Al Sur Del Trópico

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Después de haber desayunado en compañía de sus padres y hermana, Santiago decidió que lo mejor sería salir a trotar. El ejercicio al que estaba acostumbrado había sido totalmente olvidado desde su llegada a Santa Marta, y mientras se presentaba la posibilidad de encontrar a alguien con quien pudiera jugar tennis o fútbol, pensó que lo mejor sería salir a trotar por la playa. Estaba acostumbrado a los largos recorridos, pero sabía que el calor de las nueve de la mañana menguaría sus fuerzas y muy seguramente terminaría haciendo un recorrido algo más corto de lo acostumbrado. Sin embargo, así mismo sabía de los beneficios que presentaba el hacer deporte al nivel del mar, en donde el oxígeno era más puro y abundante que en los lugares situados en la parte alta de la cordillera, tal y como lo estaba su ciudad natal. Se despidió de los miembros de su familia y, vistiendo una pantaloneta blanca, una camiseta amarilla y unas medias y zapatos deportivos del mismo color de la camiseta, salió al trote con rumbo a la playa. Pero minutos después, cuando sintió que sus piernas apenas empezaban a entrar en calor, descubrió que la pequeña colina y las rocas que llegaban hasta el mar se interponían en su camino. Se vio obligado a continuar con su ejercicio por las calles aledañas, y cuando menos se dio cuenta, se encontraba trotando por la carretera principal que conducía hacia el aeropuerto. Algunos metros más adelante, descubrió una pequeña carretera al costado derecho, decidió tomarla e instantes después se encontró nuevamente con las aguas del mar. Supo que se hallaba en la zona que todos conocían con el nombre de Pozos Colorados, la cual se caracterizaba por tener menos edificios y hoteles que la zona del Rodadero, y que de igual manera se trataba de un lugar un poco más lujoso y por lo tanto con edificios de apartamentos y hoteles algo más costosos. La playa se encontraba semidesierta, y solo algunos bañistas disfrutaban de los encantos de las tranquilas aguas de las diez de la mañana. En su recorrido se cruzó con algunos vendedores ambulantes, pescadores regresando de su tempranera jornada, sus manos llenas de pescado que irían a vender en los mercados, y un par de hombres que, al igual que él, habían tomado la inmensa playa como campo de entrenamiento deportivo. Unos metros más adelante, cuando empezó a sentirse bañado en sudor, divisó a la distancia la torre de un edificio; podría estar a un poco más de un kilómetro de distancia, era de color blanco como la mayoría de las construcciones de la ciudad, pero resaltaba por su altura, la cual calculó que podría estar por encima del equivalente a quince o dieciséis pisos. Continuó trotando con la idea de llegar hasta aquel lugar y dar vuelta para regresar a su apartamento. El sol empezaba a subir, al igual que la temperatura, y lo último que necesitaba era que el calor del medio día lo agarrara lejos de su nueva vivienda. Afortunadamente había llevado consigo algo de dinero, algo que siempre hacía en caso de que tuviese que tomar el transporte público para regresar, o como en este caso, para comprar alguna bebida. Mucho antes de lo pensado, y gracias al ritmo que había adquirido, se encontró frente a aquella torre. Se quedó observándola mientras desaceleró el paso y avanzó a la velocidad que le permitió bajar su ritmo cardiaco, tratando de encontrar alguna tienda donde comprar una bebida. Pero no pasaron más de unos pocos segundos antes de caer en la cuenta de que se trataba de la torre de un lujoso resort compuesto por varias piscinas, canchas deportivas, bungalós y florecidos jardines. Cualquier cosa que decidiera comprar, allí le costaría más del triple de lo que solían cobrar en la mayoría de las tiendas, pero la sed que lo asediaba no daba para tener consideraciones en cuanto a precios se refería. Caminó lentamente mientras abandonaba la playa y se adentraba en los pequeños senderos, rodeados de matas y flores, que recorrían el lugar. No tardó en encontrar una cafetería a la cual se acercó. Tal y como lo había imaginado, pagó casi tres veces del costo regular por el jugo de curuba que ordenó. Se sentó en una de las mesas más próximas al sendero que había recorrido y se entretuvo observando a la gente que a esa hora se encontraba desayunando. La presencia de varios extranjeros le hizo recordar su año de intercambio en Nueva Jersey, pero por sobre todo, lo hizo recordar a Carrie. Sin embargó llegó a su mente el propósito que se había trazado dos días antes, durante la fiesta en la terraza de Alan, acerca de tratar de olvidarla y concentrar sus energías en Verónica, aquella linda niña con la que no había parado de bailar y conversar. Sin embargo creyó tener una conclusión clara: estando una de ellas encerrada en una celda de la prisión juvenil, a miles de kilómetros de Santa Marta, y la otra disfrutando de la vida a tan solo unas pocas calles de su apartamento, en realidad no existía competencia alguna entre las dos. Como ya lo sabía, Carrie era una persona a la que nunca en su vida volvería a ver, en cambio Verónica, a todas luces, era alguien con quien podría pensar tener algo en un futuro cercano, a pesar de saber que su corazón hubiese preferido tener las cosas de otra manera. Terminó de tomar su jugo, descansó unos minutos más con la idea de tener la fuerza suficiente para regresar trotando a casa, pero al momento de ponerse de pie le llamaron la atención las palabras que escuchó por parte de una muchacha bastante atractiva que acababa de entrar a la cafetería y se dirigía a una de las empleadas que a esa hora atendían.



carlosdiazdc

Editado: 18.10.2019

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