Al Sur Del Trópico

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–Bueno, Alberto, supongamos que yo soy una gringa con mucho dinero y me acabo de bajar del taxi que me trae del aeropuerto. ¿Tú qué dirías para recibirme en la puerta del resort?

El muchacho de piel bronceada y tímida sonrisa la miró por un par de segundos antes de responder:

–Welcome to Arenas Blancas, miss, please let me help you with your lugagge.

–¡Perfecto! Pero si la vas a llamar miss, te tienes que asegurar que sí sea una señorita –la forma como Carrie lo dijo, elaborando una expresión de duda en su rostro, produjo las risas de las diez personas que asistían a su clase del horario de la tarde. Había dictado la clase de la mañana, prefiriendo después regresar a su bungaló para almorzar, tomar una refrescante ducha, descansar un rato leyendo la novela encontrada en el avión, pero sobre todo pensando en que al final de la jornada solo tendría dos días más para preocuparse por la presencia del juez Carver. Antes de empezar la clase había sido abordada por Amanda, quien le había pedido que la acompañara al centro de la cuidad a hacer unas compras. Le pareció una buena oportunidad para seguir conociendo, al mismo tiempo que la alejaría del encierro en su bungaló y de la amenaza del fastidioso juez. Escasos minutos después de las cinco de la tarde se encontraron en el estacionamiento y partieron rumbo a la ciudad a bordo del pequeño auto de la subgerente. Treinta minutos después caminaban entre el desorden del congestionado comercio callejero de la calle quinta, repleta de puestos ambulantes en los que se ofrecía todo tipo de mercancías a precios que a Carrie le parecieron supremamente bajos. Seguía sorprendida por el uso de pantalones largos por parte de la mayoría de los hombres e incluso de algunas de las mujeres. Ella, con una mini falda azul de material liviano, una blusa strapless, y obligada por su amiga a llevar sandalias debido a la suciedad del suelo de aquella zona, sabía que no resistiría un día llevando pantalón largo en aquel clima. Entraron a un almacén en donde la joven subgerente compró un juego de vasos de cristal y un recipiente para el azúcar para luego dirigirse a un almacén bastante grande, lo que a ella le pareció la versión colombiana de un Wal –Mart, o tienda por departamentos. El aire acondicionado del lugar le llegó como el refresco que había estado esperando después de haber caminado las primeras dos cuadras de aquella congestionada y calurosa avenida. Amanda agarró un par de toallas para el baño y unas esponjas para lavar los platos antes de que Carrie sugiriera que tomaran un refresco en la cafetería del lugar. La joven instructora de inglés, obedeciendo a la sugerencia de su amiga, decidió pedir un salpicón, jugo compuesto por trocitos de frutas como sandía, papaya, piña y banano, el cual le pareció espectacular no más haber tomado el primer sorbo.

–No tenemos algo así de bueno en mi país –le dijo a su amiga mientras ordenaba un segundo vaso.

–Hay muchas cosas buenas que nunca vas a encontrar en tu país, pero así mismo, encontrarás muchas cosas malas que tampoco nunca verás en tu país.

–Lo sé, pero bueno, creo que todo lo que he vivido hasta ahora ha sido de lo más lindo de mi vida… excepto por una cosa… –Carrie sentía la necesidad de desahogarse con alguien, de contarle a alguna amiga acerca de la inesperada aparición del juez, de lo que en realidad había sido su vida durante el último año, de la verdadera razón por la que se había frustrado su primera salida con Santiago.

–¿Qué cosa? –preguntó Amanda mientras disfrutaba de su jugo de borojó.

–Si yo te contara… esa cosa, ¿tú me puedes prometer que no se lo dirás a nadie?

Amanda la miró de manera comprensiva, adhiriéndole a su expresión una linda sonrisa.

–Te lo prometo, puedes confiar en mí, pero sabes qué… ¿por qué no vamos al Rodadero, cenamos por ahí en algún lado más calladito –dijo Amanda mirando hacia la congestión de los alrededores–, y me cuentas todo lo que quieras?

La joven subgerente compró un par de cosas más, y antes de las siete de la noche se encontraron conduciendo hacia El Rodadero. Estacionaron en una de las calles cercanas al malecón de la playa, y Carrie, recordando su costumbre adquirida, dejó sus sandalias en el carro antes de bajarse. Caminaron por los alrededores hasta encontrar un atractivo restaurante con unos papagayos multicolores, elaborados en tela, colgando encima de su entrada. Sus altos techos, sumados a los ventiladores o abanicos eléctricos proporcionaban al lugar la frescura necesaria para que las dos amigas se sintieran confortables. Las dos ordenaron caldo de pescado para la entrada y Carrie prefirió filete de pez cierra mientras su amiga se fue por la mojarra frita.



carlosdiazdc

Editado: 07.10.2019

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