Al Sur Del Trópico

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El panorama era totalmente diferente de lo poco que había visto en Bogotá. Antes que el 727 aterrizara, Carrie tuvo la oportunidad de apreciar el sol de las once de la mañana bañando las playas de la bahía de Santa Marta. El azul de sus aguas lucía bastante atractivo desde el aire, sus playas parecían invitar a querer estar en ellas lo antes posible, y los blancos edificios lograron darle la impresión de estar llegando a uno de aquellos fantásticos lugares que solo había visto en las películas. Minutos después, sintiendo el mismo calor que solo experimentaba en los más calurosos días de verano de Nueva Jersey, fue recibida por un hombre de mediana edad, quien se presentó como Eliecer, conductor oficial del hotel. Su amplia sonrisa y jovial manera de ser permanecieron con él desde que la vio salir por la puerta de las llegadas de vuelos locales hasta que la dejó en la oficina de la subgerente del hotel.

–Sabía que eras joven, pero no que fueras tan linda –fueron las palabras con las que fue recibida por parte de la joven mujer, quien se presentó con el nombre de Amanda. No podía tener más de treinta años, lucía un traje de color blanco con sandalias de tacón alto del mismo color, su maquillaje era impecable, el color de su piel algo más blanco de lo que hubiera esperado en una mujer latina, y sus grandes ojos ámbar y su cabello castaño, sumados a una esbelta figura, conformaban lo que cualquiera habría descrito como una mujer hermosa.

–Gracias –Carrie sintió sus mejillas enrojecer mientras tomaba asiento.

–Creo que necesitábamos a alguien como tú: una muchacha con ganas de triunfar, con el ímpetu y el ánimo que solo pueden venir de una persona joven.

–Quiero dar lo mejor de mí, y qué mejor sitio que una ciudad tan linda como esta.

–Tú español es muy bueno, ¿lo aprendiste en el colegio? –preguntó Amanda mostrando una amplia sonrisa.

Carrie no sabía si su nueva empleadora estaba enterada de su pasado reciente. Durante la entrevista en Nueva Jersey, Mr.Cederbloom le había dejado saber que estaba enterado de los problemas por los que había pasado. Decidió no mentir, pero tampoco daría toda la información.

–No, me lo enseñó una buena amiga allá en Nueva Jersey, ella es de aquí de Colombia.

–¡Muy bueno! Supongo que es mejor así. Aprendiste el español colombiano.

–Sí, ella era una buena profesora –pero a su lindo rostro le quedó imposible disimular la tristeza que sintió en aquel momento, al recordar a Juliana, quien aún se encontraba encerrada y lo estaría por los próximos ocho años.

–Ya lo creo, pero no te pongas así, cuando tengas tus vacaciones, podrás viajar a visitar a tus amigas, o por qué no, que ellas vengan y te visiten aquí… Bueno, te cuento que el gerente, el señor Ramírez, está en una convención en Cartagena, pero ya pronto lo conocerás. Pero ven y te muestro tu bungaló, y de una vez llevamos tus maletas– continuó la subgerente poniéndose de pie–. Después te puedo dar un tour por el resort.

Su bungaló era bastante confortable: no estaba lejos de lo que Carrie consideraba, según las revistas y películas que había visto, un hospedaje de cinco estrellas. Aparte de la enorme cama y el lujoso baño, tenía una pequeña sala, una mesa de comedor con cuatro sillas y una cocineta bastante completa. Una de sus ventanas daba a la playa del resort mientras que la otra dejaba ver un sendero bordeado por frondosos árboles, el cual conducía a los bungalós ocupados por turistas.

–¿Cómo te parece? –le preguntó Amanda después de que el botones dejó el par de maletas y desapareció tras la puerta.

–¡Está perfecto! ¡Me encanta!

No solamente se trataba de un lujoso lugar. Para una muchacha que había pasado sus últimos meses en una celda con paredes de fríos bloques de ladrillo, con piso de baldosa manchada, una incómoda litera, en un espacio que no superaba los dos metros de largo por dos de ancho, cualquier cosa estaría mejor.

–Me alegro que te guste, ahora, si quieres, ven y te hago un recorrido por todo el resort.

Todo era como en las fotografías de las revistas de turismo. No faltaban las piscinas, los campos deportivos, las paradisiacas playas, los restaurantes, desde el más elegante hasta el de comidas rápidas, los salones destinados a reuniones y convenciones, los bares y las discotecas, el quiosco de alquiler de cayacs y botes para esquiar, y las confortables y elegantes habitaciones, algunas en el edificio principal y otras repartidas en bungalós entre los hermosos jardines adornados por toda tipo de colorida vegetación. Carrie no paraba de admirar y de comparar la exuberante belleza de aquel lugar con el sitio en que había estado encerrada. Recordó los altos muros, los alambres de púas, las garitas de los vigilantes, los fríos corredores, las pequeñas celdas, pero sobre todo, los insufribles días pasados en el cuarto de aislamiento.



carlosdiazdc

Editado: 07.10.2019

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