Al Sur Del Trópico

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–¡Cada día lo haces mejor! Creo que con un par de clases más estarás lista para presentar el examen práctico –el amable instructor se mostró sonriente y complacido con los progresos de su pupila.

Carrie agradeció sus palabras, y se apeó del auto pensando en la manera de regresar a casa. Usualmente Mr. Smith la dejaba a las puertas de su morada, pero aquella tarde debía asistir a una reunión en las instalaciones de la escuela, la cual se prolongaría por más de una hora. Su padre se encontraba en el trabajo y no saldría antes de las cinco de la tarde y su madre asistía a la reunión de voluntarios del hospital del condado, motivo por el cual le había dicho que solo a las ocho de la noche podría llevarla a recoger a Santiago. Podría esperar al autobús de los deportistas de la escuela, pero este solía iniciar su recorrido veinte o treinta minutos después de las cinco de la tarde y apenas eran las cuatro y veinte minutos. Sin embargo, cuando se alejaba del extenso estacionamiento, parcialmente desocupado a esa hora, y en el que había estado practicando al volante del nuevo Ford Tempo, modelo 1983, se fijó en una pareja que venía saliendo del edificio principal de la escuela. Se trataba de Julie y Greg, quienes parecían estar riendo. Instantes después se encontró a pocos pasos de ellos, y aunque pensó que lo mejor sería saludar brevemente con un movimiento de su mano y seguir en su camino, Julie se le acercó y la saludó efusivamente.

–¡Amiga! ¿Qué haces por aquí?

–Acabo de terminar mi lección de conducción, pero Mr. Smith no me pudo llevar a la casa, tiene una reunión…

–No te preocupes, ¿cierto que la podemos llevar? –preguntó Julie volteando a mirar a su amigo. Este se limitó a asentir con un sutil movimiento de cabeza que vino acompañado por una pequeña sonrisa.

Al montarse en la vetusta camioneta Chevrolet 56, Carrie pudo notar el fuerte olor a marihuana. Era más que obvio que su propietario no tenía problema alguno cuando de fumar dentro de su vehículo se trataba. Siendo clara la poca simpatía que podía sentir por el amigo de Julie, Carrie prefirió mantener su boca cerrada durante el trayecto. Mantenía su pensamiento enfocado en Santiago, a quien había visto cuando la camioneta pasó al frente de las canchas de tennis en su búsqueda de la salida vehicular de la escuela. Los breves instantes alcanzaron para verlo correr ágilmente de un lado a otro de la cancha blandiendo la raqueta con la velocidad, la precisión y la fuerza que solo un verdadero atleta podría exhibir. No pudo frenar su emoción al recordar que en pocas horas estaría compartiendo con él. Su sonrisa lo expresaba todo, y las mariposas en su estómago no paraban de revolotear. Sin embargo siguió creyendo que sería mejor mantener la boca cerrada delante de Greg, no mostrar sus emociones, y rogar para que el recorrido a casa se realizara lo más rápido posible.

–Estás muy callada esta tarde, Carrie –fueron las palabras pronunciadas por su amiga.

–Solo estoy un poco cansada… –dijo ella volteando a mirar a su amiga, quien se encontraba sentada entre ella y Greg.

–¿Y cómo va tu historia con Santiago?

Pensó que lo último que quería era abordar el tema delante del personaje que se encontraba al volante.

–Todo bien, nada especial –Carrie respondió y volteó a mirar a través de la ventanilla. La camioneta avanzaba por la estrecha carretera secundaria, la cual atravesaba campos, fincas y haciendas. En algunas partes se encontraba bordeada por pequeñas casas con amplios jardines ocupados por viejas bicicletas, coloridos enanos de yeso, autos de modelos de la década anterior, y uno que otro columpio colgando de la rama de un árbol; todo lo que usualmente se podía ver en las viviendas de la clase media rural de aquella parte del estado.

–¿Pero ya le hablaste? –preguntó una insistente Julie.

–Ya déjala, es que no te das cuenta que no quiere hablar –intervino con tono vehemente Greg.

Carrie pensó que jamás podría salir con alguien como el amigo de Julie. Así Greg no estuviese bajo la sospecha del uso y el comercio de sustancias prohibidas, su forma de vestir, la cual generalmente constaba de botas negras, un jean desteñido con manchas de grasa y una camiseta negra, no ayudaba para nada a su ya de por sí decaída imagen. Con su cabello liso, el cual le llegaba hasta los hombros y que parecía no conocer los favores del champú, su blanca piel que muy seguramente desconocía los beneficios del sol, y un rostro sin gracia alguna y que solo hubiese podido inspirar a la más necesitada de todas, lo encontraba a miles de millas de distancia de la linda y cautivadora imagen de Santiago. En realidad no entendía la razón por la que, durante los últimos días, Julie no se apartaba de aquel personaje. Era lo suficientemente linda para lograr salir con el más atractivo de todos. Su esbelta figura solo irradiaba belleza, y hasta se podría decir que tenía la simpatía suficiente para ser aceptada en cualquier lugar. Entonces un oscuro pensamiento se le vino a la mente: ¿Sería posible que su amiga estuviese desarrollando adicción a alguna de las drogas que Greg consumía? Pero la imagen de ella no había tenido el más mínimo cambio, en ningún momento. ¿Y no se suponía que aquellas drogas producían grandes cambios físicos en los que las consumían? Su mirada era la misma de siempre, sus ojos azules lucían atentos y llamativos, no parecía haber perdido peso, su manera de hablar, además de su forma de ser, seguían siendo las mismas, su comportamiento no distaba en nada del que siempre había tenido. Faltaba sumar a todo el hecho de que una niña adinerada, o de padres adinerados como lo era Julie, no pasaría el tiempo con alguien como Greg, quien claramente venía de las zonas menos favorecidas del condado.



carlosdiazdc

Editado: 18.10.2019

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