Al Sur Del Trópico

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–Santi, te necesita alguien –le dijo su mamá a Santiago, interrumpiendo su lectura de <<La Batalla de Midway>>, novela que leía por segunda vez y la cual había tenido la oportunidad de disfrutar en su adaptación para una película de Hollywood.

–¿Quién es? –le preguntó a su mamá, poniendo el libro sobre su estómago.

–Una niña, ¡y está bien linda! –adhirió su mamá con una pícara sonrisa.

Santiago se levantó rápidamente de su cama, se puso los zapatos y se miró al espejo de su habitación antes de salir. Supuso que se trataría de Verónica, la única mujer que había conocido desde su llegada a Santa Marta. Pero nunca le había dado su dirección, ¿entonces cómo había logrado encontrarlo? Se desplazó a la sala del apartamento para encontrar a la linda rubia sentada en la mitad del sofá, su mirada perdida en la copia de una obra del pintor Botero.

–Hola, Nica, esto es toda una sorpresa…

Verónica rio al escuchar la manera como su amigo la llamaba. Se puso de pie y no fue tímida para darle un pico de saludo en la mejilla.

–Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma –dijo una divertida Verónica volviéndose a sentar.

–Te juro que te iba a llamar esta tarde, a ver si querías ir a tomar algo –Santiago no olvidó sonreírle mientras se sentaba en una de las poltronas, justo al frente de ella. Su mirada pasó del atractivo rostro de la rubia a fijarse en su blusa tipo esqueleto color crema, su minifalda de jean de tono verde, y aquellas espectaculares piernas que lucían mejor de lo que las había visto tres días antes.

–No lo dudo… –dijo ella mostrando una expresión de incredulidad.

–Te lo juro, pero… están bien lindas tus sandalias –dijo él cuando su mirada terminó el recorrido del cuerpo de su amiga en un par de sandalias blancas de tacón alto. Recordó que en su ciudad natal nunca vería a alguien llevando esa clase de calzado, pero esto era la costa y la alta temperatura bien lo ameritaba.

–Y cambiando de tema… –dijo ella mientras sonreía.

–No, pero es que en serio, esos zapatos no los verías en Bogotá.

–¿De qué estás hablando? –preguntó una extrañada pero divertida Verónica.

–Nada –dijo él, algo avergonzado, cayendo en la cuenta de que sus pensamientos se le habían salido por la boca–, solo eso, que me gusta… tu pinta.

–La tuya no se queda atrás… –Verónica no dudó en mostrar una sonrisa traviesa.

–Top siders, bermudas y camiseta, todo normal –dijo Santiago mirándose a sí mismo.

–Pero ese rojo te sienta bien, y combina re bacano con el beige de tus bermudas.

–Gracias, pero dejemos el capítulo de la moda y pasemos al de cómo hiciste para encontrar mi apartamento.

–Fácil, le pregunté a Fabio –a Santiago le pareció que Verónica nunca iba a parar de mostrar su linda sonrisa.

–Me lo debí imaginar… Pero bueno, salgamos de aquí, ven te invito a tomar algo –Santiago se puso de pie y sin esperar la respuesta de ella, corrió a abrir la puerta que daba al pasillo exterior.

Diez minutos más tarde se encontraban tomando jugo en un pequeño lugar cerca al malecón de la playa. La vista era perfecta, con el mar de fondo, las palmeras, y la gente que a esa hora empezaba a regresar a disfrutar de las aguas del mar después de haberse tomado un descanso para almorzar. Santiago había pedido un jugo de guanábana en leche mientras ella se había ido por el de maracuyá en agua.

–Oye, niño, no me has contado lo que vas a hacer cuando te vayas de aquí, si es que te vas.

–Entrar a la universidad, pero no sé si hacerlo aquí o en Bogotá.

–¿Pero no se supone que ya deberías saberlo? Lo digo por aquello de los exámenes de admisión y todo eso…

–Ya estoy aceptado, en la del Magdalena y en la Tadeo de Bogotá.

–Tienes suerte, yo en cambio no estoy muy decidida –Verónica torció los labios mientras ladeaba la cabeza, expresión que la hizo ver ante Santiago como la niña más linda del planeta.

–¿No sabes qué hacer?

–No, pero ya sé que tengo que estudiar, pero no me he decidido.



carlosdiazdc

Editado: 18.10.2019

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