Al Sur Del Trópico

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Las aguas del Mar Caribe no eran como la de las playas del <<New Jersey Shore>>. Las de allá eran frías, hostiles, amenazantes, mientras que las de Santa Marta parecían tener la temperatura perfecta y la tranquilidad suficiente para nadar en ellas. Eran los pensamientos de Carrie, quien aprovechaba el tiempo libre de su primer día para darse un refrescante baño de mar. Era la segunda ocasión en que se metía al mar, dado que también lo había hecho antes de almuerzo. Se había visto obligada a pasar por una de las boutiques del resort con el objetivo de conseguir una crema bronceadora que también hiciera las veces de bloqueador. Sabía que su piel no aguantaría los poderosos rayos del sol ecuatorial y no deseaba empezar a trabajar luciendo tan roja como un camarón. Después de disfrutar de las agradables aguas, se recostó en una de las sillas bronceadoras, se secó con una de las toallas blancas que proveía el resort, y se aplicó una nueva capa de protector solar. Sus ojos se concentraron en los pequeños barcos pesqueros, los vendedores de helados y bebidas que pasaban a unos pocos metros de ella ofreciendo sus productos, y en las palmeras que le daban al sitio más belleza de la que ya tenía. Aún no lo podía creer: haber pasado de aquel infierno a un paraíso como aquel, en tan solo unas pocas semanas, realmente era algo del otro mundo. Y todo gracias al papá de Sharon, aquel señor que había tenido la compasión suficiente para apiadarse de ella y ayudarla. Era totalmente diferente a su padre. Nunca se había llevado bien con él y la convivencia se había hecho soportable únicamente gracias a la mutua decisión de ignorarse cuando se veían. Solo cruzaban palabra en los momentos de suma importancia, pero el cariño, alguna demostración de ternura, o el interés por parte de él en los asuntos de ella siempre habían brillado por su ausencia. Según lo que creía Carrie, su detención, sumada a su posterior encierro en la prisión juvenil, se convirtió en la excusa perfecta para la decisión de echarla de la casa en el momento en que le dieron su libertad. Recordó que por su edad, y por haberse graduado de la escuela, ya estaba en edad de ir a vivir a otro lado, bien fuera en la universidad o compartiendo apartamento con alguna amistad, pero era la falta de solidaridad y de comprensión, sumada a la nula credibilidad que había tenido en ella, lo que finalmente la llevó a entender que ya no tenía padre. Pero no entendía cómo podía haber llegado a ese nivel de crueldad. Era consciente de sus diferencias de carácter y de mirar el mundo. Se trataba de un señor de principios demasiado conservadores, de ideas retardatarias y de pensamientos más acordes con las épocas medievales. Desde un principio, y a pesar de ser una niña sana y obediente, Carrie había mostrado sus diferencias de pensamiento, factor que había logrado empezar a separarlos desde que ella tenía doce años. Y su madre, persona dulce y algo más comprensiva, pero de carácter débil e indeciso, se había alineado al lado de su dominante marido, lo que había dejado a Carrie sin respaldo alguno. Soltó un par de lágrimas mientras continuaba observando el atractivo paisaje, y tras una prolongada meditación, decidió que nunca jamás los volvería a ver. Sabía que a los diez y siete años se era demasiado joven para enfrentarse al mundo sin el respaldo de una familia. Pero la manera triste y absurda como se habían comportado sus padres no daba para más. Tendría que luchar sola, abrirse camino por su propia cuenta y esperar a que el mundo le empezara a sonreír nuevamente.

–Mira que ya estás cogiendo color –las meditaciones de Carrie fueron interrumpidas por la sorpresiva presencia de Amanda. Definitivamente se trataba de una mujer bastante atractiva. Su vestido de baño de dos piezas con un color rojo intenso no hacía más que acentuar las atractivas formas del bronceado cuerpo de la subgerente del resort.

–¡Hola, Amanda! ¿En serio? –preguntó Carrie mirándose el estómago y las piernas.

–No lo dudes, a ese ritmo, en un par de días vas a lucir hermosa y espectacular –Amanda se sentó en la silla bronceadora que encontró justo al lado.

Pero a Carrie no le gustó la manera como era observada por la atractiva muchacha. No era el tipo de mirada a la cual estaba acostumbrada y que había visto en Sharon o en Julie cuando admiraban sus ropas o su figura. Esta era más parecida a la forma de mirar de un hombre.

–Gracias, pero creo que con tal de poder respirar el aire puro y mirar el paisaje me conformo.

–Veo que solo pides lo básico…, pero bueno, aquí puedes ver los mejores atardeceres, como el que ya se acerca –Amanda llevó sus ojos del cuerpo de Carrie al sol que empezaba a descender en el horizonte.

  1. en silencio por un par de minutos observando al sol zambulléndose en el inmenso mar, el reflejo de sus rayos bañando las cristalinas aguas.



carlosdiazdc

Editado: 18.10.2019

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