Al Sur Del Trópico

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Santiago y Verónica agarraron un taxi en una esquina del sector de El Rodadero, el cual en diez minutos los puso a la entrada del resort Arenas Blancas. La joven rubia, acercándose a la portería, le mostró al vigilante de turno el carnet que la acreditaba como socia del lugar.

–Siga, señorita Verónica, bienvenida a Arenas Blancas –dijo el hombre mirando la credencial para después abrirle la puerta peatonal a la muchacha y a su acompañante. Recorrieron una calle, bordeada de palmeras y jardines con frondosos árboles, hasta llegar a la inmensa recepción del lugar. A Santiago se le vino a la mente que el atractivo lugar era de los pocos en su país que podrían estar a la altura de los estándares norteamericanos. La sobria y moderna elegancia del lugar lo hacían realmente llamativo, y aunque ya había visitado la sección que daba contra la playa, aquel día en que había salido a trotar para luego ser abordado en la cafetería por un una mujer espectacular, el resto del lugar era totalmente desconocido para él.

–Santi, ¿cierto que esto está tan lindo como los sitios de Gringolandia? –preguntó Verónica, mientras abandonaban la recepción y se encaminaban por un angosto sendero rodeado de plantas multicolores.

–Parece que me hubieras leído la mente, esto está hasta mejor que lo gringo.

Al cabo de unos minutos se encontraron frente a una piscina, la más grande que Santiago había visto en su vida, rodeada por mesas con parasoles, unos rojos, otros verdes, turistas cómodamente sentados alrededor de sus mesas, y algunos niños y jóvenes nadando en lo que a esa hora, once de la mañana, lucían como unas refrescantes y provocativas aguas.

–Mira, Santi, esta es la piscina más grande, y hay otras tres más pequeñas para ese lado –dijo Verónica estirando su brazo para señalar hacia su derecha.

Una torre de más de quince pisos nacía unos cien metros hacia la izquierda, recordándole a Santiago ser esta la misma que había visto desde la distancia, el día en que se encontró trotando en la playa.

–¿Qué quieres hacer? ¿Recorremos el resto, o nos tomamos algo y nos bañamos? –preguntó Verónica.

Al rato se encontraron saboreando lo que a Santiago le pareció un exquisito jugo de guanábana, mientras su amiga le hacía los honores a un coctel de varios colores, con sombrilla azul incorporada a uno de los bordes del vaso. No demoraron en encontrarse nadando en la piscina, Verónica luciendo un bikini verde biche que contrastaba a la perfección con el bronceado de su piel canela, Santiago mostrando un cuerpo que a las muchachas llamaba la atención, pero que claramente delataba su origen bogotano. Jugando como niños, apostando a quien podría permanecer más tiempo debajo del agua, o compitiendo en carreras de un lado al otro de la piscina, pasaron la primera hora, con el sol brillando sin piedad en lo más alto de la cúpula celeste. Pero en el momento en que Verónica dijo que deberían salir y tomar un descanso, Santiago sintió que el mundo le daba vueltas; no podía creer lo que estaba viendo. Su cuerpo aun dentro del agua, con los codos apoyados en el borde exterior mientras recuperaba el oxígeno que había dejado de tomar mientras atravesaba el ancho de la piscina por debajo del agua, sus ojos, algo enrojecidos gracias al cloro, se posaron en el atractivo cuerpo de una muchacha de cabello oscuro y largo, tez blanca y ojos claros, dueña de un espectacular cuerpo parcialmente cubierto por un coqueto bikini blanco. Caminaba rápidamente por uno de los senderos próximos a la piscina, su rostro revelando lo que muchos habrían podido describir como una expresión de miedo y preocupación. Pero no se trataba de cualquier niña bonita pasando por un mal momento; Santiago hubiera podido jurar que se trataba de aquella preciosa niña con quien nunca pudo salir en la lejana Nueva Jersey, y si no era ella, por lo menos se trataba de una persona supremamente parecida. No le importó que Verónica lo llamara desde la mesa, insistiéndole en que saliera de la piscina y se tomara un descanso. Se quedó mirando fijamente a aquella preocupada niña, notando que, gracias a la distancia, a la cantidad de gente que había en los alrededores, y muy seguramente a lo que llevaba en su mente, ella no se percató de su presencia y mucho menos de su intensa y sorprendida mirada. Era alguien con la piel algo más oscura, pero si estaba de vacaciones en Santa Marta era obvio que así fuera. No la podía dejar ir; había perdido varias oportunidades con ella, si es que era ella, en la escuela de Nueva Jersey, hasta el punto de que todo se echara a perder. Ahora solo tendría una oportunidad, lo sabía perfectamente, y sin importar lo que dijera o hiciera Verónica, salió rápidamente de la piscina con la idea de alcanzarla, pues ya se encontraba a más de treinta metros, recorriendo el sendero que parecía llevar a los bungalós del resort. Alcanzó a dar un par de apresurados y descuidados pasos antes de que sus pies mojados resbalaran en las baldosas y cayera de bruces golpeando su rodilla derecha de tal manera que el dolor que sintió no era comparable con alguno que hubiera sentido en sus diecinueve años de vida. Tendido en medio del charco de agua que había dejado su apresurada salida, y sus ojos nublados por la agonía del dolor, solo alcanzó a ver que la muchacha del bikini blanco doblaba a su derecha y se perdía detrás de la nutrida vegetación que rodeaba el sendero. Sintió la mano de Verónica en su espalda antes de que esta dijera:



carlosdiazdc

Editado: 18.10.2019

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