Al Sur Del Trópico

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–Creo que me ahorré llevarlo hasta Arenas Blancas –le dijo Carolina a Santiago, recostada contra el umbral de la puerta de entrada al estudio, en donde su hermano, disfrutando de la frescura del aire acondicionado, estaba dedicado a leer un libro de historietas de Tintín.

–¿Por qué? –Santiago supo inmediatamente que algo estaba sucediendo. Había escuchado el timbre del teléfono, y aunque hasta el día anterior había estado muy pendiente de su repique, la esperanza que se había empezado a perder logró que se despreocupara un poco y enfocara su atención en otros sonidos, aunque por su mente continuaba pasando constantemente la imagen de la bella Carrie.

–Estoy segura de que lo está llamando una gringa –dijo Carolina mostrando una leve sonrisa.

–¿Al teléfono? –preguntó Santiago poniéndose de pie.

–No, gritando desde la calle con un megáfono… –el tono burlón de Carolina era evidente–. Pues claro que por el teléfono, ¿qué quiere que le diga?, ¿Qué usted no está?

–Si le dice eso, la mato –Santiago apresuró su paso, manteniendo la prudencia suficiente para no lastimar nuevamente su rodilla, hasta llegar a la sala para tomar el aparato en sus manos. Aun no daba crédito a las palabras de su hermana; no tenía lógica alguna que Carrie hubiese esperado tres días para contactarlo, sin embargo aquella idea que había tenido acerca del desbalance en la importancia que cada uno le había dado a los sucesos del pasado regresó a su mente. Probablemente la niña de sus sueños no querría más que saludarlo y decirle que volverían a hablar en el momento en que pudiera sacar tiempo de su trabajo para verlo; si hubiese sido otro su pensamiento, de haber tenido un deseo que le inspirara llegar a desarrollar algo más que una simple amistad, estaba seguro de que lo habría llamado tres días antes. Tratando de dejar a un lado los pensamientos negativos, tomó el recibidor sintiendo como su mano temblaba y su corazón se aceleraba; respiró profundamente por unos instantes antes de decidirse a hablar:

–Aló…

–¿Santiago?

Era ella, no cabía la menor duda. La forma de decir su nombre, aquella pronunciación que inmediatamente le recordó aquel día, más de un año atrás, cuando se habían cruzado en uno de los corredores de la escuela de Nueva Jersey y ella lo había saludado pronunciando su nombre tal y como lo acababa de hacer, pero sin mostrar ahora la seguridad que había exhibido aquella vez.

–Sí, ¿quién habla? –prefirió jugarlo de una manera que le demostrara a Carrie menos importancia de la que en realidad tenía, aunque sabía que nunca sería capaz de aparentar y tener esa clase de actitud por más de treinta segundos.

–Soy Carrie, de la escuela North Hunterdon de New Jersey, me dejaste una carta en Arenas Blancas.

Le estaba hablando en español; un español casi perfecto, con muy poco acento extranjero, como si conociera el idioma desde que tenía cinco años. Su voz era tan suave y melodiosa como siempre, aunque notó que su tono era nervioso. Pero Santiago no había sufrido durante los últimos días para venir ahora a tirárselas de artista, sería lo último que querría hacer.

–¡Carrie!, ¡No te imaginas la alegría que estoy sintiendo!, he estado esperando tu llamada desde el lunes, y te quiero ver ya, ahora mismo.

Santiago se alcanzó a preguntar, antes de que ella volviera a hablar, si no se habría exagerado un poco en sus palabras.

–¡Wow! Yo también te quiero ver, creo que tenemos muchas cosas por hablar.

En dos minutos lograron cuadrar su cita. Sería a las cinco y medio de la tarde en la esquina del Hotel El Rodadero, aquella ubicada enseguida de la piscina y que daba contra la playa.

–No puedo esperar a verte –dijo Carrie utilizando un tono más tranquilo y seguro del que había usado al principio de la conversación.

–Digo lo mismo, en una hora nos vemos, no llegues tarde.

–No lo haré –dijo ella antes de colgar.

Era cierto: la niña de sus sueños había aparecido, y su forma de hablar era linda, su tono era dulce, y ahora que lo hacía en español, sonaba más romántico, más encantador, más cerca a lo que él estaba esperando de ella. Caminó lentamente, se metió al baño, tomó una ducha y al salir se puso sus bermudas azules, una camiseta tipo polo de color blanco y sus zapatos apaches o como los llamaban en Norteamérica, los top siders.



carlosdiazdc

Editado: 18.10.2019

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