Al Sur Del Trópico

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Carrie sintió que de alguna manera volvía a nacer. El verse a sí misma nuevamente como una persona útil, que podía trabajar, ganar su propio dinero para mantenerse, tener la libertad de ir y venir sin que nadie se lo impidiera o le llamara la atención, tener a un grupo de gente interesado en lo que decía, lo que enseñaba, lo que compartía, eran experiencias que la estaban llevando a querer vivir nuevamente, a empezar a salir de aquellos comienzos de depresión que la habían atacado desde sus primeros días en la prisión juvenil. Ya no tenía por qué pensar en que su máximo deseo era la terminación de su existencia, aunque nunca había considerado el suicidio; simplemente al verse encerrada en la pequeña celda, vistiendo aquel inmundo traje de color naranja, sin persona alguna con la cual dialogar, y sin el apoyo de sus padres, supo que no había razón alguna para seguir viviendo. Aquellas paredes blancas, la cama de cemento con la delgada colchoneta, el inodoro metálico y su lavamanos a escasos centímetros, la reja de barrotes grises que solo dejaban ver una oscura pared al otro lado del angosto corredor, pero que al mismo tiempo la privaban de cualquier privacidad que hubiese podido desear, habían creado la atmósfera perfecta para llevarla a renunciar a cualquier intento de seguir viviendo. Recordó cómo pasó los primeros tres días sin probar bocado. Los contenidos de la bandeja de comida, dejada en el piso de la celda por una guardiana de aspecto amenazante, fueron a parar al inodoro; no quería ponerlos sobre aviso acerca de su negativa a alimentarse, o de lo contrario la hubiesen podido obligar a hacerlo recurriendo a métodos dignos de las épocas de la persecución a las brujas de Salem. Pero ahora todo era diferente, la vida le sonreía nuevamente, tenía motivos para reír, para sentirse bien, pero sobre todo para olvidar.

Terminó de ponerse su bikini blanco, aquel que acababa de comprar en una de las boutiques del resort, acerca del cual la encargada le había aconsejado como el que mejor contrastaría en el momento en que su piel terminara de adquirir el tono de bronceado acanelado que ya empezaba a notarse en algunas partes de su cuerpo. Se aplicó crema bronceadora, tomó una toalla del baño, la llave del bungaló y salió con dirección a la playa. Se acomodó en una de las sillas bronceadoras, lamentando que fuesen las cuatro y quince minutos, hora en la que el sol empezaba a perder la fuerza necesaria para adquirir un buen bronceado. Sin embargo agradeció la refrescante brisa que a esa hora soplaba, la cual logró despojarla del calor que a través de las horas de trabajo se había pegado a su cuerpo. No pasó más de veinte minutos recostada y apreciando el paisaje, sus ojos divertidos con las proezas realizadas por gaviotas, pelícanos y alcatraces en su incesante búsqueda de peces, pero al reconocer que el sol ya no actuaría en su piel, prefirió darse un chapuzón. Las calmadas aguas tenían la temperatura perfecta, supuso ella que en gran parte de debía a haber recibido los rayos del sol durante todo el día. Practicó algo de nado sobre su espalda, su mirada concentrada en el lento movimiento de las nubes, hasta cuando escuchó el ruido del motor de una lancha. Se enderezó para apreciar a escasos metros la presencia de una pequeña embarcación de color rojo, la cual halaba un tubo inflable de color amarillo en el que iba montado un grupo compuesto por tres muchachos. Sobraban los dos puestos de atrás, y el hombre de piel oscura al comando de la lancha, no paraba de ofrecerlos a quien quisiera ocuparlos. Carrie decidió que podría tener su pequeña aventura en aquel aparato al que el lanchero se refería como <<el gusano>>.

–¿Cuánto cuesta montar? –preguntó ella al pasar lentamente la lancha a escasos tres metros de distancia.

–Para ti, solo dos mil pesos –le contestó el lanchero, exhibiendo una amplia sonrisa a la que le faltaba un diente.

–Tengo mi dinero en el hotel…

–No importa, te doy crediplaya –dijo el lanchero deteniendo la lancha.

–¿Qué es crediplaya?

–Me pagas más tarde, también lo puedes hacer en dólares.

Carrie se encontró sentada en el último puesto del <<gusano>>, ya que el penúltimo había sido ocupado por otra muchacha. Apenas había terminado de ponerse el chaleco salvavidas, provisto por el lanchero, para el momento en que la lancha arrancó a gran velocidad. Sus manos, agarrando fuertemente las argollas plásticas que encontró delante de ella, evitaron que la fuerza de arranque la mandara al agua. Fascinada por la rapidez con que surcaban las aguas y atravesaban las olas, el agua chisporroteando a sus alrededores, y disfrutando la manera como el viento golpeaba su rostro, sintió como su ser se llenaba de alegría y positivismo a pesar de ser solamente una pasajera diversión, pero que a la hora de la verdad le mostraba lo que podían ser las alegrías de la vida, de las cuales se había olvidado desde el momento en que sintió el metal de las esposas cerrándose alrededor de sus muñecas. Pero su alegría llegó a su máxima expresión en el momento que la lancha hizo un cerrado giro sin disminuir la velocidad, lo que provocó que el gusano se volteara de forma aparatosa y sus cinco ocupantes terminaran en el agua. Carrie nadó lentamente hasta el bote, devolvió el chaleco salvavidas y le dijo al lanchero que podría buscarla en la recepción del resort Arenas Blancas, lugar en el que le dejaría el dinero. Minutos después se encontró de regreso en su bungaló, se dio una ducha, se puso un short de jean y una blusa strapless blanca y al pararse frente al espejo del baño a secar su cabello, sintió que tocaban a la puerta. No tardó en descubrir que se trataba de Amanda, quien luciendo aun su traje de trabajo, se presentaba con una enorme sonrisa.



carlosdiazdc

Editado: 07.10.2019

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