean horas las que pueda pasar contigo, las aceptaría con felicidad, Nicci —confiesa—. Pero lo que tú no consigues entender, es que mi rabia va más allá de los dos o tres meses en los que te quedes en ésta casa. Va más allá de que lo nuestro crezca o se extermine por completo.

Parpadeo, y contagiándome de su congoja, cuidadosamente me animo a tocar su antebrazo.

—¿Por qué mejor no me lo dices todo?

—Porque no puedo —escupe por lo bajo, en un matiz vocal sombrío, amargado—. Porque yo no quiero fomentar tu odio de nuevo.

—¿Mi odio? ¿Acaso has visto lo que haces por mí constantemente? ¿Cómo podría odiarte si...

—¡Yo pacté tu libertad! —ruge levantando el mentón y, observándome de una forma que me cohíbe—. ¡Negocié ciertas condiciones como el gran egoísta que soy!

—¿Qué? —musito confundida.

Sus dedos estrujan mi mano y llevándola a la altura de su boca me besa el dorso.
El contacto de sus labios tibios y húmedos (gracias al té de menta que de tanto en tanto bebe) con mi piel, me estremece.

—Lo que pretendo explicarte es que... Seré un muerto en vida cuándo te vayas de mi lado —exclama con voz quebrada—. Mi amor por ti estará en ebullición y aún así, me voy a tener que aguantar las ganas de batallar contra el mundo para que te quedes conmigo —sus ojos se cristalizan, y me resulta adorable el verle exteriorizando su tristeza—. Te pido que me entiendas —continúa—. Que no te enfades ante ésta inseguridad que siento; sólo entiéndeme Nicci; entiende que me duele saber que te irás y que no podré hacer nada para retenerte.

—No seas tan pesimista —le susurro—. Tú mismo te encargaste de decirme que la vida es variable. Que ocurren cosas malas muy a menudo pero también ocurren cosas buenas. ¿Por qué una relación entre nosotros no puede ser una cosa buena? Faltan muchísimos días para ese instante, Rashid. Tanto, que tal vez cuándo ese instante llegue quizá algo en el entorno haya cambiado.

—Habibi, no va a suceder —asevera con una convicción que me hela la sangre—. Ni hechos, personas o situaciones cambiarán el punto final que se avecina.

Reuniendo valentía, con la cuál enseñarle el planeta desde una perspectiva positiva, me sirvo una taza de té. Inhalo hondo, a medida que le agrego varios terrones de azúcar y cuándo me dispongo a hablar, la dulce voz de Meredith proveniente del umbral interrumpe.

—Rashid, Nicci —anuncia con su característica cordialidad—. El doctor ya llegó.

Disimulando cualquier rastro de tristeza, el magnate asiente —Hazlo pasar.

Ella se da la vuelta y tras desaparecer me apresuro a agarrarle la chaqueta y tironear la tela a la altura del codo, impidiendo así que se levante.

—Necesito convencerte —murmuro—. No hagas como si no hubiera pasado nada y ésta conversación no hubiese existido.

—Aljamal.

—¡No! —chillo, alzando el timbre vocal—. ¡Por amor a Dios! No te pido que me salves, que me ayudes, ¡ni siquiera que me cuides! —su nuez de Adán sube y baja con nerviosismo y escuchando las voces que empiezan a acercarse, rápidamente agrego—. Sólo te suplico que me demuestres sin tapujos, sin limitaciones, y sin miedos lo mucho que me amas. Juégatela por mí, Rashid. Por favor, yo estoy poniendo de mí, hasta el alma. Estoy olvidándome de la Nicci orgullosa, testaruda, mal educada y caprichosa que era para que veas que sí deseo iniciar de cero. Me olvido del pasado y del después; del mañana; de lo que será en el futuro, porque me juego todo por el todo ahora mismo.

—Aljamal —repite inclinándose hacia mí y besándome la frente—. Me iré a la oficina, voy a regresar bastante tarde.



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En el texto hay: romance, toxico, italiana

Editado: 13.11.2019

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