Al Sur Del Trópico

Tamaño de fuente: - +

13

24

 

 

Fue ese domingo cuando Carrie sintió la necesidad de ampliar su círculo social. El constante acompañamiento por parte de Amanda no la había dejado recordar que no conocía a absolutamente nadie más con quien compartir en los ratos libres. La mayoría de sus alumnos eran mujeres y hombres mayores, y aunque algunos de ellos no paraban de observarla de una manera que iba mucho más allá del interés que pudiera despertar el tema tratado durante la clase, la verdad es que ni del lado de ellos, ni del suyo, había nacido la suficiente confianza para desarrollar algo parecido a una amistad. Pensó que con el paso de los días la situación cambiaría, pero por ahora tendría que conformarse con lo que Amanda le estaba ofreciendo. Se encontraba desayunando en su pequeño comedor, sin saber exactamente a qué se podría dedicar por el resto del día. La subgerente estaría todo el día en Barranquilla, una ciudad mucho más grande, la cual se encontraba a una hora y media de camino. Había sido invitada a un cumpleaños, y la noche anterior, antes de despedirse, tras haber disfrutado del día de playa y de la infructuosa búsqueda del muchacho que le había gustado a Amanda, esta le había dicho que le quedaba imposible llevarla con ella, ya que se trataba de un evento muy pequeño. No teniendo mayor cosa que hacer, pensó que podría ir al gimnasio del resort y hacer algo de ejercicio, aunque nunca había sido una gran deportista a pesar de tener un cuerpo perfectamente formado. Recordó el par de máquinas que había usado en el casi que desprovisto gimnasio de la prisión juvenil, en los días en que la ansiedad producida por el encierro se lo pedía a gritos. Se puso un short, una camiseta, un par de medias blancas y sus zapatillas deportivas, y se encaminó hacia las elegantes instalaciones, provistas con máquinas de última tecnología, las cuales no se podrían comparar con las que había usado durante su encierro. Pasó los primeros treinta minutos de su tiempo en la elíptica, y terminó su sesión haciendo ejercicios con las pequeñas pesas de color rosado y la banca diseñada para desarrollar algo de fuerza en las piernas. Su idea no era la de sacar músculos para competencia, sino simplemente evitar subir de peso y mantener la atractiva figura que siempre había tenido. En seguida se dirigió a su bungaló, se dio una ducha, se puso su bikini blanco, agarró una toalla, su crema bronceadora, una novela romántica de las épocas del renacimiento, la cual había encontrado abandonada en su silla del avión que había tomado en New York, y marchó a la playa con la intensión de seguir trabajando en su bronceado. El recorrido le pareció un poco más largo de lo deseado gracias a la alta temperatura emanada por el camino asfaltado, la cual estaba afectando levemente las plantas de sus pies, algo que su mente olvidó cuando, unos metros más adelante, se encontró bajo la refrescante sombra suministrada por las frondosas palmeras que embellecían el lugar. Encontró una silla bronceadora desocupada, dobló su toalla de tal manera que le sirviera de almohada, cuadró el respaldar en un ángulo en el que pudiera leer y observar el paisaje, se aplicó crema bronceadora y se recostó con el libro entre sus manos. Leyó un par de capítulos de la que estaba resultando una interesante novela antes de levantar la vista y observar las pequeñas olas que venían a morir al borde de la playa. Vino a su mente la idea de meterse al agua, de refrescarse un poco antes de ir a buscar algo de almuerzo en una de las cafeterías del resort, pero justo en el momento en que se iba a levantar de su silla, sus ojos se clavaron en una figura y un rostro conocidos. ¡No lo podía creer! ¿Cómo era posible que de todos los lugares en la tierra, fuese este el que aquella persona había escogido para vacacionar? Se trataba de aquel personaje obeso, con cuello de morsa, cara regordeta, sonrisa de hiena y ojos de mirada amenazante, que sin haberse preocupado por mirar qué era lo que realmente había sucedido aquella tarde, casi un año atrás, la había condenado a pasar dos años encerrada en aquel horrible sitio. El juez Carver, aquella persona a la que siempre odiaría, avanzaba pesadamente, vistiendo su traje de baño y una camiseta, en compañía de una mujer igual de obesa a él, quien seguramente sería su esposa, hacia un par de sillas que se encontraban a un poco menos de ocho metros. Sintió cómo las recuerdos de aquellos días regresaban a su mente: su manera despectiva de mirar, su cínica sonrisa al escuchar los testimonios de Julie y Greg culpándola de ser la dueña de la bolsa de marihuana, el tono severo y amenazante usado al dictar la injusta sentencia. Mientras se le aguaban los ojos, y unas pequeñas lágrimas rodaban por sus mejillas, lo vio sentarse junto a aquella mujer, mientras parecían comentar las bondades del sitio en el que se hospedaban. ¿No le daba vergüenza, o arrepentimiento, a este enviado del demonio el condenar a gente inocente a aquellos horribles lugares de encierro mientras él disfrutaba alegremente de un paradisiaco sitio como era el resort Arenas Blancas? Afortunadamente su caso había sido aclarado, y aquel maldito ser ya no podría hacer nada para perjudicarla y mucho menos estando a miles de kilómetros de su jurisdicción. Se secó las lágrimas, respiró profundo, y se metió en la cabeza la idea de no dejarse afectar por aquel oscuro sujeto. ¿Pero qué pasaría si llegase a reconocerla y decidiera contarle al gerente del resort, a quien aún no conocía debido a sus continuos viajes, acerca de su oscuro pero injusto pasado? No, no podría permitirlo; si la echaban de aquel sitio no tendría más remedio que regresar a New Jersey, en donde solo la esperaba la misericordia de la familia de Sharon. No, lo mejor sería alejar la oportunidad de ser reconocida, aunque supuso que aquel engendro condenaría o absolvería en su corte a más de diez personas al día, lo que en realidad formaba una cifra bastante alta de gente como para que lograra acordarse de una más. Al mismo tiempo sabía que los turistas extranjeros no solían pasar más de una semana en el resort, lo que la llevó a pensar en la necesidad de averiguar el día en que aquel sujeto había llegado y si era posible, el día en que planeaba marcharse. Pero sus pensamientos fueron interrumpidos cuando escuchó su voz, mucho más cercana y nítida, como si estuviese parado a menos de dos metros de ella. Levantó su rostro, el cual había mantenido parcialmente escondido detrás del libro, para encontrarse con la fastidiosa figura del juez, pasando a un metro de su silla, en compañía de su acompañante. Su redonda cara se había posado sobre su bronceado y llamativo cuerpo, pero cuando se sintió descubierto en su pequeño pecado, en lugar de desviar la mirada y continuar en su camino, la miró directo a los ojos y le dirigió la palabra usando el idioma inglés:



carlosdiazdc

Editado: 07.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar