Al Sur Del Trópico

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Al mediodía del martes Santiago había perdido toda la esperanza. Según las palabras de su mamá y de su hermana, la carta escrita la tarde anterior había sido entregada en la recepción del resort, confirmando la muchacha que la había recibido, la existencia en aquel lugar de una Carrie Prescott. ¿Entonces por qué no lo había llamado? Llevaba la mañana entera descolgando el teléfono cada diez minutos cerciorándose de que este estuviese funcionando. Lentamente, procurando no afectar su rodilla, se había acercado varias veces al balcón que daba a la calle en un esfuerzo por descubrir si la niña de sus sueños se encontraba en los alrededores en busca de la dirección del edificio que él habitaba. Pero la ausencia de Carrie en los alrededores, sumado al perfecto funcionamiento del teléfono, solo lograba ampliar su desespero. Después de haber almorzado en compañía de su madre y su hermana, decidió ver una película que pasaba uno de los canales de televisión, tratando de poner su mente en algo diferente. Alrededor de las cuatro de la tarde, cansado de permanecer sentado, se aventuró una vez más a salir al balcón. Mientras se tomaba una limonada helada que su mamá le había servido, llegó a la conclusión de haberse ilusionado con algo que no tendría razón de ser. Si miraba las cosas de manera seria y objetiva, la historia entre Carrie y él jamás había logrado salir de la incubadora. ¿Qué eran un par de charlas y la promesa de salir una noche? En realidad no significaban nada. Jamás había existido un beso, ni siquiera un abrazo, y mucho menos una declaración de amor o algo que lejanamente se le pareciera. Lo poco que había existido hacía parte de un pasado que ahora le parecía bastante lejano y sin la fuerza suficiente para ayudar a cimentar una verdadera ilusión. Pensó que había sido un estúpido al ilusionarse con una niña muy bonita y aparentemente simpática. Esa clase de niñas tenían miles de pretendientes, tenían amplia experiencia en salidas y noviazgos y lo más lógico y natural era que olvidaran rápidamente a alguien que les había gustado para seguir con el siguiente. No pensaba que ella fuese una coqueta, pero cuando las niñas eran así de atractivas, podían darse el lujo de escoger entre muchos muchachos, la mayoría de ellos con cualidades que muy seguramente estaban por encima de las que él pudiese tener. Además el paso del tiempo habría podido cambiar las cosas. Había sido un largo año, especialmente para ella, y era muy probable que el encierro en la prisión juvenil la hubiese cambiado. Se la imaginaba tratando de defenderse de sus compañeras agresivas, algunas de ellas verdaderas delincuentes, o soportando los abusos de autoridad de los guardianes y directivos de aquel lugar. Lógicamente el verse expuesta a ese tipo de situaciones era motivo suficiente para que dejara de ser la niña dulce y simpática que había conocido. O de pronto ella solo quería olvidar todo lo que estuviese relacionado con su pasado, y él hacía parte de aquel pasado, aunque solo hubiese sido un muchacho con el que cruzó unas pocas palabras en un par de ocasiones, pero precisamente en los momentos en que la desgracia había estado a punto de suceder. Muy posiblemente su viaja a Santa Marta era parte de alguna clase de terapia diseñada por su familia para ayudarla a superar los posibles traumas adquiridos durante el último año, y lo que menos querrían todos sería que se encontrase con alguien que le pudiese recordar aquellas situaciones del pasado. Si ella hubiese tenido el interés de contactarlo, ya lo hubiera hecho, había tenido el tiempo suficiente. Evidentemente se encontraba ante lo que él llamaba un desbalance afectivo; no se podía equiparar lo que él sentía por ella a lo que ella sentía por él, y cuando las cosas se presentaban de esa manera, solo se estaba ante un panorama de mucho sufrimiento. ¿Y por qué tenía que estar sufriendo por alguien a quien pensaba se había ido de su vida hacía mucho tiempo? Si a su regreso a Bogotá le habían llamado la atención otras muchachas y ahora tenía a alguien en Santa Marta con quien podría tener algo bonito, ¿por qué se torturaba pensando en alguien que claramente no compartía su mismo interés en volverse a ver? Si la oportunidad que se les estaba presentando era similar a un acto de magia, era casi que un milagro, algo que iba en contra de todas las predicciones, y ella se daba el lujo de rechazarla por la razón que fuera, entonces en realidad no valía la pena seguir pensando en alguien que no apreciaba ni valoraba lo que él, seguramente de manera estúpida y equivocada había llegado a dar gran valor. Profundizando en sus pensamientos llegó a dos conclusiones: las diferencias de mentalidad entre norteamericanos y colombianos eran muy grandes, lo que los llevaba a sentir de manera diferente, factor que habría influido para que ella no se pronunciara; y la razón por la cual él nunca la había podido olvidar se debía más a la manera dramática e inesperada de haberse interrumpido las cosas allá en Nueva Jersey y sus posteriores consecuencias, más que a cualquier otro motivo. Pero definitivamente, si ella no estaba interesada, él no tenía por qué estarlo, y lo mejor para sacarla de su mente sería practicar el dicho que su padre solía decir: un clavo saca otro clavo, y ese clavo tenía nombre propio. Agarró el teléfono y marcó el número de Verónica, quien para su fortuna, fue la que contestó la llamada.



carlosdiazdc

Editado: 18.10.2019

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